Hace ya muchas décadas que Michoacán sufre. La violencia ha lastimado a sus habitantes de maneras muy tremendas. Muchos han optado por irse a los Estados Unidos. Las madres saben que al acercarse sus hijos a los 13 años, serán tomados por los grupos criminales, así que desesperadas huyen con ellos a donde sea. Si cruzar la frontera no es opción, se van a otros estados del territorio nacional. Los michoacanos se dividen entre los desterrados que se van, y los atemorizados los que se quedan.

Hay algunos municipios particularmente afectados. En el tercer trimestre de 2025, ocho de cada diez habitantes de Uruapan consideraron inseguro vivir ahí. Los últimos meses dejaron imágenes que explican esa percepción. Bernardo Bravo, dirigente de los productores de limón en Apatzingán y una de las voces que denunciaban la extorsión contra el sector, fue asesinado después de exigir mayor seguridad para los agricultores. Días después, un productor aguacatero de Cotija, murió tras pisar una mina artesanal colocada en una zona de cultivo. Dos historias distintas, un mismo mensaje: en Michoacán, la violencia alcanza a quienes simplemente intentan trabajar.

En ese contexto donde cobró fuerza Carlos Manzo, un hombre valiente que muy pronto se convirtió en una figura reconocible para miles de ciudadanos que vieron en él una voz distinta frente a la inseguridad. El Movimiento del Sombrero nació como una organización que impulsa candidaturas independientes y que encontró respaldo entre quienes están cansados de la violencia.

Su asesinato durante las festividades de Día de Muertos provocó indignación dentro y fuera de Michoacán, y convirtió al sombrero en un emblema para quienes encontraron en él una forma de expresar su inconformidad.

Su esposa Grecia Quiroz, con el duelo todavía a cuestas, asumió la alcaldía de Uruapan y tomó las riendas de un movimiento que muchos consideraban huérfano tras la muerte de Manzo. Lejos de darlo por terminado, ha mantenido vivo su legado y ha continuado una lucha que ya trasciende a una sola persona.

Por eso indigna tanto la reforma electoral recientemente aprobada por el Congreso de Michoacán. Con ella las candidaturas independientes seguirán existiendo, pero ya no podrán coordinarse entre sí ni compartir símbolos, plataformas o estrategias de comunicación. Sus impulsores aseguran que con ella se busca preservar el carácter individual de estas candidaturas; pero en realidad es un burdo intento por impedir que movimientos ciudadanos construyan identidad y fuerza colectiva.

Para los integrantes del Movimiento del Sombrero, las nuevas reglas están diseñadas para evitar que ellos puedan crecer, articularse y competir con fuerza frente a los partidos tradicionales; porque una cosa es impedir que las candidaturas independientes se conviertan en partidos políticos disfrazados y otra muy distinta es limitar la posibilidad de que ciudadanos con causas comunes puedan organizarse y construir una alternativa.

La mezquindad con la que tratan de frenar a un movimiento que crece e inspira a nivel nacional no puede ser ignorada. Con su reforma queda claro que tienen miedo a los ciudadanos organizados y no quieren permitir que sigan teniendo una red para ser más fuertes.

Olvidan que la democracia no sólo consiste en abrir la puerta para participar; también implica permitir que quienes entran puedan construir alternativas reales y alejadas de las criminalidad. Desestiman la fuerza de quienes iniciaron el Movimiento del Sombrero y de los millones de mexicanos que seguimos atentos su avance. Mientras más hagan por frenarlos, más aliados tendrán y más sonoro será su mensaje. Nada detendrá las legítimas aspiraciones de quienes quieren vivir con seguridad y paz.

@PaolaRojas

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