Durante años se ha repetido una idea cómoda: que el deterioro económico, por sí mismo, termina por hacer caer a los gobiernos populistas, pero esa premisa es inexacta. Los gobiernos no solamente caen cuando la economía falla; caen cuando existe un hartazgo social principalmente por el deterioro de la economía familiar y además aparece una alternativa creíble que pueda capitalizar el mal desempeño de gobierno.
El caso de Hungría lo confirma. Un régimen con bajo crecimiento económico, inflación persistente y deterioro en la economía de las familias logró sostenerse durante 16 años. Su derrota no fue automática. Fue construida. Y esa es la primera lección para México.
Los sistemas políticos pueden mantenerse aun con malos resultados económicos si logran sustituir el crecimiento por mecanismos de distribución directa. La economía deja de ser motor de movilidad y se convierte en instrumento de control.
México se acerca peligrosamente a ese punto: Con una inflación que día a día golpea a los bienes y servicios esenciales, el ingreso real de las familias se ha deteriorado. Pero eso no se traduce automáticamente en castigo electoral. Como advirtió Albert O. Hirschman, los ciudadanos no abandonan un sistema si no perciben una alternativa viable, aunque les esté yendo mal.
Por eso, el desafío no es diagnosticar la economía ni unicamente restregar lo mal que estamos. Se trata de construir una alternativa que capte la atención, luego convenza y finalmente obtenga el voto de la gente para sustituir al mal gobierno.
Fraguar una alternativa de tal envergadura exige tareas concretas: en primer lugar, renunciar a las purezas ideológicas. Una oposición que pretenda derrotar a un régimen populista no puede hacerlo desde la comodidad de su identidad inercial. Necesita convertirse en una opción amplia, capaz de convocar a la base social que hoy sostiene al oficialismo, porque han sido secuestrados en sus derechos sociales o necesidades básicas de bienestar.
En segundo lugar, debe construir una narrativa propia que razone, pero que igual emocione e inspire. Que no sea reactiva, no subordinada al discurso del poder. La conversación tiene que girar hacia la vida cotidiana: ingreso, servicios, oportunidades, los bolsillos de la gente.
Tercero, ofrecer una política social mejor, no plantear la desaparición de apoyos. La verdadera diferencia está en transformarlos: pasar de transferencias que generan dependencia a derechos efectivos que generen movilidad.
Cuarto, postular perfiles capaces de atraer votantes oficialistas y de ciudadanos sin partido. No se gana convenciendo solo a los propios. Se gana construyendo mayorías nuevas. Y eso implica candidaturas con credibilidad más allá del círculo opositor tradicional.
Quinto, recuperar el lenguaje nacional. Ceder símbolos, identidad o sentido de pertenencia es un error estratégico profundo. La alternativa debe ser también una propuesta de país, no solo de administración.
México enfrenta una disyuntiva clara. Seguir apostando a que la inflación, la deuda o el bajo crecimiento debiliten por sí mismos al régimen es apostar a la inercia. Y la inercia, en política, casi siempre favorece al poder.
La otra ruta es más compleja, pero también más realista: construir una alternativa proactiva que ofrezca crecimiento con estabilidad, política social con movilidad y un Estado que genere certeza. Porque al final, la política no premia al que tiene razón, sino al que ofrece futuro.
Hay que mostrarle a México un futuro distinto al camino incompetente, autoritario, intolerante y mentiroso sobre el cual hoy nos está conduciendo Morena.
Senador de la República por Yucatán

