Tony Judt fue un gran historiador e intelectual británico especializado en la historia europea contemporánea. Su monumental obra Postguerra: Una historia de Europa desde 1945, solía ser lectura obligada para los estudiantes de relaciones internacionales de mi generación, cuando no había inteligencia artificial y los alumnos todavía leíamos libros enteros para un curso. No obstante, su libro más entrañable para mí es El chalet de la memoria, una autobiografía donde rememora desde su juventud hasta la penosa enfermedad que lo condujo a la tumba: esclerosis lateral amiotrófica. No obstante, Judt jamás jugó el papel de víctima, ni buscó inspirar lástima. No esperaba que la valoración de su obra dependiera de la solidaridad por la tragedia de su enfermedad. En algún punto, sus colegas académicos le recomendaron dar discursos motivacionales para los estudiantes a partir de la experiencia de su enfermedad. Su respuesta, tantos años más tarde, me sigue resultando admirable y una excepcional lección de vida. Judt contestó categórico, “nosotros, los ingleses, no hacemos ese tipo de cosas.” De haber sido un intelectual latino, Judt hubiera explotado el sentimentalismo lacrimógeno y victimista de nuestra cultura para enriquecerse. Habría escrito una novela de auto ficción exigiendo reparaciones materiales para él y sus descendientes o alguna propuesta woke similar.
El sábado pasado, el Centro de Estudios Internacionales de El Colegio de México celebró su 65 aniversario con la presentación de un libro conmemorativo y una comida. Acudieron figuras destacadas de las diversas generaciones. El CEI le ha dado al país grandes académicos y libros notables como el clásico Alcances y límites de la política exterior de México de Mario Ojeda. O bien obras de referencia para la ciencia política mexicana como La politización del niño mexicano de Rafael Segovia. De ahí han salido grandes investigadores, intelectuales, pero también diputados, gobernadores, embajadores y secretarios de estado. Ahí estaban muchos egresados distinguidos, y muy destacadamente, la doctora Ana Covarrubias, actual presidenta de El Colegio de México y la doctora Fernanda Somuano, directora del CEI. Con todo, durante la presentación del libro conmemorativo, la escena más memorable fue la llegada de Soledad Loaeza, profesora emérita, en silla de ruedas, lesionada por el Parkinson que padece desde hace tiempo. Tan pronto atravesó la puerta y fue vista por sus alumnos y ex alumnos, la profesora recibió una ovación de pie con aplausos estruendosos en el Auditorio Alfonso Reyes. Numerosos ex alumnos la recuerdan (recordamos) como la estampa misma del rigor y la seriedad intelectual, una de esas maestras que dejan huella porque su ejercicio docente no se limita a la transmisión de conocimientos, sino a la formación de un ethos propio de la mejor tradición de El Colegio de México, la de su fundador, don Daniel Cosío Villegas. Una tradición liberal y cosmopolita pero orgullosamente mexicana. El discurso de Loaeza resultará inolvidable para quien tuvo el privilegio de escucharlo en vivo. Habló con afecto de su apreciada comunidad intelectual, académica, de su profundo cariño por El Colegio de México y una vida consagrada a la educación en el CEI. Viéndola ahí, golpeada por la enfermedad, pero imperturbable y firme en su alocución, uno no podía evitar el recuerdo de Tony Judt, a quien leíamos en su curso, y sentir el orgullo de haber sido uno más de sus alumnos. Los años causan estragos en el cuerpo, la memoria y sobre todo en la capacidad de autocontención emocional. Maldita sangre latina, al escuchar a Loaeza, experimenté el recorrido de dos lágrimas sobre mi cara, que intenté disimular. Catalina López Portillo, mi compañera de generación, me tomó del brazo, sonrió afectuosamente y preguntó “¿tú también te conmoviste?”. Sí. El Colegio dio México.
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