Luis Montaño Hirose
Cada año, miles de estudiantes abandonan la universidad en México. Tres de cada diez lo hacen el primer año, más de tres millones en la última década, según un informe reciente del Consejo Nacional para la Coordinación de la Educación Superior -CONACES-. Las explicaciones habituales apuntan a la falta de recursos económicos o al bajo rendimiento académico. Pero estas razones, aunque ciertas, no explican lo esencial: la universidad ha comenzado a perder su capacidad de convocar, integrar y dar sentido a la experiencia educativa. Lo que está en juego es más profundo; no es solo la permanencia de los estudiantes, sino la transformación silenciosa de la universidad como institución.
El diagnóstico es incómodo, pero necesario. La universidad pública parece estar dejando de cumplir una de sus funciones históricas en tanto institución: además de propiciar el desarrollo social, producir comunidad, identidad y sentido. No se trata solo de abandono escolar, sino de una pérdida de su capacidad simbólica de retención.
Durante décadas, ingresar a la universidad implicaba algo más que la adquisición de una formación profesional; prometía movilidad social, pertenencia a una comunidad intelectual y una trayectoria con sentido. Hoy, esa promesa se ha debilitado. El título ya no garantiza empleo digno, no solo por cambios internos, sino por transformaciones graves en los mercados de trabajo, como precarización, flexibilización e incertidumbre. Así, la universidad pierde uno de sus principales anclajes simbólicos, el de ofrecer un futuro relativamente previsible. Las expectativas juveniles también parecen reconfigurarse. No necesariamente por una disposición generacional intrínseca hacia el individualismo, sino como respuesta a entornos sociales caracterizados por incertidumbre, aceleración y debilitamiento de referentes colectivos de largo plazo.
Por otro lado, la creciente centralidad de los sistemas de evaluación -como el Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores- ha reconfigurado prioridades; la publicación desplaza a la docencia, la carrera individual sustituye al proyecto colectivo y la evaluación cuantitativa redefine el valor del trabajo académico. Se debilita así la dimensión formativa y la relación con los estudiantes, sobre todo de licenciatura.
A ello se suma la fragmentación organizacional. Estudiantes, profesores, administrativos y autoridades operan bajo lógicas diferenciadas, con escasos espacios de encuentro real. La universidad, antes concebida como comunidad, se asemeja hoy a un conjunto de trayectorias semi-independientes. El individualismo no es una falla moral, sino el efecto de una organización que lo premia y diluye lo común.
Las condiciones materiales intensifican esta ruptura. Jóvenes que trabajan, recorren largas distancias o carecen de recursos tecnológicos -muchos de ellos primera generación universitaria- enfrentan una experiencia marcada por la precariedad. La deserción deja de ser una decisión aislada y se convierte en expresión de un vínculo institucional debilitado.
Este fenómeno puede comprenderse a la luz de lo que François Dubet denominó el declive de la institución: las organizaciones han perdido capacidad de integrar a los individuos mediante normas y trayectorias compartidas. La universidad ya no forma en sentido fuerte; administra recorridos heterogéneos. Si bien su raíz es organizacional, el problema es cada vez más simbólico: está transitando de producir sentido -vocación, pertenencia, compromiso- a ser una organización gestionada por indicadores. Su imaginario se debilita; las reglas permanecen, pero pierden capacidad de convocar.
Aquí aparece un punto decisivo: la deserción no es solo un problema estudiantil, sino también de gobernanza institucional. No porque falten normas, sino porque operan en un registro técnico desconectado de la experiencia cotidiana. La gobernanza se vuelve formalista: regula, pero no integra; administra, pero no convence.
La pregunta ya no es solo cómo reducir la deserción, sino qué tipo de universidad se está produciendo: una que evalúa, pero no convoca; que gestiona, pero no integra; que organiza, pero no produce sentido. Esto no implica idealizar el pasado. La universidad nunca fue plenamente inclusiva y muchas transformaciones de hecho han ampliado el acceso y fortalecido la investigación. El problema no es el cambio, sino su orientación.
Es cierto que la expansión y profesionalización han permitido mayor acceso y producción de conocimiento, pero cuando se acompañan de fragmentación y pérdida de sentido colectivo, surgen nuevos retos. El desafío es orientar estos procesos para fortalecer la capacidad de generar comunidad, identidad y sentido: ¿cómo gobernar una institución fuertemente tensionada?
Quizá una de las mayores dificultades para comprender la deserción universitaria radique en que seguimos pensando la universidad desde referentes históricos que han comenzado a erosionarse. Persisten imaginarios construidos alrededor de la movilidad social, la comunidad intelectual o la formación de largo aliento, mientras las dinámicas contemporáneas parecen empujar a la institución hacia formas más fragmentadas, instrumentales y transitorias. El problema no es únicamente que la universidad cambie -toda institución lo hace-, sino la dirección, la velocidad y profundidad con que se transforman los significados que la sostenían simbólicamente.
Frente a este escenario, la tarea no consiste solo en diseñar mejores programas o ajustar indicadores, sino en repensar la gobernanza como un espacio de producción de sentido, capaz de reconstruir vínculos y articular proyectos compartidos. Ello exige desplazar el énfasis en la gestión por indicadores hacia una gobernanza que vuelva a poner en el centro la experiencia universitaria: generar espacios de deliberación efectiva, reconocer la docencia como práctica formativa y no residual, y propiciar condiciones para reconstruir vínculos en una institución crecientemente fragmentada. Como sugiere la tradición estratégica, la tarea fundamental es evitar que se disperse la tropa.
Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa
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