La administración Trump evalúa opciones militares en Malí, reporta el Washington Post. “Si se aprobara”, dice el diario, “Malí se convertiría en el octavo país de la lista de naciones donde el presidente Donald Trump ha ordenado ataques desde el inicio de su segundo mandato”. En efecto, el Sahel africano es una de las zonas que menos atención reciben, pero es, no obstante, una de las regiones donde se desarrollan varios de los conflictos más complejos del globo ante nuestros ojos. Ahí confluyen, a la vez, fenómenos como jihadismo, insurgencia, crimen organizado y rivalidad entre superpotencias. En este último rubro, Francia y EU han sido virtualmente desplazados de la región a lo largo de los últimos años, mientras Rusia busca defender a los militares golpistas a través de lo que en su momento era el grupo de contratistas militares privados Wagner, hoy renombrado “Africa Corps”. Todo esto ocurre al mismo tiempo que la rama local de Al Qaeda sitia la capital de un país como Malí y expande sus operaciones en la región. Unas notas al respecto:
- Para contextualizar: el Sahel africano es una de las regiones más afectadas por terrorismo desde hace años. Según el Índice Global de Terrorismo (GTI) 2023, en los 16 años previos, las muertes por terrorismo en la región crecieron más del 2,000 por ciento, un incremento que está muy “lejos de abatirse”. Esto se relaciona con motores esencialmente sistémicos que incluyen “una débil gobernanza, polarización étnica, inseguridad ecológica, abusos por las fuerzas de seguridad de los estados, conflictos pastorales, el crecimiento de la ideología del islam salafista, inestabilidad política, crimen organizado transnacional, inseguridad alimentaria y la competencia geopolítica global” (IEP, 2023). Para 2023, Burkina Faso y Malí se encontraban ya entre los cinco países más golpeados por terrorismo en el mundo. En 2024 y 2025, el GTI corrobora estas tendencias. Este año, el índice coloca a Níger, Burkina Faso y Malí dentro de los cinco países más afectados por terrorismo en el globo.
- Así, una ola de golpes militares en la región estuvo conectada por dos factores comunes: el primero, la promesa del combate al jihadismo y, el segundo, el desplazamiento de las potencias occidentales —esencialmente Francia y EU— en favor de Rusia.
- Ya en 2024, el retiro de las tropas estadounidenses de Níger representaba una nueva oportunidad para que Rusia expandiese su influencia en el Sahel. Moscú lo hizo desplegando a los contratistas militares privados del antes llamado Grupo Wagner en la región, a fin de ayudar con entrenamiento militar a los regímenes golpistas y combatir a su lado.
- Pero la realidad es que tanto el JNIM, afiliado a Al Qaeda, como la “Provincia del Estado Islámico en el Sahel” (ISSP), la filial local de ISIS, han ido aumentando su fuerza e influencia durante los últimos años y ahora controlan grandes extensiones de territorio en toda la zona.
- El siguiente factor de contexto es el crimen organizado. De acuerdo con el GTI de 2024, existe una conexión evidente entre el efecto del terrorismo y el grado de crimen organizado en esos sitios. La actividad delictiva, la prevalencia de mercados criminales, el contrabando de personas, el tráfico de armas y la presencia de redes criminales establecidas se correlacionan significativamente con el Índice Global de Terrorismo. La correlación es mucho más fuerte en ciertas regiones, precisamente como el Sahel (GTI, 2024).
- Como ha sido ampliamente documentado, la cooperación entre terrorismo y crimen organizado implica, en un primer nivel, cierto grado de trabajo conjunto para obtener beneficios comunes, pero manteniendo entidades distintas. No obstante, en un nivel superior, hay ocasiones en las que se puede ya hablar de convergencia, es decir, el punto en que tanto grupos terroristas como criminales adoptan los elementos básicos de las operaciones del otro. Esto generalmente implica que los grupos terroristas operan directamente empresas criminales organizadas, pero también podría referirse, en circunstancias más raras, incluso a fusiones.
- Esta circunstancia de convergencia, se puede apreciar con claridad en el Sahel, revisando el caso de la filial local de Al Qaeda. Según el GTI, esta organización extremista utiliza la violencia de manera estratégica, intensificándola cuando busca expandirse o competir con otros grupos rivales, con el gobierno o con milicias aliadas al gobierno. En áreas donde ejercen mayor control, la violencia tiende a disminuir como parte de una estrategia para obtener apoyo popular. El GTI sostiene que este enfoque está inspirado en Al Qaeda y sus grupos afiliados, los cuales han evolucionado desde la era de Osama bin Laden. Por ejemplo, en áreas centrales de Malí, en las que el JNIM ha consolidado su influencia, el robo de ganado es significativamente menor que en distritos vecinos donde también hay múltiples actores armados compitiendo por el territorio.
- Dicho todo lo anterior, la realidad hacia 2026 es que la situación en esta región solo tiende a empeorar. Desde que la junta militar tomó el poder en Malí en 2020 prometiendo acabar con la inseguridad, los ataques jihadistas contra ciudades y poblaciones casi se han triplicado, y una nueva alianza entre el grupo jihadista JNIM, vinculado, como dijimos, a Al Qaeda, y los rebeldes tuareg del Frente de Liberación de Azawad ha logrado importantes avances, incluyendo la caída, este mismo año, de una ciudad clave en el norte del país y ataques cada vez más sofisticados con drones.
- El gobierno golpista de Malí había expulsado a las fuerzas francesas y las había sustituido por los mercenarios rusos, pero estos también han sido acusados de graves abusos contra civiles; de acuerdo con ACLED, el año pasado fueron responsables de 925 muertes de civiles, frente a 232 atribuidas a los grupos islamistas. Mientras tanto, la estrategia militar de la junta no ha logrado recuperar el control territorial. JNIM mantiene, además, una campaña de sabotaje económico y busca nuevamente cercar la capital, Bamako, provocando temor, escasez y aumento de precios. Ante el fracaso de la estrategia militar, algunos analistas consideran que la negociación podría ser la única salida, pero, a pesar de que en ciertos momentos sí se ha intentado conversar con los jihadistas, la junta tiende a resistirse porque dialogar con estos grupos debilitaría la imagen de hombre fuerte de Goïta. Mientras tanto, crece el riesgo de un colapso del gobierno, una expansión de los jihadistas o un enfrentamiento prolongado que provoque muchas más muertes civiles.
- Este es el contexto en el que la administración Trump parece cada vez más cerca de la decisión de intervenir en un octavo país durante esta gestión. En el fondo, lo que hay que entender es que las estrategias de combate a grupos terroristas y criminales que no atienden las causas estructurales de estos fenómenos solo resultan en su mutación, adaptación y desplazamiento geográfico. Al Qaeda e ISIS, en otras palabras, siguen siendo amenazas, aunque de distinta índole que hace una o dos décadas. Y, tratándose de un presidente que había prometido la “eliminación del terrorismo de la faz de la Tierra”, la sola posibilidad de que una filial de Al Qaeda tome, en pleno 2026, la capital de un país representa un choque frontal contra sus compromisos.
- Hasta ahora, hay miembros del círculo de Trump que favorecen la intervención, pero también hay quienes se oponen. Estados Unidos, de hecho, ha incrementado su cooperación de inteligencia con Malí, pero cualquier intervención directa implicaría también el riesgo de enfrentamientos o tensiones con las fuerzas rusas presentes en la región. Por otro lado, los ataques contra JNIM podrían resultar en consecuencias indeseadas. La organización rival de JNIM—la filial de ISIS—podría resultar fortalecida, o bien, JNIM podría acercarse más a la estructura central de Al Qaeda.
Todo esto se mantiene en pleno desarrollo mientras los ojos del mundo están puestos en otras regiones. Sin embargo, por sus múltiples repercusiones, tanto para efectos de la región como para la geopolítica global, es importante prestar atención también a lo que acá sucede.
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