La elección de Coahuila dejó una lección mucho más importante que el simple reparto de curules. Mientras buena parte del análisis político nacional sigue obsesionado con encuestas presidenciales, marcas partidistas y narrativas mediáticas, los resultados coahuilenses recordaron una vieja verdad de la ciencia política: las democracias sobreviven porque existen bastiones.

El PRI ganó la totalidad de los distritos de mayoría en disputa y obtuvo una ventaja contundente sobre Morena. Más allá de simpatías partidistas, el dato merece una reflexión más profunda. ¿Por qué importa que existan territorios donde el partido gobernante no sea dominante? Porque la alternancia democrática no se construye en abstracto, se construye desde gobiernos locales capaces de demostrar que existe una alternativa.

El politólogo español Juan J. Linz sostenía que los sistemas políticos se vuelven más vulnerables a la concentración del poder cuando desaparece la capacidad ciudadana de comparar resultados. Si todo el territorio es gobernado por la misma fuerza política, la evaluación pública se vuelve difícil. En cambio, cuando existen gobiernos estatales o municipales que siguen rutas distintas, los ciudadanos pueden contrastar modelos, estilos de gobierno y resultados.

La democracia necesita comparación para mantenerse viva. Las democracias no descansan únicamente sobre elecciones nacionales. También dependen de la existencia de múltiples centros de poder con legitimidad propia: gobiernos estatales, municipios, congresos locales, universidades, organizaciones civiles y medios independientes. Cuando el poder central tiende a avasallar, esos espacios funcionan como reservas institucionales de pluralidad.

La relevancia de Coahuila como un bastión del PRI va mucho más allá de una elección local. La ciencia política ha documentado que las democracias sobreviven porque conservan espacios donde la competencia sigue siendo real cuando el poder nacional tiende a concentrarse. Budapest en Hungría, Varsovia en Polonia, Andalucía y Galicia en España, son ejemplos vivos de bastiones políticos que preservaron la fuerza política y el contrapeso territorial en condición opositora.

México vivió un fenómeno parecido. La alternancia del año 2000 no nació en Los Pinos. Nació antes en Baja California, Chihuahua, Guanajuato y Jalisco. Esos estados funcionaron como laboratorios políticos donde se formaron liderazgos, se construyeron estructuras competitivas y se probó que otro gobierno era posible.

La alternancia primero se volvió imaginable y después se volvió real.

Precisamente ahí radica la relevancia de Coahuila. La elección no modifica por sí sola el mapa nacional. No cambia las mayorías en el Congreso ni altera el equilibrio federal. Pero demuestra algo mucho más importante: que la competencia sigue siendo posible.

En una época donde con frecuencia se habla de hegemonías inevitables, de mayorías permanentes y de oposiciones condenadas a la irrelevancia, Coahuila recordó que ningún proyecto político posee el monopolio de los resultados ni de la confianza ciudadana.

Mientras existan gobiernos locales capaces de ofrecer resultados distintos, liderazgos propios y visiones diferentes del desarrollo, la alternancia seguirá siendo posible.

La lección de Coahuila, por tanto, trasciende a Coahuila. No es únicamente una victoria electoral. Es un recordatorio de que la pluralidad necesita territorio para sobrevivir. Y de que, en política, los bastiones de hoy suelen convertirse en las alternativas nacionales de mañana.

Senador de la República por Yucatán

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