Es natural preguntarse, tras un conflicto armado como el de Medio Oriente, quién ganó la guerra. Se escriben innumerables análisis acerca de los balances del conflicto o de cómo las partes definen lo que para ellas constituye una victoria. Pero cuando no se sostiene un cese al fuego siquiera un mes y la parte supuestamente más débil retorna a las hostilidades como medio para afirmar su postura en las negociaciones, lo que se ha roto es el poder disuasivo de la parte fuerte, en este caso, la superpotencia militar más poderosa del planeta. Esto nos obliga a revisar no solo el caso específico de Irán, sino también las transformaciones que está experimentando el sistema internacional ante nuestros ojos, porque ese es el contexto en el que ocurren tanto este como todos los demás acontecimientos del globo.
El primer factor de contexto, del que ya hemos hablado bastante, es la erosión del sistema internacional basado en leyes e instituciones y la incapacidad de ese sistema para sostener el orden o siquiera restablecerlo cuando se rompe. Se trata de un tema profundo. Más que culpar a las instituciones internacionales por su ineficacia para prevenir, contener y resolver conflictos armados, esa gran mayoría de estados que está interesada en preservar un orden internacional basado en leyes, tiene por delante una enorme tarea: diagnosticar qué ha sucedido en los últimos años y, en su caso, actuar en consecuencia. Pero mientras todo eso ocurre, si es que realmente llega a ocurrir, lo que deben esperar las empresas, los gobiernos y las organizaciones que operan dentro del sistema internacional, es una creciente disputa por el poder global, que se desenvuelve sin las restricciones y contenciones de otros tiempos. Este fenómeno, por cierto, precede a Trump y con toda probabilidad lo sobrevivirá. Sin embargo, su personalidad —marcada por una tendencia a desconfiar de las normas, las leyes y las instituciones— ha contribuido a acelerar ese proceso.
El segundo factor de contexto, que también rebasa con mucho a Trump, consiste en una economía hiperglobalizada en la que conviven la persistente dependencia de recursos energéticos tradicionales, como el petróleo y el gas, con la explosión de tecnologías de punta como la inteligencia artificial y la creciente demanda de los materiales críticos necesarios para alimentarlas y seguir impulsando su desarrollo. Todo ello, bajo el primer factor de contexto antes señalado, desemboca en una disputa global por recursos, posiciones geoestratégicas y rutas críticas, al tiempo que pone de manifiesto una enorme vulnerabilidad frente a determinados cuellos de botella geopolíticos o frente a los sitios geográficos por los que circula, a nivel submarino, el 95% de los datos de los que depende esa economía hiperglobalizada. El caso del Estrecho de Ormuz, así como el del cercano Bab el-Mandeb— que fue bloqueado por los houthies durante varios meses—son apenas muestras de lo que señalo.
Bajo estas condiciones aparece un tercer elemento de contexto que añadir: la necesidad de los estados de proyectar poder y disuadir a sus rivales. En un entorno anárquico, solo esa proyección de poder garantiza sus objetivos de seguridad nacional. Esa necesidad detona carreras armamentistas y cataliza la evolución de tecnologías militares con tres propósitos: primero, adquirir las mayores capacidades posibles; segundo, desplegar y exhibir esas capacidades para proyectar el poder necesario; y tercero, sobre todo, demostrar a todo el mundo que existe la determinación de utilizarlas llegado el caso. El resultado es una competencia global tanto de determinaciones como de proyección de fuerza que, naturalmente, en un entorno anárquico y con un orden institucional erosionado, desemboca en un sistema mucho más inestable debido al potencial de choques que genera.
Si tomamos en cuenta esos tres factores de contexto, es posible entender mejor las decisiones de Washington durante este 2026 en temas como Venezuela o Irán. Sin duda intervienen muchos factores en esas decisiones, pero entre ellos destacan la necesidad de exhibir las capacidades estadounidenses, proyectar la determinación de recurrir al uso de la fuerza, asegurar el acceso a rutas y recursos críticos, y la voluntad de desplazar a sus principales rivales, las otras superpotencias, de aquellas posiciones consideradas estratégicas en un entorno como el que describo.
Los problemas para Washington aparecen cuando, a diferencia de lo ocurrido en Venezuela, el resultado de la guerra con Irán no es únicamente la ausencia de esa proyección de fuerza y poder, sino exactamente lo contrario: (1) se exhiben vulnerabilidades de Washington en ámbitos como el combate asimétrico y su capacidad defensiva frente a drones y misiles o la escasez que se produce en su arsenal; (2) se demuestra cómo es posible combatir a Estados Unidos aprovechando esa economía hiperglobalizada y la enorme dependencia de rutas críticas, atacando infraestructura energética y bloqueando uno de esos cuellos de botella geopolíticos, a fin de producir efectos psicológicos, financieros y económicos, además de movilizar a su propia opinión pública en contra de la guerra; y, por último, (3) se evidencia cómo puede asfixiarse y agotarse la tolerancia de Washington para prolongar y escalar el conflicto, es decir, se fractura la determinación estadounidense de forma eficaz.
El resultado de todo ello es que se rompe la ecuación disuasiva y se debilita la posición negociadora de Estados Unidos, colocándola en un nivel en el que no se encontraba antes del inicio de las hostilidades a finales de febrero. Ello produce, por lo pronto en Irán, una autopercepción de fortaleza que abre la posibilidad de elevar sus demandas y sus apuestas, e interpretar los términos de un pacto como el memorándum de entendimiento de la forma que decida hacerlo. Porque lo que hay de fondo es una superpotencia que no ha sido suficientemente capaz de traducir sus enormes capacidades materiales en poder efectivo para negociar bajo sus propios términos—como sí lo logra en Venezuela—dirigida por un presidente que exhibe a los cuatro vientos su determinación no de continuar el conflicto, sino de salir de él a como dé lugar.
La historia de esa guerra aún no está escrita. Todavía pueden ocurrir muchas cosas. Irán podría estar calculando mal, y Trump podría optar finalmente por escalar. Pero por lo pronto, es necesario asumir que el sector que hoy controla materialmente Irán tras el asesinato de su líder supremo —es decir, la línea más dura de las Guardias Revolucionarias y del Supremo Consejo de Seguridad— está plenamente convencido de que, además de haber alcanzado su objetivo primario, la supervivencia del régimen, puede seguir estirando la cuerda y demostrar que es posible establecer una nueva ecuación disuasiva con Washington y todos sus aliados, Israel incluido.
Considerando los factores de contexto que he señalado, este asunto rebasa con mucho la situación en Irán, el Estrecho de Ormuz o incluso al propio Trump. Aquí hay numerosos mensajes y lecciones que tanto rivales como aliados de Estados Unidos están extrayendo.
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