Hay una beca mucho más valiosa que cualquier depósito gubernamental. No llega a una tarjeta ni aparece cada mes en una cuenta bancaria. Es aprender. Aprender bien. Y esa es precisamente la beca que México está dejando de entregar a millones de jóvenes.
Los nuevos resultados de PISA 2025, publicados por la OCDE, deberían estremecernos. Solo 30% de nuestros estudiantes de 15 años alcanza el nivel básico en matemáticas. En lectura y ciencias apenas alrededor de la mitad llega al mínimo esperado. Y la excelencia prácticamente desapareció: casi ningún estudiante mexicano alcanza los niveles más altos de desempeño.
No son malas calificaciones. Es capital humano que estamos dejando de formar bien, desde la proclamación en 2019 de la “Nueva Escuela Mexicana”, emblema educativo de la 4T.
El gobierno presume becas universales y transferencias crecientes para estudiantes. Está bien apoyar a un joven para que no abandone la escuela por falta de dinero. El problema comienza cuando la transferencia se convierte en sustituto político del aprendizaje. Podemos becar a todos y, al mismo tiempo, educarlos peor.
Durante estos años hemos visto una política educativa que desconfía de la evaluación, relativiza el mérito y la excelencia y parece sentirse más cómoda con la homogeneización que con la exigencia. Se desmontaron instrumentos de evaluación y se construyó un discurso donde demasiadas veces medir aprendizajes parece sospechoso y distinguir el desempeño parece incompatible con la igualdad.
Es una suerte de revolución cultural forzada. No comparable en sus métodos ni en sus consecuencias históricas con otras experiencias en nuestro país, pero sí reconocible en una pulsión frecuente de los proyectos políticos con vocación hegemónica: desconfiar de la autonomía, del mérito, del conocimiento especializado y de todo aquello que no pueda uniformarse. El resultado puede ser una igualdad profundamente injusta: igualarnos hacia abajo.
Amartya Sen explicó que la verdadera justicia consiste en ampliar las capacidades reales de las personas. Y pocas capacidades modifican tanto una vida como comprender lo que se lee, dominar las matemáticas, aprender ciencias, hablar otros idiomas, utilizar tecnología y desarrollar pensamiento crítico. Eso es particularmente importante para los pobres.
El hijo de una familia acomodada puede compensar una mala escuela: clases particulares, idiomas, computadoras, viajes, universidades privadas. El hijo de una familia pobre depende mucho más de que el Estado le entregue una educación extraordinaria. Por eso deteriorar la escuela pública es una de las políticas más regresivas que puede adoptar un gobierno que se proclama de izquierda.
El gobierno de Morena ha cuestionado aspectos de PISA, pero también anunció nuevos materiales de matemáticas y lectoescritura. Ese reconocimiento del problema es importante. Lo verdaderamente urgente es abandonar la idea de que exigir, evaluar y reconocer el mérito son conceptos contrarios a la justicia social.
México enfrentará la inteligencia artificial, la automatización y una economía mundial que premiará cada vez más el conocimiento y las competencias. Nuestros jóvenes competirán con quienes estudiaron en Corea, Japón, Canadá o Europa. Ninguna transferencia económica puede sustituir las herramientas necesarias para hacerlo.
Una beca permite permanecer en la escuela. Una gran educación permite salir de la pobreza. Esa es la diferencia que Morena parece no comprender. Porque un gobierno puede presumir cuánto dinero deposita en las cuentas de sus jóvenes. La pregunta verdaderamente importante es otra: ¿cuánto futuro está depositando en sus mentes?
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