Israel e Irán se han percibido mutuamente durante décadas como sus principales enemigos regionales. Esto, al margen de discursos y declaraciones, tiene implicaciones geopolíticas y militares claras. En particular, el avance de los programas nuclear y de misiles de Irán, la expansión de su red de alianzas en la región, así como el establecimiento directo de posiciones iraníes en territorios cercanos a Israel, son entendidos en Jerusalem como riesgos existenciales que deben ser combatidos. Ese combate, sostenido por décadas, sumado al enfrentamiento de Irán con otros actores occidentales —especialmente Estados Unidos— desde la fundación misma de la República Islámica, así como su inclusión en el llamado “Eje del Mal” por parte de Washington, ha contribuido también a moldear percepciones, decisiones y acciones en Teherán. El resultado es que, en la medida en que ambos países, Israel e Irán, se perciben mutuamente como amenazas, actúan en consecuencia.

Esto derivó en una guerra de “baja intensidad” que se prolongó durante décadas en múltiples frentes. Sabotajes, asesinatos y ciberataques fueron algunas de sus expresiones más visibles. El enfrentamiento escaló aún más tras la guerra civil siria, cuando Irán consolidó posiciones clave en ese país. A partir de 2017, Israel lanzó una campaña de bombardeos que incluyó bases, soldados e incluso generales iraníes. Con todo, ambos países parecían mantener una suerte de acuerdo tácito para contener las hostilidades en ese nivel de relativo bajo perfil.

Sin embargo, todo cambia el 7 de octubre de 2023. Más allá de los enormes efectos provocados por los atentados terroristas perpetrados por Hamás y la Jihad Islámica, para Israel el problema trascendía ampliamente a estas dos organizaciones aliadas de Irán. Desde una perspectiva estrictamente militar, la posición de Israel como potencia regional había sido severamente vulnerada: su inteligencia exhibió fallas sin precedentes, su capacidad de defender tanto el territorio como a su población quedó comprometida y, con ello, su capacidad disuasiva —no solo frente a Hamás, sino frente a Irán y su red de milicias aliadas— resultó profundamente erosionada. De hecho, uno de los mayores temores de la cúpula militar israelí era que Irán y otras milicias, como Hezbollah, se sumaran a la ofensiva de Hamás aquel 7 de octubre. Un escenario así habría encontrado a Israel en un estado de imprevisión tal que su capacidad defensiva podría haberse visto considerablemente comprometida.

Si bien ese escenario no se materializó exactamente de esa forma, la milicia libanesa aliada de Irán, Hezbollah, sí se sumó de inmediato a la guerra, aunque mediante ataques de carácter limitado. Poco después, los houthies —rebeldes yemeníes también alineados con Irán— y milicias proiraníes en Siria e Irak, se incorporaron igualmente, lanzando misiles y drones contra Israel.

En el liderazgo político y militar israelí se concluyó que la única forma de restaurar la ecuación disuasiva frente a todo el eje proiraní era responder con represalias de tal magnitud que cualquier actor —y especialmente Irán— tuviera que modificar su cálculo antes de volver a atacar. Esto derivó, en un primer momento, en una campaña masiva contra Hamás y la Jihad Islámica en Gaza. Posteriormente, Israel ejecutó durante 2024 ataques sin precedentes contra Hezbollah en Líbano, que incluyeron la eliminación de su liderazgo, entre muchas otras acciones, así como golpes contundentes contra otros aliados de Irán en la región, incluido Yemen.

Estas medidas vinieron acompañadas de un incremento en la campaña israelí contra Irán en Siria, lo que se tradujo en un aumento considerable de mensajes de determinación y fuerza. Entre ellos destacan el ataque contra instalaciones consulares iraníes en Damasco, asesinatos de generales iraníes e incluso la eliminación del líder político de Hamás en el corazón de Teherán, mientras asistía a la toma de posesión del presidente Pezeshkian.

Desde la perspectiva iraní, estos hechos cruzaron líneas rojas, y bajo esa lógica, en Teherán se asumió que no quedaba alternativa más que responder con fuerza. Ello condujo a los primeros intercambios directos de fuego entre Israel e Irán desde sus propios territorios en 2024.

Acá lo importante es que, tras esos episodios, en Israel se concluyó que la capacidad defensiva iraní era considerablemente menor a lo previamente estimado. Ese factor, sumado al avance del programa nuclear iraní, contribuyó a detonar la primera guerra directa entre ambos países en 2025, la denominada guerra de los 12 días, a la que Washington se sumó mediante ataques severos y profundos contra instalaciones nucleares iraníes. El conflicto concluyó con un cese al fuego que Trump terminó imponiendo, y con la percepción compartida de que este episodio no era sino un eslabón más en la larga cadena de hostilidades entre ambos países.

Además, hacia mediados y finales de 2025 se configura una combinación de factores que reabre la ventana de acción.

1. En primer lugar, dentro de Israel crece la idea de que la oportunidad generada durante la guerra de los 12 días fue aprovechada solo parcialmente. Israel y Estados Unidos lograron golpear instalaciones nucleares y militares iraníes, penetrar el espacio aéreo con relativa facilidad y eliminar a parte del liderazgo. Pero no se erradicó la amenaza del régimen en un momento en que Teherán mostraba una vulnerabilidad significativa.

2. En segundo término, la comunidad de inteligencia israelí concluye que Irán estaba restableciendo sus sistemas de defensa y reconstruyendo su programa de misiles. Este elemento comienza a percibirse como una amenaza incluso más inmediata que el propio programa nuclear, que había quedado severamente dañado tras la guerra de los 12 días.

3. A ello se suma un tercer factor: la evaluación de que, hacia finales de 2025 e inicios de 2026, el régimen iraní atravesaba uno de sus momentos de mayor debilidad interna, producto de la convergencia de una crisis económica y monetaria con una crisis energética, otra hídrica y, sobre todo, la crisis de legitimidad, patente en protestas masivas sin precedentes. En ese contexto, y considerando que los aliados iraníes como Hezbollah estaban también enfrentando debilidades históricas, desde Israel se considera que solo hacía falta persuadir a un Trump recientemente empoderado tras la captura de Maduro, para capitalizar ese momento y empujar hacia un colapso del régimen, eliminando de forma definitiva la amenaza iraní.

4. Finalmente, Netanyahu enfrenta en 2026 un nuevo momento político con elecciones en octubre. Mientras la prolongación de la guerra en Gaza —especialmente en su última etapa— había sido duramente cuestionada por amplios sectores de la población, sus ofensivas contra Hezbollah e Irán gozaban de altos niveles de aprobación y se habían convertido en su principal activo político para mantenerse en el poder. Una victoria decisiva contra Irán no podía sino fortalecer esa posición. No es el factor determinante, pero la dimensión interna sí incide.

Es en ese contexto que se produce el ataque conjunto entre Estados Unidos e Israel contra Irán el pasado 28 de febrero, con la expectativa de resultados rápidos. La operación logra eliminar al líder supremo, el Ayatola Alí Khamenei, así como a parte de su círculo cercano, además de infligir daños significativos a instalaciones nucleares, capacidades militares e infraestructura estratégica del país. Sin embargo, se subestimó la capacidad de respuesta asimétrica iraní, así como su habilidad para utilizar a la energía regional —y, con ello, a la economía global— como instrumentos de presión. Con los ataques a la infraestructura militar y civil en más de 10 países de la región, a la producción de energía y con el cierre del Estrecho de Ormuz, Irán consigue producir efectos psicológicos, simbólicos, financieros, económicos y, por tanto, políticos, de gran magnitud, que le generan incentivos para resistir y prolongar el conflicto.

Esto altera de manera importante la ecuación. Pero, además, la milicia libanesa Hezbollah decide incorporarse activamente en la defensa de Irán —su principal aliado— y durante semanas lanza ataques con misiles y drones contra Israel, en muchos casos de manera coordinada con Irán y con los houthies desde Yemen, que también se suman a la defensa de Teherán.

Aquí emerge un elemento central: Hezbollah sorprende de forma considerable a la comunidad militar y de inteligencia israelí al demostrar que conserva capacidades relevantes, pese a las ofensivas sufridas en 2024 y a los ataques continuos en Líbano durante 2025. Este factor se convierte entonces en un objetivo estratégico clave para Jerusalem. Desde la óptica del liderazgo israelí, la guerra no puede concluir sin la derrota y desarme efectivo de esa milicia. Esto se ha traducido en ataques masivos de Israel contra Hezbollah en Líbano, además de una incursión terrestre en ese país que podría prolongarse incluso más allá de los posibles ceses al fuego.

Bajo el entorno descrito, las metas y preocupaciones de Israel están solo parcialmente alineadas con las de Trump. Para Israel, las repercusiones económicas globales, así como el impacto sobre los precios del petróleo, el gas o sus derivados, resultan mucho menos relevantes que su agenda de seguridad nacional. Además, con una población que mayoritariamente respalda la guerra contra Irán y sus aliados, Netanyahu enfrenta muchas menos restricciones domésticas que las que condicionan a Trump. En contraste, y particularmente ante las elecciones de octubre en su país, el primer ministro israelí necesita demostrar que su promesa de erradicar la amenaza iraní y la de todo su “eje de resistencia” está siendo cumplida.

Dicho eso, Netanyahu enfrenta al menos dos límites con los que necesariamente tendrá que coexistir. El primero tiene nombre propio: Donald Trump. Esta guerra durará únicamente hasta donde Trump decida que debe durar. En ese marco, Israel podría quizá negociar margen para mantener campañas de bombardeos selectivos en Líbano, tal como lo hizo durante 2025, o como lo hace en Gaza contra Hamás. Pero difícilmente mucho más que eso.

El segundo límite es más complejo y tiene que ver con las premisas básicas desde las que Israel ha operado desde el 7 de octubre. En la lógica que sostiene Netanyahu—y buena parte de sus aliados políticos—la aplicación masiva de fuerza sería suficiente para eliminar de manera definitiva a todos los enemigos del país. Sin embargo, tanto la historia como la evidencia empírica muestran una realidad bastante más compleja. La fuerza masiva no siempre fractura ideologías, organizaciones o actores políticos. En ocasiones logra contenerlos o debilitarlos temporalmente, pero no necesariamente erradicarlos.

Es decir, mientras persistan las raíces estructurales que alimentan la conflictividad regional —lo que incluye, pero no se limita al conflicto palestino-israelí—los actores que combaten a Israel tienden a encontrar formas de resistir, reconstituirse, mutar o adaptarse a nuevas circunstancias. Lo demuestra la supervivencia de Hamás tras dos años y medio de combate. Lo ha mostrado Hezbollah en las últimas semanas, cuando se asumía que esa organización estaba en una especie de coma. Y, finalmente, lo muestra el propio régimen en Teherán, que, pese a los enormes daños materiales sufridos en estos dos meses, mantiene —al menos hasta ahora— no solo la capacidad de resistir y sobrevivir, sino incluso de plantear nuevas demandas que hace apenas dos meses no figuraban sobre la mesa.

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