Por Luis Montaño Hirose / Universidad Autónoma Metropolitana

Cada generación universitaria cree enfrentar desafíos inéditos; algunos lo son, otros no. La insuficiencia presupuestal, la necesidad de contar con sistemas de evaluación adecuados, la presión por incrementar la cobertura, la incorporación de nuevas tecnologías, la demanda de una mayor vinculación social o la necesidad de preservar la autonomía parecen, en cada momento, asuntos urgentes y singulares. Sin embargo, basta revisar la historia de nuestras instituciones para descubrir algo inquietante: muchas de estas inquietudes han acompañado a la universidad pública durante décadas.

Las circunstancias cambian, los actores se renuevan y los contextos se transforman, pero algunas preguntas fundamentales permanecen. ¿Cómo formar ciudadanos críticos y, al mismo tiempo, profesionales competentes? ¿Cómo ampliar el acceso sin renunciar a la calidad? ¿Cómo responder a las necesidades de la sociedad sin perder la libertad intelectual indispensable para la producción de conocimiento? ¿Cómo sostener el compromiso social de la universidad en un entorno cada vez más dominado por criterios de eficiencia y rentabilidad?

Frente a estas interrogantes, resulta útil volver la mirada hacia un texto filosófico escrito hace más de ochenta años: El mito de Sísifo, de Albert Camus. La historia es conocida. Condenado por los dioses, Sísifo debe empujar una enorme roca hasta la cima de una montaña. Cada vez que está a punto de concluir su tarea, la roca rueda nuevamente hacia el valle. El castigo consiste precisamente en la repetición infinita de un esfuerzo que nunca alcanza un resultado definitivo.

Lo sorprendente es que Camus no interpreta esta historia como una tragedia. Por el contrario, encuentra en ella una profunda lección sobre la condición humana. Sísifo sabe que su tarea no terminará jamás. Conoce perfectamente el carácter repetitivo de su esfuerzo. Y, sin embargo, continúa. En esa conciencia lúcida reside, según Camus, su dignidad.

La metáfora parece especialmente adecuada para pensar la universidad pública contemporánea. Desde hace décadas, las instituciones de educación superior enfrentan problemas que reaparecen una y otra vez bajo nuevas formas. Se diseñan reformas, se elaboran planes estratégicos, se construyen sistemas de evaluación y se implementan innovaciones organizacionales. Algunas generan avances significativos; otras producen resultados más modestos. Pero ninguna logra eliminar por completo las tensiones inherentes a la vida universitaria.

Quizá ello se deba a que la universidad no es una organización cualquiera. Su misión está atravesada por objetivos múltiples y, en ocasiones, contradictorios. Debe conservar tradiciones y promover la innovación; generar conocimiento especializado y contribuir a la solución de problemas públicos; formar profesionales para el mercado laboral y ciudadanos comprometidos con la vida democrática. No existe una fórmula capaz de resolver definitivamente estas tensiones; tampoco un modelo de gestión que pueda eliminar la complejidad propia de una institución dedicada a la formación y al conocimiento.

Sin embargo, buena parte del discurso contemporáneo sobre educación superior parece sostener la expectativa contraria. Con frecuencia se asume que los problemas universitarios pueden resolverse mediante diversos remedios administrativos, mejores indicadores, procedimientos más sofisticados, mayor incorporación tecnológica o mecanismos más rigurosos de control y evaluación. Desde esta perspectiva, la universidad aparece como una institución susceptible de mejora permanente.

La experiencia cotidiana sugiere algo distinto. Las universidades son comunidades humanas antes que dispositivos técnicos. Están formadas por estudiantes, profesores, investigadores, trabajadores y autoridades que interpretan de manera diversa los fines institucionales y que, precisamente por ello, mantienen viva la deliberación académica. Su riqueza proviene tanto de sus acuerdos como de sus desacuerdos.

La lección de Camus consiste en reconocer que algunas tareas carecen de una solución final y, aun así, conservan pleno sentido. Formar nuevas generaciones, producir conocimiento, sostener espacios de crítica y preservar la autonomía intelectual son actividades cuyos resultados nunca pueden darse por concluidos. Cada generación recibe una herencia construida por quienes la precedieron y, al mismo tiempo, la responsabilidad de proyectarla hacia el futuro.

Tal vez por ello la historia de la universidad pública puede entenderse como una sucesión de esfuerzos acumulados. Profesores que construyeron programas académicos en condiciones adversas; estudiantes que defendieron espacios de libertad; investigadores que insistieron en formular preguntas incómodas, pero relevantes; trabajadores que garantizaron el funcionamiento cotidiano de instituciones complejas. Ninguno resolvió definitivamente los problemas de la universidad. Pero todos contribuyeron a que ésta siguiera existiendo.

En tiempos marcados por la incertidumbre, las restricciones presupuestales y las transformaciones tecnológicas aceleradas, la figura de Sísifo ofrece una reflexión pertinente. No porque invite a la resignación, sino porque recuerda que el valor de ciertas instituciones no depende de alcanzar una perfección imposible, sino de su capacidad para perseverar en tareas que la sociedad considera fundamentales.

Quizá la grandeza de la universidad pública no radique en eliminar para siempre sus problemas y contradicciones inherentes, sino en continuar enfrentándolos, generación tras generación, sin renunciar a su vocación de educación, conocimiento, crítica y servicio a la sociedad.

Hay decisiones que fortalecen la universidad porque amplían su capacidad académica, favorecen el diálogo, respetan la pluralidad y construyen confianza; ellas aligeran la carga. Otras, por el contrario, la debilitan al privilegiar soluciones de corto plazo, reducir los espacios de deliberación o subordinar la vida académica a criterios exclusivamente administrativos o políticos; ello inclina aún más la pendiente. La roca seguirá existiendo; lo que cambia es la manera en que decidimos empujarla.

Al final, como escribió Camus, hay que imaginar a Sísifo feliz. Y quizá también habría que imaginar a la universidad pública avanzando cuesta arriba, consciente de las dificultades que enfrenta, pero convencida de que la tarea sigue valiendo la pena.

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