El crecimiento de los movimientos populistas, nacionalistas, en muchos casos de derecha extrema, en otros de izquierda, pero muy frecuentemente difíciles de encasillar dentro de categorías tradicionales, no es un fenómeno exclusivo de un solo continente como Europa o un solo país como Estados Unidos. Tampoco es atinado clasificar a todos esos millones de personas mediante categorías simples como "anti-políticos tradicionales", "anti-libre comercio", "globalifóbicos" o "antieuropeístas", junto con toda una serie de atributos similares. Esas categorías se quedan demasiado cortas. Se quedan cortas para explicar, por ejemplo, en EU, el voto de mujeres-sí-educadas-no-ubicadas-en-el-Rust-Belt, el voto de personas de ascendencia de inmigrantes, o el voto de tanta gente que no cae en ninguna de las etiquetas de los “antis” arriba mencionados, que solo desea el bien a su prójimo y lo mejor para sí, sus familias y su país. A veces pareciera que se mira hacia abajo a quienes han elegido opciones que se salen de la política tradicional, o que proponen discursos alternativos. Por ello, como dije, vale la pena aproximarse al análisis de formas más complejas. Propongo las siguientes vertientes para hacerlo. No son vertientes desconectadas o que aparecen por orden de prioridad, sino factores que coexisten y que en ciertos países pueden sumar más que en otros, pero que se encuentran presentes en una gran parte del planeta.

1. La vertiente económica. No se necesita conocer demasiado para detectar que, a medida que la crisis del 2008 fue golpeando el empleo y el bienestar de las clases medias en países como España, Italia o Grecia, el sentimiento anti-europeísta fue aumentando y con ello, el respaldo a movimientos que proponían la salida de sus países de la UE. Pero hay que ir más allá puesto que el tema no se limita a Europa. Desde la desocupación juvenil en el mundo árabe—que, junto con otros factores, en 2011 termina por producir una ola de manifestaciones y revueltas en 18 países de la región—hasta el desencanto de los trabajadores en estados como Ohio o Michigan, estamos y seguimos ante una crisis honda y de largo plazo en el sistema capitalista financiero global que luego solo termina acentuándose con la explosión de nuevas tecnologías como la IA. Se trata de un sistema que ha sido incapaz de incluir a determinados sectores golpeados por la segmentación transnacional de los procesos productivos—que ocasiona que las fases de producción se trasladen de país a país, a conveniencia—o afectados por los avances tecnológicos que reducen la necesidad de mano de obra. En la época post-COVID, uno de los temas que más impactan de país a país es el fenómeno inflacionario pues ello se traduce en la experiencia inmediata de las personas con la economía: “mi empleo”, “mi sueldo”, “mi supermercado”, “mi gasolina”, “mi renta”, y en general, el costo de la vida, todos ellos componentes básicos para nuestra percepción acerca de la economía. Estos temas, por cierto, emergieron una y otra vez en grupos de enfoque que se efectuaron de manera previa a las elecciones en EU del 2024.

Esto no explica la totalidad del aumento del respaldo hacia movimientos populistas, pero sí una parte, sobre todo si lo combinamos con los otros factores abajo señalados y consideramos la capacidad de determinados líderes para canalizar el descontento que las circunstancias económicas generan y elaborar un discurso convincente de mensajes y “soluciones” simples para resolver ese abandono percibido por parte de ciertos estratos de la población.

2. La vertiente de la inmigración, el miedo y la inseguridad.Repito, no se trata de un fenómeno nuevo. Pero tenemos que examinar su evolución a lo largo de al menos de la última década y media. Por ejemplo, no es casual que, ante el aumento del terrorismo en la década pasada, de acuerdo con encuestas del 2016, entre los republicanos había un número mucho más amplio de gente ansiosa por la posibilidad de ataques terroristas que entre demócratas. Y de todas esas personas, quienes más se sentían vulnerables eran quienes decían que votarían por Trump; 96% de esos electores consideraba que era probable (algo o mucho) que próximamente ocurriría un atentado terrorista, comparado con un 64% de quienes indicaban que votarían por Clinton (Quinnipiac U., 2016).

Pero esto, nuevamente, es más profundo. De acuerdo con el Índice Global de Terrorismo (2016), uno de los motores fundamentales del crecimiento de esta clase de violencia en el mundo era la inestabilidad en sitios como Siria, Irak o Afganistán. Esos mismos tres países fueron durante años los primeros expulsores de refugiados que intentaban llegar a Europa.

Actualizando datos, podemos observar que el número de solicitantes de asilo en el continente europeo creció considerablemente desde el 2020 (Comisión Europea, 2025). Siria y Afganistán siguen siendo dos de los mayores expulsores de refugiados, pero ahora, Turquía y Venezuela se añaden a los primeros lugares de esa lista.

Es interesante observar que países en donde la extrema derecha ha tenido un desempeño notable, como Francia, Alemania, España e Italia, representan los países en donde más personas solicitan el asiloseñalado.

En el caso de América Latina, es imposible desvincular el crecimiento de los populismos o de partidos de derecha en determinados países con la percepción de inseguridad prevaleciente en muchos de estos sitios, y el sentimiento de que solo una mano lo suficientemente dura, implementando medidas no tradicionales, podrá con ese endémico problema.

Así que, sumando piezas, otra parte del aumento del apoyo a movimientos nacionalistas o populistas, se relaciona no solo con el ascenso del sentimiento de vulnerabilidad de las fronteras y de la seguridad individualo familiar, sino, una vez más, con discursos de mensajes sencillos, que proponen respuestas rápidas y poco complejas pero atractivas para atender ese miedo y esa percepción de fragilidad: “bombardear a ISIS hasta el infierno”, “cerrar las fronteras ante los riesgos”, “construir el muro”, o “devolver Italia a los italianos” Si además de ello conectamos estas nociones con el tema económico arriba mencionado, tenemos entonces un discurso doblemente seductor: los extranjeros no solo vulneran nuestra seguridad, también se roban nuestros puestos de trabajo; por tanto, basta solo cerrarles el paso, y se resuelven ambos problemas de un solo golpe.

3. Otra vertiente imposible de desconectar de las anteriores, tiene que ver con la erosión de la confianza en instituciones.Instituciones que son percibidas ya sea como corruptas o ineficaces, o bien, simplemente distantes de los asuntos que importan a las personas. Revise, solo para darse una idea, el barómetro de confianza Edelman 2026. Lo primero que resalta es que, en la mitad de los países estudiados de una muestra global, existe una alta desconfianza en sus gobiernos. Los gobiernos aparecen muy bajos en términos de competencia y ética en la percepción de muchas de nuestras sociedades. Entre las personas de menores ingresos, el Índice de Confianza se reduce dramáticamente frente a las mediciones de encuestados de mayores ingresos, una brecha que se ha más que duplicado desde 2012.Según el Latinobarómetro, en nuestro subcontinente 70% de personas desconfía de su gobierno, un porcentaje similar desconfía del poder judicial y 83% desconfía de los partidos políticos.

Mediciones previas reflejan que países como Alemania o Francia—dos de los sitios en donde las últimas elecciones del parlamento de la UE mostraron enormes avances de la derecha extrema—se encuentran en la “zona roja de la desconfianza”, al igual que muchos otros países europeos, o al igual que Estados Unidos o la Argentina que favoreció a Milei.

El denominador común es la distancia percibida entre el yo de la calle y mi gobierno. Macron, como expresaban participantes de las protestas de los chalecos amarillos hace unos años, muy preocupado por el cambio climático y por resolver asuntos globales, cuando a “nosotros, que tenemos que pagar su impuesto verde a las gasolinas, no nos alcanza para llegar al final de la quincena”. Los gobiernos lejos de las preocupaciones de la calle.Y no es solo lo económico, sino el sentimiento de que las crisis no pegan a todos de formas parejas: las crisis son desigualmente distribuidas.

Pero a ello hay que sumar la percepción de la mentira y la manipulación. De acuerdo con el Barómetro de Confianza Edelman 2024, 63% de una muestra global considera que los gobiernos y sus líderes no dicen la verdad, mientras que 64% piensa que los reporteros y periodistas manipulan deliberadamente la información. Aunque la edición más reciente del estudio ya no formula esa misma pregunta, sí confirma que la crisis de confianza se ha profundizado: siete de cada diez personas afirman que desconfían o dudan de quienes tienen valores, antecedentes o fuentes de información distintas a las propias, reflejo de una sociedad cada vez más fragmentada y desconfiada.

Esto es altamente consistente con estudios globales efectuados a lo largo de años, y también añadiría, por cierto, que es consistente con estudios que hemos efectuado acá mismo en México a lo largo también de años. En palabras simples, se trata de un altísimo nivel de desconfianza en las instituciones que, en la mayor parte del mundo, no se ha encontrado cómo atender.

Así que, más que etiquetar o categorizar, normalmente mirando con desdén a las amplias capas de las poblaciones que han optado por elegir opciones alternativas, a veces extremas, tanto de derecha como de izquierda, vale la pena intentar escuchar y reflexionar más a fondo acerca de la frustración social, el miedo, la desconfianza en nuestras instituciones y mecanismos tradicionales, acerca de la incapacidad de nuestros sistemas políticos y económicos para ofrecer respuestas ante ciudadanos que hoy se sienten vulnerables y abandonados. Y quizás desde ahí, desde un mayor nivel de humildad, tratar de pensar, en soluciones más integrales y profundas.

Instagram: @mauriciomesch

X: @maurimm

Comentarios