Pareciera que, una vez puesto en marcha un acuerdo de cese al fuego en Medio Oriente, el tema de Ucrania retorna finalmente a los medios. Es cierto que, en los últimos días, la situación lo amerita, tanto por los ataques ucranianos contra Rusia como por los más recientes bombardeos rusos sobre Kiev. Pero la realidad es que este conflicto lleva años sin amainar. Las últimas cifras son tan reveladoras como lamentables. De acuerdo con el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales, la guerra ha dejado hasta ahora más de dos millones de bajas entre personas muertas y heridas, cifra que sigue aumentando todos los días. Si bien Ucrania ha conseguido apuntarse un número importante de victorias tácticas en los últimos meses, la respuesta habitual de Putin cuando eso sucede, como ya estamos viendo estos días, es escalar el conflicto, no hacer concesiones ni replegarse. Acá algunas notas para actualizar el análisis.

1. En este espacio hemos venido analizando las muy distintas fases de la guerra. Sin retomarlas todas, basta recordar que, a lo largo de más de cuatro años, las tácticas empleadas tanto por Ucrania como por Rusia han evolucionado considerablemente, produciendo fuertes vaivenes pendulares en términos de cuál de los dos bandos parece tener la iniciativa en un momento determinado del conflicto.

2. Dentro de esos vaivenes, Ucrania venía de un prolongado periodo en el que sus tácticas parecían haberse estancado. Si bien su ejército fue capaz, en términos generales, de contener las ofensivas rusas entre 2024 y 2026, el ejército ruso sí había conseguido avances: muy marginales, pero avances, al fin y al cabo. Sobre todo, había logrado instalar la percepción de que era prácticamente imposible que Ucrania recuperara el 20% de su territorio que Rusia controla y que, por lo tanto, a Kiev —que padecía una enorme crisis financiera, además de escasez de personal y armamento— no le restaba alternativa sino negociar lo mejor que pudiera bajo esas desfavorables circunstancias.

3. Sin embargo, a lo largo de los últimos meses Ucrania ha conseguido dar un giro dramático a este relato. Hace unas semanas comenté aquí que el país ha demostrado una enorme capacidad de adaptación a las nuevas circunstancias de la guerra. Ha sido particularmente hábil en el desarrollo de drones y, sobre todo, en la creación de formas innovadoras de emplear ese armamento para librar una guerra de carácter asimétrico contra una superpotencia como Rusia.

4. En otras palabras, Ucrania ha buscado explotar esencialmente un factor: el sentido de seguridad y estabilidad de la población rusa. Bajo la lógica de Putin, la guerra en Ucrania no es una guerra, sino una "operación militar especial", cuya característica central consiste en ser un conflicto distante del corazón de Rusia, limitado en su alcance y con escaso potencial para alterar la vida cotidiana de la población.

5. En contraste, Ucrania ha buscado elevar el costo para Putin de sus decisiones golpeando ciudades rusas e infraestructura militar y energética mediante misiles, cuando ello es posible, pero sobre todo mediante drones cada vez más sofisticados. Más que perseguir un objetivo material en sí mismo, Kiev busca propinar golpes simbólicos que adquieran gran visibilidad y, por tanto, sean ampliamente comentados en redes sociales, induciendo sentimientos de frustración, enojo y miedo entre distintos sectores de la población rusa.

6. Entre otros frentes, Ucrania ha conseguido golpear de manera notable la infraestructura energética rusa. Esa embestida está generando costos crecientes y disrupciones operativas importantes para el sector petrolero. Kiev ha afectado refinerías clave, estaciones de bombeo, terminales de exportación y centros de almacenamiento, reduciendo temporalmente cerca del 16% de la capacidad de refinación de Rusia y obligando incluso a imponer restricciones a las exportaciones de gasolina y queroseno para proteger el mercado interno.

7. Más recientemente, sin embargo, el conflicto ha llegado al corazón de Moscú. Hace pocos días, Ucrania volvió a lanzar uno de sus mayores ataques con drones contra la capital rusa y otras regiones del país. Los ataques afectaron nuevamente refinerías, infraestructura energética y aeropuertos, profundizando las interrupciones en el suministro de combustible. Putin insistió, como suele hacerlo, en que estas acciones no modificarán sus objetivos militares y aseguró que los daños que Rusia inflige a Ucrania siguen siendo mayores. No obstante, reconoció que esos ataques están generando problemas internos.

8. Pero más allá de ello, el factor clave radica en la forma en que Putin suele responder ante este tipo de circunstancias. Vale la pena recordar que, a lo largo de estos cuatro años, no es la primera vez que Ucrania parece mantener la iniciativa de las hostilidades, ni la primera en que se piensa que el Kremlin podría verse obligado a negociar el final de la guerra a raíz de sus derrotas tácticas acumuladas. Sin embargo, una revisión de la conducta de Putin muestra que su respuesta habitual ha sido escalar el conflicto, no ofrecer concesiones.

9. Esa escalada ha adoptado, en el pasado, formas muy distintas: desde la anexión y rusificación de territorios ucranianos, o el incremento de ataques contra Kiev y otras ciudades importantes del país, hasta nuevas movilizaciones para demostrar la determinación del Kremlin de seguir combatiendo indefinidamente. En el momento más álgido de la guerra, Moscú también intensificó la retórica nuclear, y, de acuerdo con la inteligencia estadounidense, consideró seriamente el despliegue de armas nucleares tácticas en el campo de batalla.

10. Quizás lo esencial sea comprender la percepción que Putin tiene de su país, del lugar que este debe ocupar en el mundo y de la dimensión de las apuestas que ha hecho, y sigue haciendo, por esta guerra. Por un lado, Putin sostiene—y realmente cree en ello—que una superpotencia nuclear no puede ser derrotada por un país que carece de ese tipo de armamento. Por eso, a pesar de los altibajos, para él la victoria rusa no es una cuestión de si ocurrirá, sino de cuándo y de cuánto está dispuesta Moscú a pagar para sostener la guerra el tiempo que sea necesario. Pero, por otro lado, Putin se ha jugado tanto capital en el plano interno como en el externo que simplemente no puede darse el lujo de recular o de ser percibido como débil.

11. Así que lo que debe evaluarse a partir de las últimas victorias tácticas de Ucrania no es (solo) el monto de los daños ocasionados a Rusia o su impacto sobre la percepción que la población rusa tiene de la guerra, sino la medida en que esos factores afectan la determinación de Putin para continuar y, sobre todo, hasta qué punto lo empujan a escalar.

12. Como dije, su respuesta habitual ha sido escalatoria. Los ataques recién ocurridos contra Kiev y otras ciudades son una muestra de esa determinación. La tarea consistirá ahora en evaluar qué tipo de medidas está dispuesto Putin a implementar en los días y semanas que siguen y qué tan eficaces resultan para proyectar una percepción distinta, tanto dentro como fuera de Rusia, a fin de recuperar margen de maniobra para eventuales negociaciones orientadas a cumplir sus objetivos estratégicos mayores, los cuales, hasta ahora, parece no estar dispuesto a abandonar.

13. Por tanto, y dado que parece muy baja la probabilidad de que Putin simplemente acepte negociar en términos menos favorables que los que tenía hace apenas unos meses, lo que debemos esperar es una espiral ascendente de violencia, bajo una lógica de acción-reacción reflejada en ataques mutuos contra las capitales y otras ciudades importantes, así como contra infraestructura civil y energética, además de la intensificación de las ofensivas terrestres.

14. Pero, además, es probable que Moscú intensifique la guerra de nervios contra Occidente mediante tácticas de guerra híbrida—actos de sabotaje, incursiones aéreas en el espacio de la OTAN, ataques contra figuras importantes, cortes de cables submarinos, ciberguerra y guerra informativa, entre muchas otras—al tiempo que incrementa las amenazas nucleares. Sobre todo, buscará alimentar la percepción de que la guerra en Ucrania podría salirse de control, con el propósito de influir en actitudes, opiniones y decisiones no solo en Kiev, sino también en muchos de los países que apoyan a Ucrania.

15. Paralelamente, debemos esperar que Ucrania continúe empleando y sofisticando las tácticas que le han dado resultados, buscando seguir impactando a la población rusa y, con ello, incrementar las presiones económicas y políticas sobre Putin.

16. Dicho eso, en este punto se requiere mucha cautela en el análisis. Ha sido un error, por ejemplo, subestimar la capacidad de países altamente sancionados como Irán, Corea del Norte o la propia Rusia para evadir sanciones y desarrollar mecanismos de resiliencia económica. Por eso, al cabo de los años, muchos análisis terminan preguntándose cómo es que esos países siguen resistiendo. La pregunta que hoy debemos hacernos, por tanto, no es tanto cuáles son los daños económicos que Rusia, sin duda, está padeciendo, sino hasta dónde Moscú es capaz de encontrar formas de resistir en el tiempo; hasta dónde Putin está dispuesto a tolerar esa serie de impactos y en qué medida sigue asumiendo que el tiempo juega completamente a su favor.

17. Del otro lado está Ucrania, un país que hoy recibe una muy importante bocanada de oxígeno gracias a los miles de millones de euros con los que Europa le está respaldando, pero que no ha dejado de padecer escasez de armamento —situación que ahora se agrava con la escasez de misiles Patriot derivada de la guerra de Estados Unidos contra Irán— y de personal. Así que, del mismo modo que hay que evaluar la determinación rusa para seguir pagando los costos de la guerra, habrá que hacer lo propio con Ucrania.

18. Un análisis preliminar de todos estos elementos pareciera indicar que, al menos hasta donde podemos observar en este punto, a esta guerra todavía le queda, lamentablemente, mucho tiempo por delante. Tendremos que seguir monitoreándola paso a paso.

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