Podemos unirnos a expresiones públicas no partidistas a favor de la democracia y el Estado de Derecho en México; estas manifestaciones ––tan alentadoras y trascendentes como la elección de la nueva presidenta de la Suprema Corte–– serán más efectivas si, además, conllevan formación política y vínculos solidarios.
Para contribuir a lo anterior, te propongo consultar el contundente texto publicado recientemente en el periódico El Universal por Carlos Heredia, profesor del CIDE, sobre la presencia de los militares en la vida pública mexicana y compartirlo con tres personas para dialogar a partir de las siguientes preguntas:
1. En 1988, la investigadora Francia Díaz Cardona, en su libro Fuerzas armadas, militarismo y constitución nacional en América Latina (IIJ-UNAM), se referió al militarismo como "la penetración de las instituciones civiles por la jerarquía militar". Según este concepto, ¿de qué maneras y desde cuándo pueden calificarse nuestros gobiernos como militaristas?
2. ¿Qué consecuencias tiene el militarismo para la democracia, la división de poderes y el respeto de los derechos humanos?
3. ¿Qué problemas pueden agravarse si el Ejército y la Marina siguen realizando funciones de seguridad pública?
Si a cada una de las tres personas a quienes te dirijas le pides que invite a igual número de participantes, se formarán una (o muchas) pirámides, que serán más robustas si con cada invitación encontramos formas de favorecer el proyecto de vida de quienes se vayan sumando.
Se trata de mirar a nuestro alrededor para que nadie se quede atrás; de apoyarnos unos y otras compartiendo ideas, tiempo... y las ventajas de cada quién en la vida para contribuir a mitigar problemas de fondo como la desinformación, la desigualdad y la discriminación; ahí está el caldo de cultivo de la demagogia y el autoritarismo.
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