Una de las repercusiones inmediatas de la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán parece ser la intensificación de las tensiones entre Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudita. En un inicio se pensó que, por el contrario, el hecho de enfrentar a un enemigo común como Irán tendría un efecto de acercamiento entre ambos países. Sin embargo, hace unos días Abu Dabi anunció su salida de la OPEP, exhibiendo públicamente las fisuras. Funcionarios emiratíes señalaron que la decisión respondía a la necesidad de incrementar su producción petrolera y “satisfacer las necesidades de largo plazo en el mercado”. No obstante, el mensaje hacia el reino saudí, considerado el líder de facto de esa organización, fue evidente. En principio, los hechos reflejan diferencias de postura en torno a la propia guerra contra Irán. Desde la visión emiratí, los países del Golfo debían transitar de una contención pasiva hacia acciones mucho más agresivas frente a Teherán. Pero, más allá de esa postura, las fracturas entre EAU y Arabia Saudita son más profundas y responden no solo a la búsqueda de mayor independencia por parte de Abu Dabi, sino a una rivalidad y competencia ya manifiesta en múltiples frentes. Hoy retomo y actualizo el tema:

1. En el centro de la rivalidad se encuentra la competencia estratégica por puertos, comercio y espacios de seguridad. Ambos países se autoperciben con las capacidades y el poder necesarios para jugar el rol que, a su juicio, este momento histórico les exige. En este terreno, las personalidades importan. El actual presidente de EAU, Mohamed bin Zayed (MBZ), emir de Abu Dabi, mantuvo durante años una relación cercana —incluso de mentor— con el príncipe heredero saudí, Mohamed bin Salman (MBS). Sin embargo, a medida que ambos fueron acumulando poder en sus respectivos países, la relación se volvió más tensa y crecientemente competitiva. Bin Zayed, por su parte, no acepta de manera automática el liderazgo saudí ni quiere aparecer subordinado a la agenda de MBS.

2. Ese distanciamiento alcanzó un punto muy visible en 2024, en un episodio muy comentado que fue leído como una señal política deliberada de MBZ frente a MBS, más que como un simple problema de agenda. Arabia Saudita había organizado en Riad una reunión de alto nivel con líderes árabes y socios internacionales, centrada en Gaza, la seguridad regional y el reposicionamiento saudí como eje diplomático del mundo árabe. A diferencia de encuentros previos —en los que MBZ solía estar presente—, el presidente emiratí no asistió ni envió una delegación de primer nivel. Esto contrastó con la fuerte visibilidad que MBS buscaba proyectar como líder regional indispensable. La ausencia fue interpretada como un gesto calculado. Para entonces, las tensiones entre Riad y Abu Dabi ya eran evidentes: competencia por liderazgo regional, diferencias sobre la guerra en Gaza, desacuerdos económicos (OPEP+, inversiones, sedes regionales) y, más profundamente, dos modelos distintos de ejercicio del poder. MBS apuesta por grandes cumbres y protagonismo público; MBZ, por una influencia más silenciosa y redes propias.

3. El punto central es que esta pugna y este distanciamiento se expresan de manera concreta en conflictos como Yemen o Sudán, donde ambos buscan controlar costas, puertos y recursos estratégicos clave como petróleo, oro y tierras agrícolas.

4. El caso de Yemen. Sin detenernos demasiado en un conflicto que aquí hemos cubierto ampliamente desde 2011, basta recordar que, desde que los houthies —apoyados por Irán— tomaron la capital, Sanaa, en 2014, Arabia Saudita salió al rescate de su aliado, el presidente Hadi, y del gobierno yemení reconocido internacionalmente, que tuvo que trasladarse a Adén. Riad encabezó entonces una coalición internacional para combatir a los houthies, integrada por varias monarquías del Golfo —incluidos los EAU— y otros países, con el respaldo de Washington.

4a. Una lectura simple sugería que una coalición sunita, liderada por Arabia Saudita y apoyada por Estados Unidos, combatía a los aliados chiítas de Irán, algo que encajaba con la lógica regional de ese momento.

4b. Sin embargo, la realidad era más compleja. Los emiratíes apoyaban a otro actor local: el Consejo Transicional del Sur, que también combatía a los houthies, pero que atravesó momentos de distanciamiento e incluso choques con la coalición liderada por Riad. Aun así, EAU se mantuvo formalmente dentro de la coalición hasta que sus fuerzas sufrieron varios ataques en 2018.

4c. Ya en 2019, Abu Dabi inició su retirada del conflicto, anunciando una reducción y repliegue significativo de sus tropas. No fue, sin embargo, una salida total: mantuvo influencia indirecta a través de milicias del sur que respaldaba, así como una presencia limitada en puntos estratégicos.

5. El episodio de hace unos meses, cuando el Consejo Transicional del Sur —apoyado por EAU— lanzó una ofensiva contra actores respaldados por Arabia Saudita, exhibió con claridad la fractura saudí-emiratí. Aunque ambos países afirman apoyar al mismo gobierno y combatir a los houthies, en la práctica —como señalé— respaldan a actores con objetivos distintos. Riad busca un Yemen unificado y una salida negociada al conflicto; Abu Dabi, en cambio, apoya a fuerzas separatistas para asegurar influencia territorial, control de puertos y acceso a recursos, utilizando el terreno yemení como un escenario más de su competencia estratégica regional. Al final, los actores respaldados por Riad lograron detener y revertir la ofensiva, en lo que se interpretó como un duro golpe para EAU. Pero el choque ya había adquirido alta visibilidad.

6. El caso de Sudán. En Sudán, la tensión entre Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos se manifiesta de forma similar a lo que ocurre en Yemen, aunque con actores distintos. Ambos países utilizan la guerra civil sudanesa como un escenario de competencia estratégica. EAU respalda a las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF) de Mohamed Hamdan Dagalo, conocido como Hemedti, una de las dos partes enfrentadas en el conflicto. Se trata de un actor que controla minas de oro, rutas de contrabando y zonas clave del país, y cuyo comercio —en particular el oro— fluye en gran medida hacia Emiratos. Como dato revelador, el precio del oro ha alcanzado máximos históricos este año, lo que da una idea de la relevancia económica del tema. Según The Guardian, incluso habría mercenarios colombianos contratados por EAU combatiendo en Sudán a favor de este bando.

7. Arabia Saudita, por su parte, respalda al ejército regular sudanés (SAF), comandado por el general Abdel Fattah al-Burhan. Riad busca preservar un estado formal con el cual pueda negociar estabilidad, seguridad en el Mar Rojo y control de rutas marítimas estratégicas. Basta con observar un mapa para entender la relevancia geográfica de Sudán: acceso a costas, puertos y recursos en un punto clave entre África, el mundo árabe y las rutas comerciales globales.

8. La guerra en Sudán es, sin embargo, una de las mayores crisis humanitarias activas del planeta. A lo largo de más de dos años de conflicto se han negociado decenas de ceses al fuego, y todos han colapsado. El país parece hoy materialmente dividido en dos: una zona controlada por las SAF, apoyadas por Arabia Saudita, y otra bajo control de las RSF de Hemedti, respaldadas por EAU. En este contexto, el príncipe saudí MBS está buscando involucrar a Trump en la negociación de un cese al fuego definitivo. Algo que, sin duda, sería encomiable, pero que también operaría en favor de los intereses saudíes en su disputa geopolítica con Emiratos, y que por lo mismo enfrentará más de un obstáculo en el camino, dadas todas las variables en juego. Esto nos lleva al siguiente tema: Trump.

9. El problema de Trump. Los dos casos que he señalado son apenas una muestra de lo que está en juego en la rivalidad saudí-emiratí. Hay mucho más. Desde Gaza o Siria, hasta la relación con Irán. Desde el Golfo de Adén y el Mar Rojo, hasta Egipto o Libia, por mencionar solo algunos frentes. El punto central es que esta pugna choca de manera directa con la visión de Trump. El presidente estadounidense concibe Medio Oriente como una región donde él puede intervenir para producir una estabilidad duradera: paz en Gaza, acuerdos de normalización con Israel, una Siria unificada, un Irán neutralizado como amenaza, y, por supuesto, grandes negocios para todos —especialmente para empresarios estadounidenses, incluidos miembros de su propio entorno familiar—. El quiebre entre Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos tiene, en cambio, un alto potencial desestabilizador, no solo en Yemen o Sudán, sino también en las demás arenas mencionadas. Una competencia sana entre potencias regionales es esperable; un enfrentamiento entre reinos a través de terceros convierte esos espacios en zonas de disputa y genera incentivos claros para alimentar la inestabilidad.

10. Para Trump, este no es un tema menor. Ambos países formaron parte de la primera gira internacional del mandatario durante esta gestión, enviando una señal clara de la relevancia estratégica que les asigna. En el pasado, cuando estas monarquías protagonizaron su disputa con Qatar, Trump optó por respaldar a Arabia Saudita y a sus aliados, contribuyendo al aislamiento del emirato. En el caso de la rivalidad saudí-emiratí, Washington ha preferido, por ahora, no tomar partido abiertamente por ninguno de los dos y, en cambio, intentar equilibrar la relación de la manera más fluida posible. Sin embargo, las tensiones siguen creciendo y sus consecuencias chocan cada vez más con los planes de Trump.

11. Por ahora, lo que sabemos es que la colaboración entre EAU e Israel es cada vez más abierta. Lo ha sido de manera notable en la guerra contra Irán —en la que Israel ha apoyado a Abu Dabi con armamento defensivo y, según algunos reportes, incluso con personal para operarlo—, pero también lo ha sido desde hace tiempo en otras arenas como Sudán, Etiopía y, más recientemente, Somalilandia, todos ellos sitios con posiciones estratégicas en términos de los puertos y las rutas arriba señaladas. Esto, sumado a la postura más agresiva que Abu Dabi busca adoptar frente a Irán, mantiene a los intereses israelíes ampliamente alineados con los emiratíes.

12. Así, si bien Trump parece favorecer la decisión de Abu Dabi de abandonar la OPEP, la realidad es que, en el mediano y largo plazo, las rivalidades regionales distan de apuntalar su visión y tenderán a seguir atrayendo la atención de Washington hacia una región de la cual, en teoría, los últimos tres presidentes estadounidenses buscaban replegar a sus ejércitos.

En ese sentido, la salida de EAU de la OPEP no es sino la punta de un iceberg mucho más complejo: un iceberg que, a la luz de todo el panorama descrito, seguirá tensando la cuerda entre actores muy poderosos de la región y que, sin duda, continuará generando repercusiones que hoy son difíciles de dimensionar.

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