El día que murió la música

Mónica Lavín

Volveré a escuchar el Köln Concert reteniendo el aliento como cuando lo hice por primera vez tomada por su oleaje musical

A María José

 

Mi hermana y yo solíamos poner el disco una y otra vez. En la carátula: la cabeza de Keith Jarrett con abundante pelo, inclinada hacia adelante en una reverencial intimidad de su cuerpo con el piano. Es el Köln Concert. El Concierto de Colonia, pero le llamábamos por el nombre del disco. No sabíamos nada de la historia de esa grabación, pero nos gustaba que acompañara nuestro apetito de vida en la década de los 70. Lo sigo escuchando con frecuencia porque me vuelve a envolver la cadencia casi letanía de un tema que late en el centro y que se expande y contrae, como una marea plástica, un vaivén entre mirar el cielo y mirarse cuerpo adentro. Me caldea el ánimo y me da melancolía. Hay una sensación de arrebato y de arrullo, y uno puede escuchar cómo los dedos de Jarrett acarician o golpean, toman o abandonan las teclas blanco y negro del piano que lo extiende como si él habitara la caja torácica del instrumento. Ahí está la respiración del músico, algunas exclamaciones, casi el sudor goteando sobre el marfil, revelando un trance singular de júbilo y asombro. El Concierto de Colonia toca una fibra viva y misteriosa, tan íntima como entonada con la comunión colectiva. Su manera de tocar nos excluye y nos convoca.

Lo escucho en mi memoria y me vuelvo a emocionar como a los 20 años cuando el disco grabado en vivo, en la sala de la Ópera de Colonia, salió a la luz. Cuatro millones de copias vendidas. El jazz y el blues, Schubert, Satie parecen todos convocados en ese punto tan preciso donde las manos y el piano producen lo inefable. El misterio de la improvisación. Keith Jarrett estaba haciendo una gira de conciertos en los que dominaba la improvisación, lo había hecho en Berna, Bérgamo, Génova. Llegó desde Zurich a Colonia, cansado por los 600 km recorridos, y dispuesto a encarar el compromiso frente a un auditorio de 1400 personas. La promotora del concierto, Vera Brandes, era una adolescente de 17 años; mucho tuvo que ver su entusiasmo para que el pianista, frente a un piano que no tenía el sonido del Bösendorfer 290 que había pedido, accediera a tocar. Tenía que dar más, así lo pensó mientras intentaba remontar el sonido metálico del instrumento. Sin embargo, durante una hora y cuarto produjo esa música memorable, quizás el mejor concierto de su historia. Hay un Keith Jarret después del Köln Concert.

Hace pocos días, Keith Jarrett dio una entrevista en la que reveló que las embolias recientes ya no le permiten más que mover la mano derecha y mal, que agradecía si acaso podía levantar la taza de café; que como consecuencia de ellas a veces ya no recuerda partituras para recrear en el piano. Es una forma de la muerte para quien, a los 76 años, después de sentir, respirar, estar, comunicar y conmocionar a través del piano, ya no lo podrá hacer más.

Volveré a escuchar el Köln Concert reteniendo el aliento como cuando lo hice por primera vez tomada por su oleaje musical, con pena por las manos que han abandonado al músico y en eterno agradecimiento a Jarrett. Si no conocen el Köln Concert, dispónganse a escucharlo y entenderán mi duelo.

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