La lente de Bob Schalkwijk capturó desde muy joven las costumbres de México. La alegría de la gente, el colorido de sus vestidos y su clima lo convencieron para quedarse a vivir en nuestro país. Sus imágenes hoy son testimonio de una metrópoli que algunas generaciones recuerdan y que otras ya no conocieron: sismos, verbenas y hasta guajolotes que paseaban en venta por las calles