El 20 de mayo de 1902 Cuba ganaba su independencia de España, un acontecimiento que, sin embargo, no se celebra como ocurre en tantos otros países de la región incluido México. ¿La razón? La denominada Enmienda Platt, una ley del Congreso de Estados Unidos agregada como apéndice a la Constitución cubana de 1901 como condición para terminar con la ocupación militar y que exigía a cambio permitir a Washington intervenir en asuntos políticos y económicos de la Isla.
124 años después, Cuba llega a esta fecha con apagones eléctricos de hasta 22 horas al día, sin combustible, sin reservas de petróleo y un régimen dictatorial que se aferra al poder con uñas y dientes. Y paradójicamente, Washington está de nuevo en la ecuación.
Dos lecturas explican lo que viene para Cuba. Una desde dentro de la Isla, donde el colapso es el resultado de un saqueo estructural. Otra desde fuera, donde la administración Trump, con Marco Rubio como arquitecto principal, ve una oportunidad histórica para forzar un cambio.
Desde adentro, el colapso ha venido ocurriendo en los últimos meses, desde la caída de Nicolás Maduro en enero. Venezuela era el principal soporte energético de la Isla —y del régimen. Sin el petróleo venezolano, Cuba ha sido incapaz de encontrar cómo llenar ese vacío energético que hoy tiene sumidos a los cubanos en una de las peores crisis en décadas. La semana pasada el gobierno admitía que sus reservas se habían terminado.
Después de que Rusia enviara un último buque en marzo pasado, el Anatoly Kolodkin, y que México detuviera sus propios envíos tras la amenaza arancelaria de Donald Trump, el envío de crudo se detuvo. Desde entonces, en cuatro meses, llegó un solo barco. Cuba necesita ocho al mes.
Desde fuera, la administración Trump lleva meses presionando al régimen para negociar. Ayer, Washington formalizó una acusación penal contra Raúl Castro por el derribo de dos aviones civiles en 1996 que habrían dejado cuatro muertos. Treinta años después se abre un expediente judicial con fines claramente políticos.
A eso se suma el anuncio hecho hace unos días de sanciones directas contra once altos funcionarios del régimen cubano, desde generales y ministros hasta la Dirección de Inteligencia, así como la visita a La Habana del director de la CIA, John Ratcliffe la semana pasada. Hoy, aviones de vigilancia sobrevuelan la Isla mientras el Pentágono ya cuenta desde abril pasado, con opciones y escenarios militares que puede evaluar el presidente Trump en caso de considerarlo necesario.
Para Washington, Cuba es una oportunidad. La Casa Blanca necesita con urgencia una victoria luego del desastre en que derivó el conflicto con Irán y el cierre del Estrecho de Ormuz que ha dejado a Washington en una posición incómoda de cara a las elecciones intermedias de noviembre. Un cambio en Cuba, al menos desde la narrativa económica y/o política, significaría el triunfo que la Casa Blanca necesita.
Pero el cambio en Cuba, también es un proyecto personal para el actual Secretario de Estado, Marco Rubio. Hijo de la diáspora cubana en Florida, Rubio lleva toda su carrera política esperando este momento. Y estos días le ha hablado directamente al pueblo cubano con nombres y cifras: "No se puede cambiar el rumbo económico de Cuba mientras la gente que hoy está a cargo continúe en ese lugar.”
El problema es que Cuba no es Venezuela. El régimen castrista tiene menos incentivos para negociar con Washington que los que tuvieron los hermanos Rodríguez, Vladimir Padrino o Diosdado Cabello en Venezuela luego de la detención de Nicolás Maduro en enero. Tienen la convicción, al menos una parte de quienes integran la dictadura, de que cualquier apertura implicaría el principio del fin.
Y mientras Rubio sueña con desmantelar el liderazgo actual de la Isla, Trump quizá se conforme con una apertura económica como la que logró en Venezuela. La dictadura por su parte, parece apostar a resistir, confiando en el tiempo y en apoyos de algunos países de la región. Los cubanos de a pie por su parte, siguen a oscuras, pagando el precio más alto. La presión económica actual es asfixiante y el riesgo de inestabilidad política y levantamiento social es altísimo. Un estallido podría generar nuevas olas migratorias masivas y desestabilizar aún más el hemisferio.
124 años después, Cuba parece volver a un dilema fundacional: ¿tendrá su nueva Enmienda Platt?
X: @solange_
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