“Creo que Europa Occidental debería tomar nota”, afirmaba Pete Hegseth al abrir el Diálogo de Shangri-La, el foro internacional de seguridad y defensa más importante de Asia. Ese era el tono de su discurso: “Quizá por la distancia o quizá por las duras lecciones aprendidas de la historia, la visión asiática sobre Estados Unidos ha sido, por defecto, más clara y mucho más pragmática que en otras regiones… Cuando nuestros intereses coinciden, actuamos juntos con determinación y enfoque. Cuando nuestros intereses divergen, nos ajustamos de manera pragmática, sin drama ni moralismos”. Del otro lado del mundo, un par de días antes tenía lugar otro foro internacional de seguridad, en este caso el más importante de Europa Central (GLOBSEC). Solo que, de manera inusual, en esta ocasión no había un solo funcionario estadounidense. Ni uno. El vacío se respiraba en cada panel y discurso de ministros europeos, militares y analistas. Pareciera que la conmoción de tener que enfrentar retos históricos de seguridad sin Washington a su lado sigue pesando. Tras bambalinas, sin embargo, y pese a la distancia entre los relatos de ambos foros, se asoma un hilo conductor: Estados Unidos ya no parece ser percibido como un aliado plenamente capaz y confiable. Por el contrario, cada vez más se le valora como un actor rebelde frente al sistema internacional. Unas notas acerca de estos dos reveladores foros de la semana: 

1. Los temas abordados en ambos foros fueron muchos, pero me concentro específicamente en lo que cada uno proyecta acerca de Estados Unidos, las relaciones de la superpotencia con sus contrapartes y las muy distintas formas de responder ante esas percepciones. 

2. Quizá lo primero es señalar que en ambos foros se parte de una misma premisa —y así fue ampliamente discutido—: la erosión del orden internacional basado en instituciones y leyes, así como la percepción de que Estados Unidos ya no es el actor confiable de otros tiempos. No solo en términos de ese orden internacional, sino también en cuanto a su capacidad y disposición a respaldar a sus aliados. En otras palabras, el vacío percibido de Estados Unidos —algo que no es nuevo, que precede a Trump y probablemente lo rebase— marca buena parte del contexto en el que estas discusiones se gestan. 

3. La cuestión es que, en Europa se sigue percibiendo una especie de conmoción y sorpresa. Varios funcionarios del continente hablan, una y otra vez, de los “despertares”: el despertar ante la intervención rusa en Ucrania; el “despertar” ante la debilidad de la respuesta de Biden; y ahora, el “despertar” no solo ante la ausencia, sino ante la hostilidad abierta de Trump hacia sus aliados europeos. Emociones como frustración o enojo dominaban el discurso de funcionarios y analistas europeos. 

4. Tanto era así que, en uno de los paneles, un estadounidense que sí asistió —aunque ya no como diplomático en funciones— Kurt Volker, ex enviado especial de Washington para Ucrania, recomendó a los europeos dejar de reaccionar “emocionalmente” ante la falta de consulta de Trump y actuar de manera más estratégica respecto a la actual guerra en Medio Oriente. 

5. En el Diálogo de Shangri-La, en cambio, parecía dominar una suerte de pragmatismo. El trato que se daba no solo a Hegseth, sino a otros altos funcionarios estadounidenses, rebasaba la cordialidad y rayaba por momentos incluso en la alabanza, algo ante lo que Trump suele responder muy favorablemente. 

6. Más allá de los foros, si se observa la realidad de los últimos años, especialmente entre ciertos países asiáticos, lo que se ha buscado es fortalecer las capacidades militares propias y actuar con absoluto pragmatismo en el contexto de un mundo entendido como multipolar. Esto lo llevan expresando desde hace meses países como Singapur o Indonesia, a través de funcionarios y exfuncionarios: las cartas ya no pueden estar completamente volcadas sobre uno solo de los polos. Algo que hoy resulta mucho más evidente con esta gestión de Trump, en Asia se comprendió con claridad desde hace tiempo. 

7. Sin embargo, la interpretación de Washington expresada en el foro de Shangri-La es que, a diferencia de Europa, Asia está comprendiendo mucho más claramente el fundamento de la relación de alianza que Estados Unidos está dispuesto a sostener: una relación no basada en sacar ventaja de la superpotencia y de sus contribuyentes, sino en el compromiso de invertir en la seguridad de cada uno de los países que luego buscan el respaldo de Washington. 

8. Lo interesante de la concurrencia de ambos foros fue la manera en que, en uno de ellos, Europa era duramente criticada por Washington por seguir persiguiendo una suerte de idealismo hueco; por continuar hablando de un orden internacional basado en reglas, sin haber existido la disposición de los países del continente para dotar a ese orden de la suficiente fuerza. Mientras tanto, Asia era valorada porque, desde la perspectiva expresada ahí, los países de esa región sí estaban haciendo la tarea y, por tanto, se abría la puerta a una alianza y cooperación sin precedentes con la superpotencia. 

9. Conmoción, frustración, enojo e incertidumbre desde Europa —por el futuro de Ucrania, por el futuro del Estrecho de Ormuz y de Medio Oriente, por el futuro de la alianza trasatlántica y por el futuro del orden internacional basado en instituciones y leyes— mientras que en Asia lo que parecía dominar era el pragmatismo y la determinación de sacar adelante sus relaciones con Washington bajo las nuevas reglas del juego. 

10. Bajo ese contexto, por segundo año consecutivo, Hegseth pretendió utilizar la plataforma de Shangri-La para brindar certezas a sus aliados asiáticos: asegurar que Estados Unidos cuenta con el armamento, el poder y las capacidades para salir completamente victorioso de la guerra con Irán y para mantener firmemente defendidos todos los frentes que sean necesarios. 

11. Las acciones de Washington en América Latina, decía Hegseth, no deben leerse necesariamente como el abandono por parte de la Casa Blanca de otras regiones. El restablecimiento de la Doctrina Monroe consta de “acciones necesarias” para atender asuntos que competen directamente a la seguridad de Estados Unidos, pero ello no implica que Washington vaya a dejar desprotegidas otras arenas del globo. 

12. Detrás de todo el espectáculo y los aplausos en Asia, o de los lamentos en Europa, sin embargo, en ambos foros —y yo diría que, para el caso, en buena parte del planeta— existe una visión compartida por aliados y rivales de Estados Unidos, muchos de los cuales estuvieron ampliamente representados en los dos encuentros que señalo. Esa visión está compuesta por elementos como los siguientes: 

a. Washington es percibido como un actor que está retando abiertamente el orden internacional, y la impredecibilidad con la que se está comportando no solo impacta en Europa, sino por supuesto también en Asia, donde Estados Unidos es visto cada vez más como un aliado poco confiable y, en ocasiones, incluso hostil. La guerra comercial desatada por Washington contra aliados y rivales asiáticos por igual es apenas una señal que los países asiáticos no han olvidado, incluso aquellos que han alcanzado acuerdos con Trump. 

b. Al mismo tiempo, se percibe a Washington realizando amplias demostraciones de fuerza que, sin embargo, no le están otorgando las victorias estratégicas que Trump o Hegseth afirman. Por el contrario, la guerra en Medio Oriente está siendo valorada por muchos actores como un rotundo fracaso estratégico que exhibe la falta de planeación de Washington, sus vulnerabilidades, las formas en que la superpotencia puede ser eficazmente combatida y políticamente sometida, su falta de compromiso con la economía global —considerando que Asia es precisamente la región más afectada del planeta por el cierre de Ormuz— y su incapacidad para proyectar eficacia militar en múltiples teatros simultáneamente. La visita de Trump a China se percibe como una serie de muestras de esa debilidad. El discurso y las certezas de Hegseth sirven de poco para contrarrestar esas percepciones.  

c. La consideración de que Estados Unidos ya no quiere, o quizá ya no puede, cumplir el rol que desempeñó durante décadas, no como un “favor” hacia sus aliados sino como parte de su propia visión estratégica, está llevando a distintos actores del sistema —a algunos más tarde que a otros— a comprender que necesitan partir de la realidad tal como es, y no como quisieran que fuera, y perseguir sus propios objetivos de seguridad nacional sin depender de Washington como en el pasado. Esto no significa que se pueda simplemente “prescindir” de la superpotencia de un día para otro, y quizá de ahí el pragmatismo y la deferencia que se percibían en el Diálogo de Shangri-La. Pero sí implica que muchos países están recalculando y que algunos están comprendiendo mejor que otros las transformaciones históricas que estamos viviendo. 

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