En los Altos de Chiapas, los ancianos tzotziles y tzeltales suelen enseñar que el ser humano no nace solo, nace con un ch’ulel -esa fuerza vital que los antropólogos llaman “alma”-, que se va formando, nutriendo y completando a lo largo de la vida, en el aprendizaje constante. En la pedagogía indígena maya de la región, se tiene claro que el aprendizaje no es solo acumular información, sino sobre todo nutrir y completar ese ch’ulel a lo largo de la vida. Se busca formar un ser humano completo, lo cual incluye a la mente, el corazón, el cuerpo y el alma. Hoy, en medio de una de las mayores transformaciones vividas en la educación superior, esa antigua sabiduría maya se vuelve más valiosa que nunca. La irrupción de la Inteligencia Artificial (IA), la acelerada digitalización del conocimiento y las profundas desigualdades que aún marcan nuestro territorio nos obligan a preguntarnos: ¿Qué tipo de ser humano estamos formando en este nuevo entorno tecnológico? ¿Estamos formando personas con alma (pensamiento crítico profundo, resiliencia emocional, creatividad auténtica) o solo profesionales altamente productivos? ¿Estamos dispuestos a aceptar una educación sin alma solo porque es más eficiente?¿Puede existir una educación superior sin alma en un contexto de profundas desigualdades? ¿Qué riesgos representa que la IA realice las tareas cognitivas mientras dejamos de cultivar la conciencia, la empatía y el sentido ético? ¿Qué cambios estructurales (curriculares, pedagógicos, evaluativos) serían necesarios para humanizar la educación superior?
La IA es extraordinaria. Puede generar conocimiento a velocidad vertiginosa, personalizar rutas de aprendizaje, analizar datos masivos y automatizar tareas que antes consumían años de esfuerzo humano. Estas herramientas pueden convertirse en un puente real de equidad. Sí, pero al mismo tiempo, la vorágine tecnológica amenaza con reducir la formación universitaria a la mera adquisición de habilidades técnicas. Corremos el riesgo que las aulas se conviertan en fábricas de datos y competencias laborales, dejando fuera lo que realmente hace humano al ser humano, como la responsabilidad comunitaria o la capacidad de cuidar la vida. Si permitimos que la tecnología dicte el centro de la educación, corremos el peligro de formar profesionales brillantes pero espiritualmente vacíos, ciudadanos técnicamente competentes pero éticamente frágiles. Y debemos ser claros, la IA no tiene ch’ulel, ni lo alimenta. No puede fortalecer el sentido de pertenencia comunitaria de un alumno, ni despertar esa conciencia crítica que nos permite cuestionar el mundo y transformarlo. Esa aún es tarea de maestros y maestras en el aula de clases.
Frente a esta realidad, rescatar la filosofía del ch’ulel no es un gesto romántico ni folclórico. Es una necesidad estratégica para resistir la deshumanización que acecha en la era digital. El reto es avanzar con la IA pero sin perder el alma, lo humano. Para ello, las universidades deben revisar y ajustar sus modelos educativos, para lograr que éstos se orienten a completar el ch’ulel de sus estudiantes. Que logren abrazar el ecosistema inteligente pero sin perder su alma. Tener la capacidad de sembrar conocimiento para el éxito profesional, pero al mismo tiempo de cuidar el crecimiento del ch’ulel de cada joven y de cosechar al final ciudadanos conscientes, solidarios y profundamente comprometidos con el bienestar colectivo.
No tiene ciencia. Rescatar la filosofía del ch’ulel implica situar en el corazón de la educación superior aquello que ninguna máquina podrá jamás replicar, como la capacidad de sentir o de cuidar. No se trata de elegir entre tradición y modernidad, sino de reconocer que esta es la única vía posible si aspiramos a que la universidad siga siendo un bien público esencial y un verdadero motor de transformación social. Porque, en última instancia, lo que el mundo necesita no son solo algoritmos perfectos, sino jóvenes capaces de soñar con audacia, de resistir con dignidad y de construir un futuro genuinamente humano.
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