En 1976 fue calificada por críticos como “nociva para los niños por su tremendo realismo y efectos impresionantes”. Fue grabada en mar abierto y su gran campaña publicitaria provocó “portazos”, inspiró juguetes y hasta envolturas de chocolate con la imagen del escualo. Debido al éxito, en México se trató de emular con las cintas “Tintorera” y “El niño y el tiburón”, entre otras.

Un cineasta único e irrepetible que sabía que en los seres humanos existe un resorte de crueldad que no ha sido posible somete