Cuando se anunció que la Copa Mundial de Clavados regresaría a Guadalajara después de haber sido cancelada por temas de seguridad, la reacción natural de muchos fue sencilla: ¿para qué? Y sí, yo fui uno de ellos.

Porque hay que entender algo fundamental: el serial de Copas del Mundo ya había terminado. Beijing había marcado el cierre de una gira donde México brilló como hace mucho no lo hacía. Medallas de plata, bronce, finales, actuaciones memorables y una histórica segunda posición general que volvió a poner a los clavados mexicanos entre la élite mundial. Deportivamente, el ciclo ya estaba cerrado.

Entonces, insistir en rescatar una competencia cancelada parecía más un capricho político que una necesidad deportiva. Pero a veces hace falta escuchar a quienes entienden el alto rendimiento para abrir los ojos, entonces apareció Jorge Carreón.

Después de platicar con una de las piezas más importantes en la planeación técnica de los clavados en México, la perspectiva cambia por completo. Porque esta Copa del Mundo ya no se trata únicamente de medallas o de sumar otro evento al calendario. Se trata de confianza. De estabilidad emocional. De reafirmar un proyecto. Y sí, también de mandar un mensaje al mundo.

México necesita este evento mucho más de lo que parecía. Primero, porque nuestros clavadistas llegan en un momento extraordinario. Lo hecho en Beijing no fue casualidad. Hay una generación que empieza a creer que puede competirle a cualquiera y ganar en cualquier escenario. Tener una Copa del Mundo en Guadalajara, con tribunas a favor, entorno conocido y presión controlada, puede convertirse en el impulso psicológico perfecto rumbo a los Juegos Centroamericanos y todo el ciclo olímpico.

Y no hay que engañarnos: probablemente China no mandará a sus mejores exponentes. Muchas potencias ya dieron por terminado el serial. Pero eso no le resta valor al evento; al contrario. Para México representa la posibilidad de consolidar confianza, confirmar sensaciones y acostumbrar a sus atletas a competir sintiéndose favoritos.

Ahí es donde el trabajo de Rommel Pacheco merece reconocimiento. Porque mientras muchos pensaban que rescatar esta Copa era innecesario, el director de la Conade entendió algo más profundo: México no podía darse el lujo de dejar que el mundo se quedara con la imagen de un evento cancelado por violencia.

La insistencia de la presidenta para recuperar la sede y el trabajo conjunto con gente como Jorge Carreón terminan teniendo mucho más sentido del que parecía al principio. Porque el mensaje también es internacional.

Guadalajara necesitaba demostrar que puede organizar eventos de talla mundial con seguridad y capacidad operativa. Y México necesitaba demostrar que el deporte sigue siendo una plataforma para reconstruir confianza, incluso después de un episodio tan delicado como el que provocó la cancelación inicial.

Pensé que era absurdo traer de vuelta una competencia que ya había perdido peso deportivo, pero no es así. Hoy entiendo que esta Copa Mundial no se rescata por necesidad competitiva. Se rescata porque México necesita ganar otra cosa: credibilidad, confianza y fortaleza mental.

Y si algo queda claro después de escuchar a Jorge Carreón, es que detrás del éxito actual de los clavados mexicanos hay mucho más que talento. Hay planeación. Hay visión. Y hay gente que sí entiende cómo se construyen los campeones.

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