Sabemos desde hace mucho que lo global impacta en lo local. Sin embargo, lo ocurrido en Teotihuacán hace unos días sorprende: se trata, como explicaremos abajo, de un primer tiroteo en nuestro país con características muy específicas. Este fenómeno, difícil de clasificar y que se ha comenzado a denominar “extremismo híbrido”, “terrorismo sin ideología” o “nihilista”, se observa ya en distintas regiones del mundo. Aunque algunos de sus componentes parecen ubicarlo dentro de esa clase de violencia, y aunque sí existen factores ideológicos como parte de la motivación del acto, lo que predomina es una mezcla de elementos que con frecuencia genera una enorme confusión respecto a las metas del perpetrador. Esto hace que esta forma de violencia no encaje dentro de los parámetros del terrorismo clásico. Al mismo tiempo, estos hechos nos recuerdan que México no está aislado de tendencias y fenómenos globales. Considerando ataques similares en otras partes del mundo, comparto estas primeras notas de contexto:
1. Como se ha señalado en este espacio, el terrorismo no es cualquier tipo de violencia que provoca terror. El terrorismo clásico es violencia pensada y premeditada PARA causar terror: busca inducir un estado de shock o conmoción psicológica en terceros (la audiencia objetivo), con el fin de utilizar ese terror como vehículo para canalizar demandas o reivindicaciones, generalmente políticas, influir en actitudes, opiniones y conductas, y a través de ello, generar presiones o incidir en decisiones para avanzar las metas políticas de la organización o actor perpetrador.
2. En consecuencia, las motivaciones políticas, ideológicas o religiosas del actor suelen estar claramente definidas antes, durante y después del ataque. En el terrorismo clásico, se estudia cómo una persona, célula o grupo, no solo busca generar terror entre sus enemigos, sino también propagar su ideología, atraer adeptos (seguidores blandos o duros), sumar personas a su causa e inspirar ataques similares. Muchos atentados se producen en cadenas de eventos comparables. Organizaciones enteras utilizan o incluso se apropian de los atentados como propaganda para activar células, mini-células o atacantes solitarios en otras regiones o continentes; emplean mecanismos de radicalización e incluso capacitación en línea, logrando que los ataques se repliquen.
3. Dicho lo anterior, desde hace algunos años observamos un fenómeno que ha sido descrito como “extremismo híbrido”, “terror sin ideología” o “violencia nihilista” (véase Institute for Strategic Dialogue, 2025; Soufan Center, 2025). La característica principal que comparten atentados recientes—desde Estados Unidos hasta Asia—es la presencia de una ideología híbrida o difusa, que combina elementos no siempre claros, alineados o incluso compatibles.
4. De pronto, observamos combinaciones que mezclan elementos del nazismo o de ideologías de extrema derecha con ISIS, o incluso con posturas anti-Israel o antisemitas, o bien, con elementos de incel (celibato involuntario), misoginia y, con frecuencia, teorías conspirativas como telón de fondo. No hay necesariamente coherencia ni claridad ideológica. El Soufan Center lo denomina “fluidez de los extremos”, o “fluidez de la marginalidad”.
5. Aun así, en la mayoría de los casos puede observarse que los atacantes sí utilizan su acto como mecanismo para propagar sus visiones. Pero a pesar de ello —es decir, del uso del terror como vehículo—, en muchos casos la violencia parece convertirse en un fin en sí mismo. Se vuelve un medio de expresión emocional. El ISD lo describe como actos “expresivos y autorreferenciados”, no instrumentales: una suerte de culto a la violencia per se. Se sustituye la ideología por una “estética de la violencia”.
6. Este tipo de atacantes, frecuentemente radicalizados de manera muy veloz en línea, utilizan sus actos para obtener notoriedad y reconocimiento, a veces dentro de comunidades digitales con las que interactúan de forma constante. La violencia se convierte así en un medio de estatus e identidad.
7. En este ecosistema, la cultura de la imitación se vuelve un factor crucial. Es común que los atacantes veneren a perpetradores anteriores; se glorifican tiroteos o masacres que inspiran actos similares. En inglés se conoce como “copycat attacks”. Esto fue muy visible en el terrorismo jihadista de la década pasada, también lo es entre atacantes de extrema derecha, y ahora, en esta nueva clase de violencia, el imitar o replicar ataques, parece estar resurgiendo con fuerza.
8. No hay, entonces, un enemigo político claro. Este tipo de atacantes no busca necesariamente transformar el mundo ni alcanzar metas ideológicas fácilmente identificables. Sus redes son difusas; el contagio de ideologías, traslapadas o superpuestas, también lo es. Y, como señalé, la auto radicalización ocurre de forma muy veloz.
9. En regiones como el sureste asiático, donde este fenómeno se ha repetido con frecuencia, se ha observado que la edad de quienes cometen estos actos ha disminuido: de rangos típicos entre 20 y 30 años, a entre 13 y 20. Esto se asocia con la pertenencia de varios de estos atacantes a comunidades en línea —incluidas plataformas de gaming—así como con su interacción en redes sociales como TikTok, Instagram o Telegram.
10. Para poder determinar con mayor certeza si el ataque de Teotihuacán pertenece a esta manifestación global de violencia, será necesario revisar con más detalle lo que arrojen las investigaciones con el tiempo, además de estudiar el perfil psicológico del atacante, su conducta y sus interacciones en redes. Es probable que no todos los elementos arriba descritos aparezcan con claridad, pero, por lo que sabemos hasta ahora, algunos sí están presentes.
11. Por lo pronto, sabemos que:
a) Se trata de un atacante solitario, identificado como Julio César Jasso Ramírez, mexicano de 27 años que murió en el tiroteo.
b) Hay indicios de que la masacre de Columbine, en Estados Unidos (1999), formó parte de la inspiración del ataque. Además de referencias directas a los perpetradores, el tiroteo en Teotihuacán ocurrió en la fecha del aniversario de Columbine, lo que refuerza la hipótesis de imitación. Podemos identificar, como se señaló arriba, la veneración de estos eventos y, posiblemente, la motivación de ganar notoriedad y estatus dentro de ciertas comunidades.
c) También se puede identificar una suerte de híbrido o dispersión ideológica en el atacante y lo que se ha dado a conocer sobre sus redes y el acto: desde elementos del nazismo y la extrema derecha y Columbine, hasta símbolos indígenas, como el uso de un espacio ritual o ceremonial para un sacrificio humano. No hay metas políticas claras ni un proyecto ideológico estructurado, lo cual podría además combinarse con posibles trastornos individuales que deberán confirmarse posteriormente.
d) Lo que sí vemos es a un atacante solitario que en sus redes se describía como “escritor, artista y vegano”, y que, según las primeras indagaciones, no mostraba signos de ser violento. Esto apunta, como en los casos arriba señalados, a un proceso de radicalización individual, posiblemente muy veloz.
e) Al final, se trata de un evento claramente performativo, que podría combinar elementos de búsqueda de visibilidad y estatus con rasgos híbridos de ideologías dispersas, así como con identidad y veneración de lo que el ISD denomina la “estética” o culto a la violencia como fin en sí mismo.
Por último, aunque se trata de un primer evento conocido de esta clase en México, lo que podemos observar es que, si bien nuestro país está mayormente afectado por otros tipos de violencia, la interconectividad y el papel que juegan internet y las redes sociales en el ecosistema actual impiden aislarnos de fenómenos globales como el que aquí describo. Estudiarlos con mayor detenimiento, así como pensar en posibles vías para contener o mitigar los impactos de esta clase de violencia, se vuelve necesario, porque, aunque esta haya sido la primera vez, podría no ser la última.
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