Vanessa Arvizu Reynaga y Margarita Sánchez Pacheco
En El mito de Sísifo, Albert Camus se cuestiona sobre cómo en la vida se resta valor a la calidad de las experiencias, privilegiando la cantidad y la acumulación de éstas. ¿No son esos, acaso, los parámetros con los que se intenta medir la ciencia en nuestro país? Esta reflexión nos conduce a una pregunta fundamental para quienes hacemos investigación: ¿cuál es, en última instancia, su sentido?
Desde su creación en 1984, el Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores (SNII) es la instancia concentradora y de medición del desarrollo científico y tecnológico en México, otorgando una distinción simbólica y económica a quienes cumplen con los requisitos establecidos para su ingreso y permanencia.
El SNII se organiza por niveles -que van del Candidato hacia I, II, III y Emérito- determinados por el cumplimiento de criterios específicos. En función del nivel asignado en la evaluación, las y los investigadores reciben, además del reconocimiento, un estímulo económico acorde a dicha clasificación.
Pero ¿qué determina que las y los investigadores ingresen y permanezcan en cada uno de estos niveles? Al respecto, la publicación de los criterios específicos de evaluación para la convocatoria de ingreso y permanencia al SNII 2026 desató controversia entre sus aspirantes y puso a debate el proceso y los criterios de selección del sistema de cara a las condiciones en que se desarrollan la ciencia y la tecnología en México.
Los requisitos para el ingreso y permanencia en el SNII han cambiado a lo largo del tiempo. Así, en el Reglamento del 2000 se establecía para el nivel Candidato: tener el perfil de investigador o profesor de tiempo completo en una institución de educación superior (IES) o de investigación del sector público o privado del país; tener grado de doctor o, en su defecto, avalar una producción científica y/o tecnológica que permitiera eximir este requisito; demostrar capacidad de investigación científica y tener menos de 40 años.
Hoy, algunos requisitos han desaparecido, mientras que otros han cobrado relevancia. La eliminación de los requisitos de edad y adscripción de tiempo completo ha ampliado el acceso al sistema para algunas personas. En contraste, se ha dejado fuera a quienes realizan labores de investigación en instituciones privadas; además, el doctorado hoy es indispensable, y han aumentado los criterios de producción de carácter cuantitativo.
Precisamente el aspecto cuantitativo fue un signo que prendió las alarmas tras la publicación de la más reciente convocatoria 2026. En comparación con 2025, se incrementan las exigencias de producción científica y tecnológica —particularmente en publicaciones como artículos, libros y capítulos—, al tiempo que reducen el peso a los rubros de formación.
Para ilustrarlo, en el campo de Ciencias Sociales, en 2025 se requerían entre 7 y 26 actividades de producción científica para ingresar al nivel 1; para 2026, el rango se eleva de 17 a 42. En contraste, el componente de “Fortalecimiento y consolidación de la comunidad”
se reduce de 33-95 a un solo producto en 2026. Este patrón se repite en todos los campos de conocimiento y niveles del sistema.
Por otro lado, los criterios específicos introducen una novedad: la aparente prevalencia de la evaluación cualitativa sobre la cantidad de productos. No obstante, la rúbrica propuesta resulta ambigua. Persisten tensiones entre lo cuantitativo y lo cualitativo pues, aunque se establecen equivalencias (ejemplo: un libro puede equivaler a cuatro artículos), no se precisa con claridad cómo se valorará cualitativamente cada producto. Esto es un reto para quienes serán evaluados dado que la convocatoria presenta contradicciones: la supuesta primacía de la calidad sin dejar de elevar el número de publicaciones y sin criterios cualitativos claros.
Ante este panorama destacan dos aspectos. Primero, los criterios tienden a reducir la labor de investigación a la producción, dejando en segundo plano funciones sustantivas como la docencia, la difusión y la formación de nuevas generaciones. Un ejemplo claro es la docencia que, si bien nunca ha ocupado un lugar central en el SNII, en esta nueva convocatoria aparece casi desdibujada.
Segundo, el SNII sigue delineando un perfil hegemónico de investigador —varón, de tiempo completo y con plaza estable— que contrasta con las condiciones laborales limitadas de gran parte de la comunidad académica. Aunque el discurso institucional ha promovido la inclusión de género, persisten desigualdades estructurales que afectan las trayectorias de investigación, particularmente de las mujeres. De acuerdo con datos del padrón SNII 2024, solamente 26.3% de las investigadoras tienen la distinción como Eméritas, el resto son hombres.
Si en sus inicios el SNII fue una política que permitió la consolidación de los gremios académicos en un contexto de crisis económica, hoy los estímulos que otorga se han convertido en una fuente fundamental de ingresos, especialmente en un entorno de creciente precarización del trabajo científico. Este es el caso de quienes no cuentan con plazas fijas en instituciones de educación superior o centros de investigación, para quienes el estímulo representa un complemento indispensable. Sin embargo, estas mismas condiciones limitan la disposición de tiempo para la producción acelerada de artículos y otros trabajos académicos. Pese a esto, pertenecer al SNII es con frecuencia requisito en los procesos de contratación de los nuevos cuadros académicos en las IES.
En este contexto, el temor al incremento constante y la ambigüedad en los criterios remite al mito de Sísifo: una producción científica centrada en la acumulación, que se empuja cuesta arriba sin certeza de alcanzar la cima y bajo el riesgo permanente de retroceder.
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