Ya nos hemos acostumbrado a que, en el curso de muy pocos días, la dinámica entre Irán y Estados Unidos pase de la negociación al conflicto y de regreso. Pero quizás el capítulo de los últimos 5 días ha sido incluso más revelador porque, a diferencia de hace unas semanas, ahora ya existe un acuerdo marco firmado que comienza justamente con el compromiso del cese de todas las hostilidadesy la renuncia al uso de la fuerza como método para alcanzar los objetivos. Sin embargo, la realidad es que ningún acuerdo —ni este primer memorándum de entendimiento ni alguno de mayor alcance que llegue a firmarse posteriormente— cambia lo que esta guerra está dejando en términos de quién se está quedando con el control de Irán y cómo ello impacta en la lógica de decisión de un Trump que, de por sí, ya es sumamente volátil. Estos continuos giros pendulares son producto de toda esa serie de interacciones.
Primero, Trump mismo tiene varios torbellinos en su propia cabeza. Por un lado, sabe muy bien que prometió a su electorado no involucrarse en lo que ese electorado percibe como guerras lejanas, ajenas, costosas e interminables. Sin embargo, su guerra con Irán, en lugar de haber sido una operación quirúrgica y limitada para transformar al régimen, se le salió de las manos hace meses, elevando para Estados Unidos no solo los costos financieros y económicos, sino también los psicológicos, simbólicos y políticos. Por otro lado, su propia autopercepción de empoderamiento le hace sentir que no puede ceder en absolutamente todo lo que le demanda el régimen de Teherán para otorgarle un boleto de salida del embrollo en el que se metió y que, en todo caso, debe ser capaz de proyectar la imagen de que su guerra ha producido un mínimo aceptable de logros.Este solo factor de indecisión personal ya genera un alto nivel de volatilidad en su propia toma de decisiones.
Segundo, hay que añadir los factores de política interna en EU. Es verdad que este presidente ha actuado casi sin contrapesos y que, para esta gestión, se hizo de un gabinete que no solo es incapaz de retar su lógica y sus decisiones, sino que se ha empeñado en facilitarlas. Sin embargo, con el paso de los meses han surgido actores dentro de su propio partido que han ido ganando cierta voz y han estado cada vez más dispuestos a desafiarlo. Hay, sin duda, una disputa interna entre sectores representados por personas como el vicepresidente Vance, plenamente convencidos de que esta guerra nunca debió ocurrir y que ahora necesita ser finalizada a toda costa, y otros sectores representados por aliados de Trump, como el senador Lindsey Graham, quienes sostienen que dejar a un Irán tan empoderado como está resultando sería absolutamente contraproducente. La búsqueda de esos equilibrios internos también explica, al menos en parte, la volatilidad que observamos.
Tercero, y quizás lo más relevante, en Irán sí han ocurrido transformaciones políticas, aunque no son las que Trump deseaba, al grado de que hoy ya se habla de la República Islámica 3.0.En otra colaboración profundizaremos en ese concepto. Por ahora basta decir que, antes de la guerra, existía un régimen sumamente complejo, con sólidas instituciones, algunas electas y otras no electas, pero que al final giraba en torno al líder supremo de la Revolución Islámica, el ayatolá Alí Khamenei, una figura que, con el paso de las décadas, había consolidado un enorme y muy real poder para la toma de decisiones en materias como política exterior y seguridad nacional. La lucha interna entre sectores más conservadores, pragmáticos y reformistas siempre existió. Pero todos ellos se topaban no solo con la última palabra de ese líder, sino también con su carácter, altamente averso al riesgo.
Al haber eliminado a Khamenei y a todo su círculo, no es el sector pragmático ni el reformista el que más está resultando empoderado, sino uno mucho más conservadory convencido de que haber negociado con Washington tantas veces —tanto para el acuerdo nuclear de 2015 como posteriormente con Trump— ha sido un error. Es un sector profundamente desconfiado de cualquier negociación o decisión que se tome. Se encuentra en el corazón de las Guardias Revolucionarias Islámicas —quienes materialmente controlan la seguridad interna y externa, además de buena parte de la economía del país—, así como al interior del Consejo Supremo de Seguridad, entre otros muchos espacios.
Hay, en efecto, una multiplicidad de posiciones más pragmáticas, como puede verse en el presidente, el ministro de Relaciones Exteriores o el líder del parlamento, quienes han sido las figuras más visibles en las negociaciones.Este sector ha sido validado por el nuevo líder supremo, Mojtaba Khamenei, hijo del anterior, para firmar el actual acuerdo y seguir adelante con las conversaciones.
Pero la realidad es que Mojtaba no ha permanecido en el poder el tiempo suficiente para consolidar su mando,y muchos análisis dudan que, tras lo ocurrido en este periodo, alguna vez logre hacerlo al grado en que lo consiguió su padre. De ahí que haya quienes sostengan que el país está transitando de una teocracia hacia un sistema controlado por militares, aunque no por el ejército regular, sino por las Guardias Revolucionarias, responsables nada menos que de la supervivencia de la República Islámica, tanto interna como externamente.
Al mismo tiempo, sin embargo, ese otro sector más pragmático está tratando de vender internamente los múltiples beneficios que el acuerdo pactado con Trumples ofrece, empezando por un flujo de recursos quizás sin precedentes.
Esta combinación de factores es la que explica los vaivenes que estamos observando.Las Guardias Revolucionarias buscan dejar constancia de que no van a ceder el control del Estrecho de Ormuz, a pesar de todo lo que diga Trump y, a diferencia del carácter que tenía su anterior líder, Alí Khamenei, este cuerpo no es averso al riesgo. Todo lo contrario. Se trata de un grupo que se considera victorioso en esta guerra, altamente desconfiado y dispuesto a ponerlo todo en riesgo, incluidas las mieles que el acuerdo ofrece a Irán, con tal de afirmar su poder y sus demandas para garantizar la supervivencia del régimen.
Esas demandas constan de dos factores centrales. Uno de ellos es, en efecto, el flujo de recursos que proporcionará el oxígeno que el país necesita. Pero el segundo es la capacidad disuasiva que el régimen buscará conservarpara asegurar, a toda costa, que algo como lo ocurrido a partir del 28 de febrero no vuelva a repetirse. Esa capacidad disuasiva incluye factores como algún nivel de supervivencia del proyecto nuclear, la buena salud del programa de misiles y drones, la preservación de las alianzas regionales de Irán (como Hezbollah en Líbano) y, como estamos viendo, un grado de control del Estrecho de Ormuz que no están dispuestos a ceder.
Veremos en qué resulta todo ello, pero la inestabilidad que hemos observado forma precisamente parte de todo este esquema.
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