Hay países que se descubren en las guerras. Otros en las revoluciones. Algunos en las grandes crisis económicas. México, curiosamente, suele encontrarse durante noventa minutos. C uando juega la selección nacional desaparecen, aunque sea por un instante, las discusiones cotidianas. Personas de distinta edad, región, profesión o convicción política comparten una misma emoción. No porque el futbol resuelva nuestros problemas, sino porque nos recuerda algo que con frecuencia olvidamos: antes que adversarios, somos compatriotas.
Son entrañablemente noventa minutos por México.
Octavio Paz escribió en El laberinto de la soledad que "las fiestas son nuestro único lujo". En ellas, decía, el mexicano rompe el aislamiento cotidiano y vuelve a encontrarse con los demás. El futbol tiene algo de esa fiesta nacional. Durante noventa minutos reímos, sufrimos y esperamos juntos. No desaparecen nuestras diferencias; simplemente recordamos que existe algo más grande que ellas: la alegría de pertenecer a un mismo país.
Ningún deporte enseña con tanta claridad que el talento individual sólo alcanza su plenitud cuando existe confianza en los demás. Ningún triunfo es completamente individual. La victoria siempre pertenece al equipo.
Lo mismo ocurre con las naciones, su principal capital está cifrado en la capacidad de su gente en creer en sí misma, como una sola unidad.
Vivimos tiempos en los que la política parece empeñada en convencernos de que nuestro país está dividido en bandos irreconciliables, como si el desacuerdo permanente fuera nuestra única identidad. Ese es el mayor daño que el régimen de Morena le hace a México: Jamás convocar a la Unidad, siempre apostarle a la división.
Pero basta un partido de la selección para descubrir que el sentido de identidad nacional de nuestro pueblo siempre será más grande que el interés sectario de quienes hoy gobiernan.
Podemos pensar distinto y, aun así, emocionarnos por las mismas cosas. Podemos discutir el rumbo del país sin dejar de reconocer que compartimos una historia, una bandera y un destino común. El futbol no crea ese sentido de identidad nacional, pero sí lo hace visible.
Durante noventa minutos aparece ese México que muchas veces permanece oculto bajo el ruido cotidiano: el que canta el mismo himno, celebra con desconocidos y abraza sin preguntar por quién votó el de al lado. Es un recordatorio de que la unidad nacional no significa pensar igual, sino sentir que el éxito de uno también pertenece a todos.
Quizá esa sea la mayor enseñanza del futbol. No los goles. No las victorias. La certeza de que todavía somos capaces de emocionarnos juntos. Porque un país no se sostiene únicamente por sus leyes, sus instituciones o su economía. También necesita afectos compartidos, símbolos comunes y momentos que le recuerden que pertenece a una misma historia.
Las democracias necesitan mucho más que leyes y elecciones; necesitan una comunidad que quiera seguir caminando unida. Los símbolos compartidos, las fiestas nacionales y hasta los triunfos deportivos ayudan a recordar que el "nosotros" existe y vale la pena preservarlo. Ninguna sociedad puede construir un gran futuro si antes pierde la capacidad de alegrarse como una sola nación.
Después de todo, los partidos duran noventa minutos, pero las naciones también se construyen con los momentos en que descubren que todavía saben celebrar juntas y creer en sí mismas.
Senador de la República por Yucatán

