El 4 de agosto de 1916, en Nueva York, el secretario de Estado Robert Lansing cerró con Dinamarca la cesión de las Antillas danesas a Estados Unidos. Las gestiones, impulsadas por la administración de Woodrow Wilson, respondían al temor de que esas islas cayeran bajo control del Imperio alemán en plena Primera Guerra Mundial. A cambio, Copenhague exigió que Washington no objetara la extensión de sus intereses políticos y económicos a toda Groenlandia. Pese a la Doctrina Monroe y a sus propias ambiciones árticas, Estados Unidos aceptó, en la práctica, mantener una soberanía europea total sobre parte del Ártico americano.

Este martes 22 de septiembre, Dinamarca, Estados Unidos y Groenlandia firmarán en Nueva York un acuerdo sobre la seguridad de la isla, en el marco de la Asamblea General de las Naciones Unidas. Más de un siglo después, Groenlandia ha vuelto a ser motivo de tensiones y de un posible arreglo entre Copenhague y Washington. El viernes, Trump lo anunció asegurando que este acuerdo otorgaría a Estados Unidos “control permanente sobre la seguridad, y todas las demás necesidades, en Groenlandia”. Según su publicación, ningún adversario podrá instalar una base ni realizar inversiones sensibles en la isla sin la aprobación escrita de Washington. El texto, al momento de escribir esta columna, aún no es público.

Pero lo que sí sabemos es que Dinamarca ha soportado durante meses la amenaza de aranceles por un ejercicio militar en su propio territorio, declaraciones hostiles y amenazas abiertas de anexión. Las negociaciones han buscado mantener un tono conciliador. Los funcionarios daneses y groenlandeses han evitado la confrontación directa y, frente a la versión de Trump, Copenhague y Nuuk han guardado un silencio prudente.

Lo que ocurre en esta negociación no es sino otro ejemplo de las estrategias que los aliados de Estados Unidos han debido ensayar para tratar con quien antes era un socio previsible y confiable. La relación entre Washington y el resto de Occidente ha dejado de funcionar así.

En la hoja informativa publicada el 8 de septiembre por la Casa Blanca aparece una frase que resume la forma en que hoy Washington clasifica al mundo: “en el último año y medio, solo dos países eligieron responder con represalias a los aranceles del presidente Trump en lugar de negociar un acuerdo: China y Canadá”. Quienes resisten el trato hostil son tratados como enemigos, algo que Canadá ha podido atestiguar en los últimos meses.

El lunes Trump anunció que negocia un “acuerdo masivo” para comprarle a Bielorrusia potasa más barata que la canadiense. Con los adversarios, Washington hace negocios. A los aliados, aranceles y amenazas de anexión. Ni la afinidad mostrada por algunos, como descubrió Giorgia Meloni en junio, ni las concesiones otorgadas por otros, parecen ser suficientes.

Ciento diez años después, otra vez Nueva York y otra vez Groenlandia. En 1916 Washington aceptó la soberanía danesa sobre la isla, un acuerdo que la ha sostenido más de un siglo. Hoy, veremos si Estados Unidos logra lo que ha buscado desde hace meses o si la estrategia de Dinamarca le permite conservar la bandera y a Groenlandia el derecho a decidir su futuro político.

Analista. X: @solange_

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