¿Por qué tal silencio en nuestro país sobre la guerra de Ucrania? ¿Por qué tal desinterés para la guerra de independencia que llevan los ucranianos contra el imperialismo ruso? ¡Qué contraste con la simpatía pro-palestina, que comparto, de nuestros estudiantes! ¿Será porque el presidente Andrés Manuel López Obrador invitó a un destacamento ruso a desfilar un 16 de septiembre en el Zócalo? Ciertamente, nuestra política exterior no ha manifestado ninguna simpatía para Ucrania, en nombre de una hipócrita neutralidad que no impide la formación, en el Congreso, de un grupo de amigos de Rusia, felicitados por el embajador del Kremlin.
Ese imperialismo no es nada nuevo. Nuestro admirado Joseph Conrad, polaco que escribe en inglés, denunciador de todos los imperialismos, el británico como el belga en el Corazón (congolés) de las Tinieblas, tiene textos muy duros contra los rusos del zarismo. Hay que saber que él nació en 1857 en la ciudad ucraniana de Berdychiv, ciudad donde se había casado, en 1850, Honoré de Balzac con su “Madame Hanska”, condesa dueña de inmensas haciendas; en esa noble ciudad judía ucraniana nacieron también der Nister, gran escritor en yiddish, y el sublime Vassili Grossman, el autor de Vida y Destino. Bueno, pues, en el registro de bautismos de Berdychiv, en 1857, el padre de Joseph Conrad (Korzeniowski) no apuntó la fecha de cuatro cifras, sino escribió: “en el aniversario ochenta y cinco de la opresión moscovita.” Seis años después será deportado a Siberia.
En mi Historia mínima de Ucrania que no tardará en publicar el Colegio de México, demuestro que la voluntad de borrar la existencia histórica, política, cultural de Ucrania es una constante del relato hegemónico imperial ruso, desde fines del siglo XVII, cuando Moscú anexó Kyiv y la ribera izquierda del Dnipro. Putin no inventó nada. Desde los zares, pasando por Stalin, el relato se mantiene tal cual, con la única innovación del nazismo grabado en el ADN ucraniano. A nosotros, lo que pasa en Ucrania nos resulta tan alejado como la luna y no escuchamos los países de Europa del Este, del Báltico, de Escandinavia y Finlandia que advierten del grave peligro que corre el mundo, si no paran a Putin. ¿Por nuestra condición de latinoamericanos protegidos por la distancia? Pero argentinos y colombianos se movilizan a favor de Ucrania, como lo pueden leer en Ahora y en la hora (de nuestra muerte) de Héctor Abad Faciolince (Alfaguara 2025), dedicado a la poeta ucraniana Viktoria Amélina, asesinada a su lado en Kramatorsk.
¡Qué pena! Ciertamente tenemos circunstancias atenuantes a nuestro favor. Los acontecimientos de Europa del Este y del Norte nunca nos interesaron. La historia de las dos guerras mundiales para nosotros se limita a lo que pasó en Francia y Alemania, con presencia británica y estadounidense. Por cierto, eso vale también para los franceses. Por eso, cuando en febrero de 2022, los que conocen la historia de esa parte de Europa describimos la “Operación Militar Especial” de Vlad como el último avatar del colonialismo ruso, pocos nos hicieron caso. Otros nos denunciaron como agentes del imperialismo capitalista estadounidense. Pues sí; cuando tu gobierno sigue apoyando a unos regímenes autoritarios, para no decir más, ligados a Moscú, como lo son los gobiernos heredados de Castro y de Chávez, el espantoso gobierno de la diabólica pareja Ortega-Murillo, no puedes escuchar las voces que claman en el desierto.
¿Por qué no nos conmueve, por qué no nos indigna todo lo que hace el invasor, el ocupante ruso, en tierra de Ucrania, al pueblo ucraniano? ¿Por qué nos deja fríos la destrucción sistemática, la estrategia de la tierra quemada dictada por Putin, digno emulo de “Vlad el empalador”, el arquetipo real de Drácula? Algún día la memoria ucraniana presentará la cuenta al pueblo ruso y nosotros seguiremos pensando, con nuestra buena conciencia, que no es asunto nuestro.
Historiador en el CIDE
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