Una frase escrita en un baño o enviada por WhatsApp ha sido suficiente para vaciar escuelas enteras. “Mañana tiroteo”, un reto viral surgido en TikTok, desató la semana pasada desalojos en muchas escuelas del mundo. En el caso de México, derivó en operativos, clases suspendidas y padres corriendo por sus hijos en planteles de Hidalgo, Oaxaca, Guerrero, Sonora, Baja California y otros estados.

Aunque no se encontró ningún explosivo ni se concretó ataque alguno, el miedo sí fue real. En un contexto donde la violencia no es hipotética, una broma digital activa protocolos de emergencia y desvía recursos de crisis verdaderas. Las autoridades fueron tajantes: no es una moda, es un delito.

Por fortuna, todos los mensajes detectados en las escuelas fueron falsas alarmas. Sin embargo, no es un asunto que pueda desdeñarse en un país con tan altos índices de violencia, en el que el miedo encuentra terreno fértil.

Según el último reporte del INEGI, 61.5% de la población adulta considera inseguro vivir en su ciudad. Entre mujeres, la cifra sube a 67.2%. En ciudades como Irapuato, Guadalajara o Ecatepec, la percepción de inseguridad supera el 87%. En ese contexto, cualquier amenaza —por absurda que parezca— deja de ser un juego y se percibe como una posibilidad real.

Y no es difícil entender por qué; lo ocurrido en Teotihuacan lo dejó claro: la violencia no es lejana ni hipotética; un atacante armado recorrió sin obstáculos uno de los sitios más emblemáticos de México, dejó una víctima mortal y varios heridos y evidenció fallas profundas en vigilancia y prevención. La normalidad regresó con policías y filtros, pero la confianza no vuelve al mismo ritmo. Cuando el Estado falla, el miedo se expande.

Si a eso sumamos el hecho de que los criminales hacen un uso intensivo y sofisticado de los medios digitales para generar desinformación y terror, estamos ante un problema mayúsculo. Ahí es donde lo digital deja de ser un juego y se convierte en un espacio lleno de riesgos reales.

El debate es global. Australia prohibió el uso de redes sociales a los menores de 16 años, y países como Francia, España, Dinamarca, Grecia y Brasil avanzan en restricciones similares. Las sanciones se han hecho más severas por la incapacidad de contener el problema. Es cada vez más evidente que el entorno digital no sólo comunica y entretiene, también puede detonar conductas de riesgo.

La pregunta, entonces, es incómoda pero necesaria. ¿Prohibir es realmente una solución o solo una reacción? Porque mientras el miedo siga siendo tendencia, cualquier mensaje puede convertirse en alarma. Y quizá el verdadero reto no está en apagar las redes, sino en construir una educación digital sólida y robusta que evite la imitación de la violencia, que deplore la viralidad que genera miedo y que desactive a tiempo las consecuencias letales en el mundo real.

@PaolaRojas

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