La universidad nació, en buena medida, como un espacio de confrontación de ideas, superación de dogmas y valentía intelectual. Durante la prolongada época oscura de la Edad Media los seres humanos dejaron de pensar por sí mismos. La costumbre, la tradición y la fe sustituyeron a la razón humana. Los textos de la época clásica de Grecia y Roma que no fueron quemados, se mantuvieron en griego dentro del imperio bizantino o enclaustrados en los monasterios donde estaba prohibido leerlos (El nombre de la Rosa, Umberto Eco). La caída de Constantinopla y el nuevo humanismo propiciaron su recuperación mil años después, lo que detonó la necesidad de justificar la fe a través de la razón (La Escolástica, Tomás de Aquino) y, con ello, el surgimiento de las universidades. En ese momento la cultura pasó de los monasterios a estos nuevos recintos del pensamiento. El Renacimiento, la imprenta y el uso de las lenguas vernáculas consolidaron esa tendencia. Shakespeare o Cervantes son impensables sin ese acontecimiento. En el siglo XIX, Wilhelm von Humboldt consolidó el modelo de universidad moderna. Para él, la institución debía ser un lugar donde investigación y docencia se fusionaran en la búsqueda incesante de la verdad. Ya no se trataba solo de formar especialistas, sino seres humanos capaces de pensar por sí mismos. José Ortega y Gasset, en “Misión de la universidad”, reforzó esta idea: la universidad debía ser “la conciencia intelectual de su tiempo”, cultivando no solo conocimiento técnico, sino una cultura general que fomente la originalidad y el pensamiento crítico.
Durante siglos las universidades occidentales fueron motor de creatividad, arte e innovación. Muchos de sus profesores fueron no solo investigadores, sino creadores e intelectuales que intervinieron en los grandes debates de su tiempo. Encarnaron el famoso imperativo kantiano: ¡Sapere aude! (¡Atrévete a pensar!). Sin embargo, en los últimos años asistimos a una inquietante inversión de esta tendencia. Frente a la realidad de las tecnologías emergentes, la universidad parece replegarse.
La IA está transformando radicalmente la producción académica. Puede generar textos, artículos e incluso borradores completos en minutos. Esto tiene consecuencias profundas sobre la originalidad del pensamiento. Lo que antes requería años de lectura, reflexión solitaria y maduración lenta, ahora puede simularse en cuestión de horas. El riesgo no se limita al plagio o la deshonestidad académica, sino a algo más profundo y peligroso: la homogeneización del pensamiento. Cada vez más artículos académicos suenan parecidos, con estilo pulido y eficiente, pero escasa originalidad. La creatividad, la ruptura intelectual y el riesgo necesario para el verdadero avance del conocimiento se ven amenazados por una producción masiva y estandarizada, pero que muchas veces carecen de genuina novedad. Paradójicamente, en el momento de mayor potencial de apertura intelectual de la historia, la universidad corre el riesgo de convertirse en un nuevo claustro laico. Uno donde el burócrata académico, obsesionado con métricas y papers para cumplir indicadores, desplaza al humanista creativo. El joven profesor, en lugar de dedicar años a gestar una idea original o un libro de aliento, se ve obligado a producir artículos rápidos, muchas veces asistidos por IA, para sobrevivir en un sistema que premia la cantidad sobre la profundidad. ¿Estamos formando pensadores o simples editores de contenido generado artificialmente para cumplir con el SNI?
La universidad no puede ser cómplice pasiva de esta deriva. Su responsabilidad histórica es precisamente la contraria: convertirse en el espacio donde se preserve, defienda y fomente la originalidad humana frente a la estandarización algorítmica. Para ello debe repensar los criterios de evaluación, priorizar la profundidad, la creatividad, la experiencia personal y la capacidad de síntesis crítica por encima de la mera productividad cuantitativa. Incorporar de forma ética y crítica el uso de la IA en los protocolos de investigación y publicación. Redefinir el rol del profesor y del estudiante: el docente como guía que enseña a pensar con la IA, el estudiante como usuario consciente que no delega su propia voz ni su razonamiento. Esto exige una transformación curricular profunda que incluya alfabetización crítica en IA, ética digital y el cultivo deliberado de la creatividad.
La universidad nació hace más de nueve siglos para sacar el conocimiento del encierro monástico y abrirlo al mundo. Hoy, ante la poderosa ola de la IA, su misión se repite bajo nueva forma: no puede volver a encerrarse ni permitir que el pensamiento sea enclaustrado, ahora ya no por muros de piedra, sino por algoritmos. Defender la originalidad es asegurarnos de que la universidad siga siendo viable y que el futuro siga siendo profundamente humano.
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