En un mundo donde una mayor cobertura en educación superior, la mejora de la calidad de la oferta y la innovación tecnológica definen el progreso de las naciones, paradójicamente las universidades públicas de América Latina enfrentan una crisis silenciosa pero profunda. Históricamente dependientes casi en su totalidad de subsidios públicos, hoy ven cómo los presupuestos se estiran, las demandas crecen y corren el riesgo de dejar de ser competitivas. No es un problema de voluntad política exclusiva; es un problema estructural. Si bien es cierto que se requieren más recursos públicos, y nuevos criterios y políticas para su redistribución, la solución no solo pasa por exigir más al Estado, sino también por construir un ecosistema de filantropía universitaria que hoy brilla por su ausencia.

La filantropía no es caridad. Es alianza estratégica. Requiere que las universidades tejan lazos sólidos con el sector empresarial, la comunidad de egresados, el gobierno y la sociedad civil. No se trata de pedir dinero, sino de ofrecer valor: investigación aplicada, talento altamente calificado, soluciones a problemas reales del territorio y proyección internacional. En países como México, donde la educación superior pública sigue siendo el principal motor de movilidad social, estas alianzas son urgentes. Los egresados exitosos, los empresarios que han crecido gracias a la formación universitaria y los gobiernos que necesitan innovación local deben entender que invertir en educación superior no es un acto de generosidad aislada, sino de inteligencia colectiva. Deben entender que la educación superior no es un gasto, es la mayor inversión de largo plazo que puede hacer una sociedad.

Pero ¿cómo construimos una cultura filantrópica en universidades que durante décadas dependieron casi exclusivamente de recursos públicos? De entrada, debe reconfigurarse el rol de los rectores. La filantropía debe formar parte central de su agenda; en la cual la creación o fortalecimiento de fundaciones universitarias, el diseño de proyectos atractivos y la comunicación efectiva deben tener un lugar preponderante. En segundo término, deben realizarse acciones que garanticen confianza. Una universidad que pide recursos pero no rinde cuentas con transparencia pierde credibilidad de inmediato. Una que celebra a sus donantes, que organiza eventos de gratitud genuinos y que visibiliza el impacto social de cada peso invertido genera un círculo virtuoso de confianza. Eventos anuales de reconocimiento, galas de egresados exitosos y presentaciones de casos de impacto son inversiones en cultura filantrópica.

La estrategia también debe considerar una buena dosis de paciencia, visión de largo plazo e incentivos concretos. Los grandes proyectos filantrópicos (cátedras, laboratorios, becas, infraestructura) no dan frutos en un semestre. Requieren visión estratégica y continuidad institucional. Rectores y donantes deben tenerlo claro y tener paciencia. Asimismo, deben promoverse mayores incentivos. Aunque existen deducciones por donativos en México, siguen siendo poco atractivos para grandes empresas y personas de alto patrimonio en comparación con otros países. Se requiere una reforma fiscal ambiciosa que eleve el porcentaje deducible y simplifique los trámites. También se requieren incentivos de reconocimiento para valorar al filántropo universitario, como más y mejores galardones, becas o programas que lleven su nombre, más reconocimiento público y social. Los incentivos de co-creación también son importantes, pues los empresarios y egresados no quieren solo dar dinero; quieren participar en el diseño de soluciones. Programas de “cátedras empresariales”, incubadoras conjuntas, proyectos de investigación aplicada donde la empresa define el reto y la universidad aporta el conocimiento generan un compromiso emocional y estratégico mucho más profundo que una simple transferencia de recursos.

Por supuesto que no proponemos privatizar la universidad pública. Al contrario, defendemos su fortalecimiento mediante una diversificación inteligente de sus fuentes de financiamiento. Una universidad que depende de un solo bolsillo -el del contribuyente- es vulnerable. Una que cuenta con recursos públicos estables, y además con filantropía privada generosa y vinculación empresarial estratégica es resiliente, autónoma y más capaz de cumplir su misión social. Los rectores deben liderar este proceso de transformación. Los gobiernos deben facilitar los incentivos. Los empresarios y egresados deben entender que invertir en su universidad es la forma más noble y rentable de retribuir a la sociedad que los formó. En definitiva, sí se puede entre todos construir una cultura filantrópica universitaria mexicana que sea ejemplo en América Latina.

Presidente de la Asociación Mexicana de Educación Continua y a Distancia AC

¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.

Comentarios