En unos días más, Trump llegará a Beijing para acudir a una cumbre con Xi Jinping. Esta reunión debió celebrarse a finales de marzo, pero tuvo que posponerse por la guerra en Medio Oriente. Y la realidad es que esa guerra no ha terminado. Sí, hoy existe un frágil cese al fuego, pero el cierre del Estrecho de Ormuz por parte de Irán y el bloqueo estadounidense a los puertos iraníes siguen produciendo repercusiones inmensas a nivel global. Más aún, ambas medidas continúan retando a Teherán y a Washington a demostrar materialmente su determinación, lo que mantiene encendidas las llamas del conflicto. Mientras tanto, las negociaciones permanecen estancadas. Pero el tema central acá es otro. Primero, que, pese a toda la fuerza exhibida, Trump ha sido incapaz de doblegar al régimen en Teherán. Segundo, que ha dejado expuesto un número importante de vulnerabilidades. Beijing ha tomado nota de cada uno de estos aspectos. Además, pese a una retórica neutral y relativamente comedida, China está del lado iraní, no del lado estadounidense. Su cooperación con Teherán no es nueva, y ahora mismo es probable que Beijing esté decidida a incrementarla. Además de exportar componentes cruciales para el armamento iraní, y de los reportes que apuntan a apoyo chino en materia de inteligencia para los bombardeos iraníes, Beijing ya ordenó a varias refinerías ignorar las sanciones estadounidenses relacionadas con el petróleo iraní, utilizando por primera vez mecanismos legales diseñados específicamente para bloquear el impacto de leyes extranjeras. Así que, más allá de los amigables discursos que escucharemos, esta serie de dinámicas estará inevitablemente presente en la cumbre Trump-Xi. Unas notas al respecto.

1. La competencia y rivalidad China-EU constituye desde hace años una de las dinámicas más importantes del planeta. Esa rivalidad se ha manifestado de múltiples maneras: desde la guerra comercial, la guerra tecnológica, la ciberguerra, la guerra informativa, la carrera armamentista y la competencia por espacios de influencia en todo el globo, hasta expresiones más concretas, como los encuentros cercanos (casi choques) en los mares colindantes con China o las disputas en torno a políticas específicas, como sucede con Hong Kong y Taiwán.

2. Del lado estadounidense, ha existido, al menos hasta hace poco, un consenso bipartidista en considerar a China como la principal amenaza a la seguridad nacional que enfrenta Washington, así como en la necesidad de contenerla, frenarla e incluso confrontarla.

3. Del lado chino, en cambio, ha venido creciendo —de forma visible al menos desde la década pasada— la percepción de que Estados Unidos es una potencia en declive: una potencia que ya no puede estar presente en todas las regiones del mundo al mismo tiempo y que tampoco tiene ni la capacidad ni la disposición para sostener indefinidamente la postura de fuerza que mantuvo durante décadas. Esto, naturalmente, alimenta la percepción de vacíos de poder que Beijing ha estado dispuesta a llenar.

4. Las conductas de Beijing, a su vez, han llevado a Washington a sentir la necesidad de demostrar que esas percepciones son equivocadas. Que EU sigue contando con fuerza, poder y determinación, y que, en la medida en que esos factores sean retados, habrá respuestas inmediatas y contundentes. De ahí, por ejemplo, las operaciones de “libertad de navegación” en los mares colindantes con China, que han producido numerosos incidentes en los que ambas superpotencias han estado cerca de encender la mecha. O bien, las reiteradas expresiones de Washington de respaldo a Taiwán —quizás el tema más sensible para Beijing— que han culminado, entre otras cosas, con visitas oficiales de altos funcionarios estadounidenses, como la de Nancy Pelosi, seguidas por contundentes represalias y demostraciones de fuerza ordenadas por Xi.

5. Esta serie de temas es amplísima y muy diversa, pero vale la pena insertarla en la coyuntura actual. Una coyuntura que inicia con la nueva gestión de Trump y sus despliegues iniciales de determinación en la guerra comercial y tecnológica contra Beijing, pero también con la respuesta china, que obligó al presidente estadounidense a recalcular después de elevar los aranceles contra China hasta 145%; la activación, por parte de Beijing, de la guerra de cadenas de suministro; y posteriormente, la tregua pactada por Trump y Xi en noviembre pasado.

6. Pero entre noviembre y mayo ocurren dos eventos clave que no pueden quedar fuera de este análisis. El primero es Venezuela. La captura de Maduro le permite a Trump exhibir un espectáculo de fuerza y mostrar resolución no solo respecto a temas como narcotráfico, migración o energía, sino también enviar un mensaje de poder a China, dados los vínculos de Beijing con el chavismo desde hace décadas. Uno de los mensajes explícitos de la recién inaugurada “Doctrina Donroe” implica la determinación estadounidense, si no de expulsar, al menos sí de disminuir considerablemente la influencia china en el continente americano.

7. La guerra contra Irán, el segundo tema, también posee un componente geopolítico que rebasa ampliamente la relación entre Washington y Teherán. Irán, China, Rusia y Corea del Norte son países que han traducido sus intereses alineados contra EU en políticas de cooperación muy concretas. Por ello, muchos en Washington veían originalmente la operación contra Irán no solo como un mensaje de poder que, sumado al caso de Venezuela, debía provocar escalofríos en Beijing, sino también como una vía para propiciar en Teherán una dirigencia mucho más colaborativa con Washington y dispuesta, entre otras cosas, a reducir sus vínculos con China y con el resto de los países alineados.

8. Sin embargo, dos meses y medio después, y justo en vísperas de la visita de Trump a Beijing, los resultados lucen muy distintos. EU no solo exhibió vulnerabilidades frente a tácticas asimétricas y ante una guerra psicológica, simbólica, financiera y política; también mostró su indisposición a sostener una confrontación que estaba agotando componentes críticos de su arsenal, lo que necesariamente habría implicado escalar aún más las hostilidades. Sobre todo, cuando menos hasta este punto en el que Trump y Xi se encontrarán de frente, Washington ha demostrado su incapacidad para doblegar a Teherán o, siquiera para obtener la colaboración del régimen, mucho menos para reducir la presencia de intereses chinos en ese país.

9. De hecho, podría haber ocurrido exactamente lo contrario. Hay que considerar que, si bien Beijing y Teherán mantienen importantes lazos de cooperación, esos vínculos también habían exhibido ciertos límites. Ahora, en cambio, si el régimen iraní sigue resistiendo y logra alcanzar un acuerdo relativamente favorable con EU, China probablemente comenzará a considerar a Irán de una manera mucho más seria dentro de sus intereses estratégicos. No debería sorprendernos si parte de las decisiones de Xi incluyen contribuir de manera importante a la reconstrucción y al rearme de Teherán.

10. Para efectos de la cumbre de esta semana, todo esto tiene implicaciones serias. Trump no llega en un momento de fortaleza, y China estima que puede sacar ventaja de la coyuntura de un presidente que enfrenta los niveles de aprobación más bajos de su gestión; de una inflación que ya comenzó a activarse en EU y que no le ayuda políticamente; y de un mandatario que sigue siendo incapaz de contener las repercusiones energéticas derivadas de la guerra.

11. China, por su lado, también está siendo fuertemente impactada por las consecuencias económicas y financieras de la confrontación en Medio Oriente. Está en su interés que la guerra concluya y que se restablezca el flujo energético desde esa región del mundo, de la cual China es el mayor consumidor global.

12. Pero lo que estamos viendo acá es, primero, que es Trump quien está solicitando a China su intervención para facilitar un acuerdo con Teherán que hasta ahora no ha llegado. Segundo, que en estas últimas semanas Beijing considera que puede y debe retar a Washington precisamente en temas relacionados con Irán, pero también en otros frentes. Y tercero, que China entiende que su confrontación con EU es un asunto de largo plazo y que necesita aprovechar esta coyuntura específica pensando en el futuro.

Si todo esto termina derivando en la extensión del acuerdo comercial entre Washington y Beijing, así como en concesiones mutuas, o si por el contrario acaba exhibiendo con mayor claridad el conflicto de fondo, eso está por verse en los próximos días. Lo que no puede minimizarse es que el momento que vive Trump tras la guerra en Medio Oriente estará presente, de muchas maneras, en su encuentro con Xi.

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