Por Luis Montaño Hirose
Universidad Autónoma Metropolitana
Resulta paradójico que la sociología parezca atravesar un momento de debilitamiento institucional precisamente cuando muchos de los problemas que enfrenta el mundo contemporáneo son profundamente sociológicos. La desigualdad, la violencia, las migraciones, la crisis ambiental y el impacto de las tecnologías digitales son fenómenos cuya comprensión exige una mirada capaz de articular estructuras sociales, relaciones de poder, procesos culturales e imaginarios colectivos. Sin embargo, en numerosos países, incluido México, se observa una disminución en la matrícula de las licenciaturas en sociología y una pérdida relativa de visibilidad de la disciplina dentro de las universidades. Recientemente, Gustavo Mejía Pérez se preguntaba en estas mismas páginas si nos encontramos ante la muerte de una disciplina o frente a un cambio de época (El Universal, 25/05/26). La interrogante no es menor: ¿por qué una sociedad cada vez más compleja parece mostrar un interés decreciente por una de las disciplinas dedicadas a comprender sus dinámicas y transformaciones?
A primera vista, podría suponerse que esta situación refleja una pérdida de interés por los temas que tradicionalmente han ocupado a la sociología. No obstante, una interpretación más pausada sugiere exactamente lo contrario. La disminución de estudiantes en sociología no parece derivarse de la irrelevancia de sus preguntas, sino de la creciente legitimidad alcanzada por una forma particular de entender la sociedad: aquella que la concibe predominantemente desde categorías económico-gerenciales.
La sociología surgió como respuesta a las transformaciones profundas de la modernidad, entre ellas la expansión de la economía de mercado, mostrando que las explicaciones centradas exclusivamente en la lógica económica resultaban insuficientes para comprender la complejidad de la vida social. Las personas actúan también movidas por valores, creencias, emociones, identidades, temores y aspiraciones colectivas. La sociedad no podía concebirse únicamente como un conjunto de intercambios mercantiles ni como una suma de decisiones individuales orientadas a maximizar beneficios. Una de las intuiciones que posteriormente desarrollaría Karl Polanyi consiste precisamente en recordar que los mercados existen dentro de la sociedad y no al revés.
Esta idea fue desarrollada también por Talcott Parsons, para quien la economía constituía un subsistema especializado de la sociedad, incapaz de explicar por sí solo la totalidad de la vida social. La política, la cultura y la educación poseían lógicas propias, irreductibles a mecanismos económicos, y resultaban indispensables para la integración social.
Conviene subrayar que el problema no radica en la economía como disciplina. Sus contribuciones han sido esenciales para comprender múltiples dimensiones de la vida colectiva. El cuestionamiento surge cuando una racionalidad especializada, por valiosa que sea en su propio ámbito, desplaza otras formas igualmente legítimas de comprensión y valoración de la realidad. Las sociedades no se organizan únicamente en función de criterios económicos; también intervienen consideraciones políticas, éticas, culturales, educativas y simbólicas. El desafío aparece cuando categorías como eficiencia, productividad, competitividad o rentabilidad se convierten en referentes predominantes para evaluar ámbitos cuya riqueza no puede agotarse en esos términos.
Existe, por otro lado, una dimensión que no debe pasarse por alto. La sociología posee una característica particularmente incómoda: convierte en objeto de análisis a grupos, instituciones y actores con capacidad de influencia en los ámbitos político, económico, académico y cultural; cuestiona las formas de autoridad, revela mecanismos de exclusión y reproducción social, y muestra cómo ciertas desigualdades se presentan como naturales cuando son producto de relaciones históricas y sociales.
No resulta extraño, entonces, que una disciplina dedicada a develar estructuras invisibles de poder encuentre dificultades para consolidar su legitimidad en contextos donde predominan criterios instrumentales de evaluación. La sociología incomoda porque desplaza la mirada desde las soluciones técnicas hacia las preguntas sobre intereses, conflictos y relaciones de dominación que subyacen a los problemas sociales.
Pierre Bourdieu llevó esta vocación crítica a una de sus expresiones más conocidas. Para él, la sociología revela aquello que las estructuras sociales necesitan mantener oculto para funcionar. El poder rara vez se presenta como tal; suele hacerlo bajo la forma de mérito, excelencia, neutralidad o racionalidad. Por ello, la sociología incomoda: no sólo cuestiona a los poderosos, sino también las creencias mediante las cuales los dominados aceptan el orden existente. Como escribió Bourdieu, es una ciencia que molesta porque introduce una sospecha permanente respecto de aquello que suele darse por sentado.
Naturalmente, el diagnóstico debe matizarse. La disminución relativa de la sociología como disciplina no implica necesariamente un retroceso de la perspectiva sociológica. Muchas de sus contribuciones se han proyectado hacia campos especializados como la sociología económica, los estudios laborales, los estudios de género y la educación superior, así como hacia áreas interdisciplinarias como la psicología social y los estudios organizacionales. Parte de su aparente pérdida de visibilidad institucional podría interpretarse como un efecto de la difusión y especialización de sus propios enfoques. Desde esta perspectiva, la disminución de estudiantes parece expresar tanto la diversificación de la sociología como el predominio cultural de una racionalidad económico-gerencial que ha logrado presentarse como la explicación más legítima de la realidad contemporánea.
Quizá, entonces, la disminución de estudiantes en sociología no sea solamente un problema de una disciplina académica. Como ocurrió anteriormente con la filosofía, podría reflejar también la difusión de sus preguntas hacia múltiples espacios del conocimiento. Aunque la mirada sociológica se ha expandido hacia diversos ámbitos, su pérdida relativa de visibilidad institucional puede interpretarse como la manifestación de una transformación más amplia: la de una sociedad en la que la perspectiva económico-gerencial ha dejado de ser simplemente una forma de organizar la producción para convertirse en una manera dominante de imaginar el mundo.
La paradoja es que, precisamente cuando los desafíos contemporáneos exigen comprender con mayor profundidad las relaciones entre economía, poder, cultura e instituciones, las herramientas intelectuales desarrolladas por la sociología parecen más necesarias que nunca.
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