Donald Trump le contó a Dios sus planes y este se rió. En febrero de este año, le dijo que acabaría con Irán y que el estrecho de Ormuz se llamaría el “estrecho Trump”. Pero fuera de eso, la geografía le está dando una lección tremenda que hasta lo mandó pedirle a Zelensky, que deje de atacar las refinerías rusas.
Porque mientras Washington apostaba por debilitar militarmente a Irán, Teherán le demostró que la geografía puede servir para compensar cualquier inferioridad militar, y que no sólo puede influir sobre el destino del estrecho de Ormuz, sino que también sobre lo que ocurre en Bab el-Mandeb, la puerta de entrada al mar Rojo, por cortesía de sus aliados hutíes.
De aquí se deriva otra consecuencia, que acompaña las tímidas carcajadas de Dios al escuchar los planes de Trump. Porque más allá de la importancia que ambos estrechos adquieren por el petróleo que puede dejar de circular por ellos, las alternativas que pueden volver inviables aparecen en el mapa.
Ejemplo de esto último, el oleoducto “Petroline” que construyó Arabia Saudita para reducir su dependencia de Ormuz, conectando los campos petrolíferos de Abqaiq, en el este, con el puerto de Yanbu, en la costa del Mar Rojo. Por lo que la amenaza hutí sobre Bab el-Mandeb también compromete la seguridad de esa salida.
Haciendo evidente, que Irán no necesita derrotar militarmente a Estados Unidos para modificar el equilibrio regional. Le basta con demostrar que puede elevar el costo de utilizar las rutas energéticas de las que depende buena parte del mundo, y aquí es donde la geografía de Medio Oriente termina alcanzando a las refinerías rusas.
Porque resulta que mientras la guerra contra Irán restringe la circulación de hidrocarburos, Ucrania lleva meses atacando instalaciones que permiten a Rusia transformar el petróleo crudo en combustibles, con el objetivo de afectar el abastecimiento de sus fuerzas armadas y reducir los ingresos que Moscú obtiene de su industria energética.
Esto es importante porque cuando las refinerías del Golfo Pérsico y las rutas marítimas de Medio Oriente enfrentan interrupciones, la pérdida de capacidad de refinación rusa deja de ser solamente un problema para Putin, y se convierte en un problema global.
Es entonces cuando Dios vuelve a reír ante los planes del neoyorkino, porque debilitar a Rusia mediante los ataques ucranianos puede encarecer las consecuencias económicas de la guerra estadounidense contra Irán. De ahí el que irónicamente, Washington ande presionando a Zelensky para que limite los ataques ucranianos contra las refinerías rusas.
La guerra está revelando que el poder energético no depende exclusivamente de quién posee los yacimientos. También depende de quién controla las rutas marítimas, las refinerías y la infraestructura necesaria para convertir el petróleo en combustible y hacerlo llegar a los consumidores, para que la capacidad energética no desaparezca del mercado.
Así que mientras Trump quería cambiarle el nombre al estrecho de Ormuz y Dios sonreía, la geografía terminó recordándole que, antes de ponerle su nombre a una ruta, necesita garantizar que los barcos puedan seguir atravesándola.
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