¿En cuánto está el kilo de tortilla? Era diciembre del 2011 y esta pregunta puso en aprietos a más de un precandidato presidencial. El peor respondió que no sabía porque no era “la señora de la casa” y su frase quedó como retrato de una distancia que nunca deberíamos aceptar entre gobernar México y conocer lo que nos cuesta vivir en él.

Para muchas familias, el aumento de un básico de la canasta implica ajustar a la baja el gasto de otro producto de consumo y es así que, en muchos hogares de nuestro país medimos los efectos de las variaciones en la economía nacional.

Desde otra dimensión, una más econométrica y especializada, sabemos que tan solo en 2025 produjimos 27.8 millones de toneladas de maíz, trigo, frijol y arroz, e importamos 31.9 millones. Es decir, por cada 100 kilos cosechados aquí, compramos aproximadamente 115 en el extranjero, considerando los cuatro granos en conjunto. ¿Nuestra producción creció? Sí, 2.3%, pero las importaciones también 4.6%. Podemos celebrar que cosechamos más, aunque difícilmente podemos conformarnos con una recuperación que sigue acompañada de compras externas cada vez mayores.

Importar permite completar el abasto y aprovechar precios favorables. La pregunta es ¿cuánto estamos dispuestos a depender de esa solución y qué hacemos mientras tanto para fortalecer nuestra producción? Y aquí vale la pena prender algunas alertas, pues si dejamos que la conveniencia de comprar hoy sustituya la responsabilidad de producir mañana, terminaremos reduciendo nuestras opciones.

En 2016, el académico de la UAM Miguel Meza Castillo advertía que entre 1994 y 2015 la superficie sembrada de arroz había disminuido 60%; la de trigo, 27%; la de frijol, 22%, y la de maíz, 8%. Datos que muestran cuánto terreno perdieron esos cultivos antes de 2018, cuando la política pública aceptaba que la apertura comercial y las compras baratas resolverían nuestro abastecimiento, mientras se debilitaban capacidades públicas para fomentar y regular la producción.

Nuestra historia latinoamericana llama a desconfiar de la concentración excesiva del poder agrícola. United Fruit extendió su dominio sobre plantaciones y transportes en Centroamérica hasta adquirir una influencia política que dejó profundas heridas. Décadas después, Monsanto, adquirida por Bayer en 2018, representó otra forma de poder sobre semillas, patentes y agroquímicos. Cambiaron los mecanismos, pero seguimos teniendo razones para preguntar quién decide las condiciones de producción y quién se queda con sus beneficios.

La presidenta Claudia Sheinbaum ha hecho de la soberanía alimentaria una prioridad, con iniciativas como “Cosechando Soberanía”. El crédito debe llegar cuando hace falta sembrar; la asistencia técnica, cuando todavía podemos prevenir una pérdida; el pago, cuando necesitamos sostener a nuestra familia. La oportunidad de una decisión pública puede valer tanto como su presupuesto. Ahí debemos situar la modernización.

Nos entusiasman los trenes, las nuevas industrias y las posibilidades de la tecnología. Esa misma ambición tiene que alcanzar al campo, con soluciones que podamos utilizar y pagar. Un sistema de riego pierde sentido donde ya comprometimos la disponibilidad de agua y una herramienta digital sirve poco sin conectividad ni acompañamiento.

Desde las ciudades debemos comprender que pagar poco por la comida y pagar mal por una cosecha pueden terminar saliéndonos caro a todos, pues entre ambos precios hay transporte, transformación, energía y márgenes comerciales que merecen revisión. Defender el bolsillo de quienes compramos, exige cuidar también la continuidad de quienes producen.

Cuando una cosecha deja ingreso, se pagan jornales, se reparan máquinas y se compra en los comercios del pueblo. Cuando acumula pérdidas, se reducen esas oportunidades y tenemos que buscar trabajo lejos. Quien aspira a gobernarnos debe conocer no solo en cuánto está el kilo de tortilla, sino entender el esfuerzo que hacemos para pagarlo. También debe preguntarse cuánto recibió quien produjo el maíz; pues entre esas dos cuentas tenemos una tarea política que ya no admite indiferencia: conseguir que comer bien sea accesible y que producir nuestra comida permita vivir dignamente. Ahí pondremos a prueba nuestra soberanía y el sentido de la modernización que queremos para México.

Académico

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