Tiburcio Moreno Olivos

En un intento por replantear la educación, de suerte que se adapte a un mundo posmoderno de diversidad, complejidad, incertidumbre e innovación, los gobiernos del mundo parecen empecinados en “sacar brillo al paradigma educativo de ayer”.

La innovación exige creatividad, imaginación, autonomía, y correr riesgos. Para dar respuesta a estas necesidades, un sistema educativo debe poseer las mismas características. Por tanto, existe la necesidad de que la reforma educativa se dirija hacia el objetivo esencial de la educación: aprender, aprender a crear, a resolver problemas, a pensar de manera crítica, a desaprender y reaprender, y a preocuparse por los demás y el entorno.

El aprendizaje continuo y sostenible es un rasgo característico del siglo XXI. La necesidad de aprender se relaciona con la realidad de un mundo cambiante, el creciente volumen de conocimientos por adquirir, y las diversas personas en las escuelas para quienes este proceso es algo tan vital.

Hoy en día se acepta que la base de conocimiento crece con rapidez, y que el mundo está cambiando de formas inesperadas. Las evidencias que alguna vez fueron válidas quizá ya no lo sigan siendo. Pensar acerca del futuro implica moverse en el terreno de lo desconocido, y ello significa que se requiere plantear una cierta cantidad de conjeturas.

Los seres humanos son capaces de aprender, desaprender, compartir y trasmitir su aprendizaje a aquellos que les siguen; está en el centro de nuestro ser, como individuos y como colectivo; al mismo tiempo, nuestras sociedades ni siquiera se han acercado al límite de lo que puede aprenderse. A medida que nos adentramos en el nuevo siglo, existen realidades sociales irresistibles que necesitan de un mejor aprendizaje y que se haga de nuevas formas. Nos encontramos en el umbral de grandes transformaciones en nuestro conocimiento sobre el aprendizaje. Así, el reto de los educadores es aplicar el nuevo conocimiento para ayudar a los alumnos a enfrentarse a las oportunidades y presiones de las cambiantes e impredecibles realidades sociales que les toque vivir.

La labor de los educadores es, y debería ser, el aprendizaje; sin embargo, se advierte que el debate público sobre educación podría hacernos pensar que nuestra tarea es “conseguir objetivos”, “quedar en los primeros puestos en la clasificación de las escuelas”, “obtener buenos resultados en los exámenes de admisión” o “ser una escuela con un alto nivel de solicitudes de ingreso”. Aunque pensemos que los resultados de los alumnos son muy importantes, un enfoque tan estrecho es erróneo.

En algún lugar del camino, en nombre de la reforma educativa, los diseñadores de políticas han confundido estructura con finalidad, medida con realización, medios con fines, sumisión con compromiso, y enseñar con aprender.

Sin duda, en la actualidad es indiscutible la importancia que reviste conocer sobre el aprendizaje. Desde hace tiempo, sabemos lo suficiente como para hacer un trabajo educativo mucho mejor si partimos del conocimiento actual sobre cómo funciona el aprendizaje y cómo motivarlo. Existen avances logrados de nuestro conocimiento sobre este proceso: es algo intelectual, social y emocional; es lineal y errático; tiene lugar adrede y por casualidad; todos lo hacemos y lo damos por sentado, a pesar de que no tenemos una comprensión clara de lo que significa o de cómo sacarle el máximo partido. Las escuelas operan con una multiplicidad de concepciones sobre la naturaleza del aprendizaje, desde el conocimiento en cuanto el material con el que se rellenan las mentes expectantes de los alumnos, hasta una visión que sugiere que no existe ninguna realidad más allá de la que se construye en el lenguaje de los miembros de una sociedad.

Los últimos setenta años de investigación han dejado claro que el aprendizaje no es un proceso pasivo. Las mentes jóvenes no llegan vacías de ideas, preparadas para recibir la sabiduría del maestro, como tampoco las mentes adultas son esponjas que absorban las nuevas ideas del aire. Para que el aprendizaje tenga lugar, debe existir un cierto nivel de conciencia; esa combinación de arquitectura biológica y acción autodirigida que le permite a uno percibir y pensar acerca de lo que está ocurriendo tanto dentro como fuera de uno mismo, de tal forma que uno puede evaluarlo y actuar sobre ello. Para muchos, aprender es una actividad al azar; simplemente sucede (o no). A menos que una persona sepa cómo ordenar sus pensamientos, la atención se dirige a aquello que está en el entorno inmediato y el aprendiz, a menudo, se revuelca entre la confusión y la incertidumbre. Pero aprender es algo que puede controlarse y potenciarse si el énfasis se pone en los intentos de conseguir que la información tenga sentido, de relacionarla con el conocimiento anterior y de dominar las habilidades relacionadas con ella.

Pero conseguir un estado mental ordenado no es tarea fácil. No obstante, existen algunas estrategias para aprovechar la información y dar sentido al mundo a través del proceso intencional del aprendizaje: metacognición, construcción de la abstracción, almacenamiento de información fuera del cuerpo, pensamiento sistémico, localización de problemas, aprendizaje recíproco, invención, obtención de significado a partir de la experiencia y modificación de los patrones de respuesta.

El aprendizaje profundo necesita algo más que una buena memoria; exige un esfuerzo consciente y centrar la atención; proceso que lleva tiempo. Esto, contrasta con una sociedad que tiene prisa, en la que ocurren simultáneamente múltiples eventos que demandan la atención de los jóvenes, donde lo fugaz y efímero es el marchamo distintivo de la vida cotidiana. En un mundo rápidamente cambiante ya no tiene cabida la ilusión de una certidumbre posible en la vida de las personas. Los educadores no pueden esconder la cabeza pensando “ya pasará”. Deben hacer una elección: esperar que otros les dirijan hacia el cambio o hacerse cargo de él e intentar influir en el futuro de las escuelas y de la educación.

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