El lenguaje es un distintivo de la raza humana ante cualquier otro ser vivo. Esta capacidad nos sirve como herramienta para cohesionarnos socialmente y puede generar discriminación entre quienes no comparten los mismos códigos lingüísticos. Las consecuencias de dicha actitud ameritan la reflexión en medio de un contexto de incertidumbre sanitaria, social, económica y cultural.

En condiciones como las propiciadas por la pandemia de COVID-19, la poca sensibilidad con quienes utilizan lenguas diferentes costó la vida a miles de hablantes indígenas a los que se les dificultó el acceso a la información y servicios de salud.

Hasta septiembre pasado, el Instituto Nacional de los Pueblos Indígenas notificó 32 mil 269 casos y tres mil 977 defunciones por el virus entre la población indígena en México. En contraste con la letalidad a nivel nacional, el riesgo de muerte es poco más del doble para la población indígena que para el resto de las personas.

Desde antes de la contingencia, una encuesta del Consejo para Prevenir la Discriminación en la CDMX arrojó que las principales expresiones de violencia contra las comunidades ocurren en una tercera parte por rechazo a su forma de expresarse.

Considerando que la situación no es favorable en la capital, que presume ser una de las ciudades más pluriculturales, el rechazo por las distintas formas de enunciar se agrava al interior de la República entre los siete millones 364 mil 645 de mexicanos que hablan alguna lengua indígena.

Si este es el panorama de uno de los grupos que históricamente ha tratado de ser reivindicado por las políticas públicas y las asociaciones civiles, ¿qué pueden esperar otros sectores con formas de hablar desiguales?

En el planeta, 70 millones de personas vive con tartamudez. Esta cualidad, también llamada disfemia, se presenta con mayor frecuencia en hombres en una proporción de cuatro a uno con respecto a las mujeres.

Tiene origen neurológico, genético y hereditario que resulta contraproducente en todos los ámbitos. El individuo con tartamudez se aísla para ocultar su habla y padece de mayor dificultad al tomar decisiones. Emocionalmente, tiende a desarrollar ansiedad, depresión, ataques de pánico y estrés.

La situación sanitaria también ha trastocado la vida de los tartamudos e incluso no se descarta la posibilidad de que la disfemia sea una secuela del SARS-CoV-2. En enero pasado, la revista Scientific Reports planteó que los sobrevivientes al COVID-19 pueden desarrollar tartamudez, entre otros problemas neurológicos.

Hoy más que nunca resulta importante que las miradas se coloquen en grupos con condiciones de lenguaje vulnerables y excluidas ante una humanidad que, no siempre solidaria, puede engullir a quienes no reenfocan sus cualidades.

“El Primer Seminario de Comunicación Asertiva y Liderazgo Consciente”, organizado por el Proyecto Ernest, busca concientizar a la población hispanohablante en el marco del Día Mundial de la Tartamudez. Desde el Congreso de Chilpancingo, Guerrero, y de forma gratuita, los asistentes podrán incrementar la tolerancia a lo diverso.

Aquellos que son relegados por su habla, son relegados por los gobiernos e iniciativas sociales. Uno de los primeros pasos para que esto cambie, es que se concientice sobre los problemas que enfrentan y que ellos mismos fortalezcan sus habilidades para hacer que su voz retumbe en la consciencia humana.



Fundadora y coordinadora del Proyecto Ernest.

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