El Estado es el rector del orden, para serlo usa las herramientas que la propia legislación le da. Cuando se crea, tiene una administración a la que se le deposita, además de la confianza, un factor que la distingue del resto de los elementos, la violencia legítima para mantener la paz en beneficio de todos.
Durante muchos años, así lo entendió el régimen en turno. El priismo por décadas definía quién, qué y cómo se hacían las cosas y para eso empleaba a la temible Dirección Federal de Seguridad, a la entonces Procuraduría General de la República y al órgano encargado de la inteligencia.
Entrados los setenta e inicios de los ochenta, se involucró a los de verde olivo para imponerse sobre las nacientes organizaciones del narcotráfico. Operaciones como ‘Condor’ planeadas por civiles y apoyadas por los castrenses eran un medio no de destrucción sino de mando. La lógica indicaba que la vía era dominar el negocio de los estupefacientes no aniquilarlo. ¿Fue bueno o malo? no lo sé, pero existía control, como decían, ‘que no se salgan del huacal’. El país gozaba de cierta tranquilidad con temas meramente domésticos, la gravedad estaba en los robos y secuestros.
El descuido comenzó cuando el aparato se usó para lastimar a los contrarios al sistema. Se les espiaba y si era necesario se les exterminaba. La violación a los derechos humanos sucedía a diario. Pensar diferente tenía un alto costo que incluso podía alcanzar a la vida.
Luego se sumó la voracidad, la ambición desmedida, la embriagues que daba el dinero a caudales y poco a poco desplazaron a las mentes de estado, brillantes mujeres y hombres interesados en los destinos de la nación, por funcionarios que vieron la oportunidad de servirse no de servir, permitiendo que un puñado de malhechores decidiera lo que le tocaba al gobierno y se les soltó.
El colmo se dio con la presunta asociación que apunta al morenismo, al despreciar la ley y doblarse a los designios de los bárbaros, sin importar poner en juego a la República. Ejecutivos locales (¿federal?), munícipes, diputados, senadores y jefes policiacos, olvidaron a la población y se entregaron a los amos del mal. Justo a partir de los ‘abrazos y no balazos’ se claudicó por completo, el asunto pasó de ser de seguridad y se convirtió en político. Hoy pagamos las consecuencias.
México vive su peor momento. La repulsa al derecho, la ofensa a la división de poderes, la deshonra a las instituciones, el desaire permanente a la legalidad no es gratuito, nos está cobrando con creces y el precio luce impagable. Al crimen lo dejaron meterse hasta la cocina, se aferró, y se niega a salir. Es el apestado que se adueñó de la casa.
Es lamentable, pero el desastre no se arreglará persiguiendo a tiros a los bandoleros sino sacudiendo la putrefacta estructura, sin embargo, el gran dilema es si se tendrá la capacidad y los arrestos de autocomposición para hacerlo.
El trance ha sido tan desproporcionado que para librarnos del aprieto las señales llegan del exterior, confirmando con ello el ahogo inmune en el que nos encontramos y del que se resisten abandonar los guinda; ingobernabilidad en la que cada uno atiende su agenda personal alejada de lo común.
Hay un mecanismo superior en potencia a las armas y que nos pertenece, nadie más lo puede activar, cada ciudadano lo posee y es el voto. Esta en nosotros, así como llegaron de la misma forma echarlos, porque si no, seremos cómplices del abatimiento de nuestra patria. Ya es demasiado.
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