El infierno está lleno de buenas intenciones: la huella de EEUU en Afganistán

Sofía Pacheco Niño de Rivera

Nos gusta pensar en la universalidad de los derechos humanos y lo impecable de la democracia, sin pensar en lo difícil que resulta exportar estos valores y modelos a realidades que simplemente no son análogas a la nuestra y que difícilmente podrían adaptarse. Preservamos clichés sobre la valentía estadounidense en la construcción de regímenes institucionales y como factor de equilibrio colectivo en Afganistán, cuando pasamos por alto que la presencia americana en dicho país respondió a sus propios intereses y fue todo menos inocente.

Estados Unidos es en gran medida responsable de que hoy los talibanes gocen de un terreno sumamente fértil para los extremismos y de la actual crisis de refugiados que amenaza a la región.

Richard C. Holbrooke fungió como diplomático estadounidense y consejero especial en Afganistán por un año (2009), posición que le permitiría enfrentar los desafíos de Estados Unidos para llevar el cambio político y social a Afganistán. En algunos de sus discursos y entrevistas citaba la novela de Graham Greene, “El americano tranquilo”, la cual, narraba cómo un oficial de inteligencia estadounidense intenta apoyar a su país durante la guerra colonial en Vietnam, y es criticado por la prensa provocando que un periodista escribiera sobre él: “Nunca conocí a un hombre que tuviera mejores motivos para todos los problemas que causó”. Lo que Holbrooke pretendía al resaltar en aquella frase novelera era que la congruencia entre lo que dice y hace Estados Unidos, es muy amplia y hoy, lo podemos atestiguar con el resultado de cuatro presidentes estadounidenses ante la situación en Afganistán.

Durante la ocupación norteamericana en territorio afgano, se favorecieron contratos multimillonarios para políticos que proveían seguridad a las fuerzas militares extranjeras. Rahman Rahmani, último presidente del parlamento afgano se enriqueció gracias a los contratos monopólicos que obtuvo para proveer combustible a la base área en Bagram. Además, múltiples empresas de origen estadounidense pagaron sumas importantes de dinero ante la extorsión para permanecer en territorio afgano y, por si fuera poco, no se logró frenar la producción de opioides en Afganistán, lo cual representa uno de los principales ingresos para el régimen talibán. Todos estos desaciertos han sido oportunidades de oro para que el yihadismo afgano genere un discurso de resistencia.

Más allá de la culpabilidad norteamericana, lo que preocupa hacia el futuro es su rechazo por aceptar la responsabilidad moral de lo que está sucediendo ante la negligencia de sus propias acciones. Se trata de una auto exculpación que evita mermar su credibilidad ante la arena global. Con esta actitud defensiva e imprecisa por parte de Estados Unidos no podremos enfrentar la crisis de refugiados.

El Gobierno de Joe Biden declara haber retirado ya más de 100,000 afganos por lo que no podrá acoger más, ya que su dosis de refugiados ha llegado al tope por los acuerdos previamente alcanzados con otros países como Uganda, Kosovo o Macedonia del Norte.

Lo más grave, es el número de pérdidas humanas que este conflicto lleva arrastrando desde hace dos décadas. Se calcula el deceso de 2,950 personas aproximadamente durante los atentados del 9/11, 2,400 durante la ocupación a Afganistán, más las muertes provocadas por todos los daños colaterales que están ocurriendo en el aeropuerto y las calles de Kabul. Si a estas cifras les sumamos las bajas humanas que podrían ocasionarse a partir de la crisis de refugiados la situación se torna sumamente grave.

Por ello, la comunidad internacional tendría que abordar el tema de los refugiados afganos de manera inmediata con perspectiva humanitaria y despolitizarlo para ofrecer una solución real. De lo contrario, esto será solo la punta del iceberg. Históricamente señalar a alguien que pertenezca a una minoría, al “otro” o al refugiado, sirve para propiciar el racismo, la intolerancia y el nacionalismo. Sin embargo, a pesar de que muchos gobiernos progresistas intenten enarbolar una narrativa opuesta, al final el tema solo vuelve a la mesa como accesorio de algún discurso electoral.

 

Internacionalista por la Universidad Iberoamericana y especialista en derecho internacional y comercio exterior.
@sofiapac
TEMAS RELACIONADOS
Guardando favorito...

Comentarios