La guerra en Medio Oriente no ha terminado. Las negociaciones entre Estados Unidos e Irán se encuentran estancadas. Hoy existe un frágil cese al fuego, pero el Estrecho de Ormuz continúa cerrado por parte de Irán y, al mismo tiempo, el bloqueo contra Irán impuesto por Washington se mantiene. El resultado neto es que cerca del 20% de la energía que normalmente fluía por esa zona para el consumo global hoy está detenida. Trump ha intentado usar ese bloqueo para presionar a Irán a flexibilizar sus posturas. Sin embargo, hasta donde sabemos, Teherán mantiene una posición no muy distinta a la que había expresado en febrero, antes de iniciada la guerra, a la que ahora se suman nuevas demandas. Esto refleja que, al interior de Irán, está prevaleciendo la posición más dura. Comparto algunas notas al respecto, así como posibles escenarios de lo que podemos esperar.
1. Como explicamos la semana pasada, para Trump el bloqueo de los puertos iraníes ha resultado ser una estrategia intermedia entre el fin de las hostilidades y la continuación del uso de la fuerza hasta doblegar al régimen en Teherán. El estatus quo que observamos ahora le permite asfixiar —aún más— la economía iraní sin seguir agotando su arsenal, el cual, de acuerdo con múltiples reportes, se ha reducido a niveles tales que no solo le tomaría años a Washington reponerlo, sino que incluso limitaría su capacidad para enfrentar otro conflicto mayor si este emergiera en este momento.
2. Por encima de todo, la estrategia del bloqueo evita, por ahora, que Trump tenga que cumplir sus máximas amenazas y arriesgar un escalamiento que podría salirse de las manos de todas las partes, incluso más de lo que ya hemos visto. Una cosa es la guerra por el flujo de la energía —que no se ha detenido— y otra sería una guerra de infraestructuras, con dimensiones mucho mayores a las actuales. Más allá del inmenso daño que eso ocasionaría en Irán, el impacto estructural sobre la economía de toda la región y, por ende, sobre la economía global, sería altamente impredecible.
3. Así que, con su bloqueo sobre los puertos iraníes, Trump percibe que ha elegido el menor de los males. Las consecuencias económicas, por supuesto, no han parado. Pero, dado que por ahora se evita el peor escenario —una guerra de infraestructuras— y que la presión sobre la economía iraní crece con cada día que pasa, su cálculo es que ya no tiene la misma prisa que hasta hace poco. Confía en que esta nueva forma de presión sí conseguirá doblegar a Teherán.
4. Al final —y lo subrayo de nuevo—lo más importante para Trump es mostrar que puede extraer de Irán un acuerdo mínimamente superior al que él mismo abandonó en 2018, y asegurarse de que las posturas que Teherán mantenía en febrero, antes de iniciada la guerra, se hayan flexibilizado —aunque sea marginalmente— como resultado de la misma.
5. El bloqueo, en resumen, le permite a Trump sostener su narrativa de fuerza y victoria, junto con su proyección de cumplimiento y credibilidad, sin tener que pagar el costo mayor de un escalamiento incontrolable que pudiera atorar a Washington en una guerra sin fin. Esa es, al menos, su apuesta. Pero, ¿qué sucede del lado iraní?
6. La existencia y la discusión pública de distintas posturas al interior de Irán no es, en absoluto, algo nuevo. Es parte de la naturaleza del régimen y una de sus características más relevantes. Desde hace décadas coexisten posiciones conservadoras de línea dura (los llamados “principistas”), posiciones conservadoras más pragmáticas (como la del presidente Rohani, quien firmó el acuerdo nuclear con Obama y otras potencias) y posturas reformistas, como la del actual presidente Pezeshkian.
7. La figura central del régimen, que usualmente mantenía los equilibrios entre esas posiciones —aunque no siempre con éxito—era el líder supremo de la revolución, el ayatolá Alí Khamenei. Hoy esa figura ha sido eliminada, junto con una parte importante del liderazgo del país: tanto personas de su círculo más cercano, de línea conservadora, como otras de perfil más pragmático y negociador. Aunque su cargo está siendo ocupado ahora por su hijo, Mojtaba, es difícil pensar que en unas cuantas semanas ese personaje —además, seriamente herido y en proceso de recuperación— pueda asumir el control de un régimen tan complejo como el iraní.
8. Quienes sí parecen ejercer un control más firme del régimen son las Guardias Revolucionarias Islámicas: una institución sumamente poderosa que, entre otras cosas, domina buena parte de la economía del país, así como la política de seguridad, los proyectos armamentistas y las alianzas con milicias proiraníes en toda la región.
9. Lo que ha emergido en días recientes —y, de nuevo, lejos de sorprender, es una característica histórica del régimen—es la disputa entre la línea más conservadora y una más pragmática, sin que hoy exista una figura como la de Alí Khamenei para mediar entre ellas y definir hasta dónde puede o no negociar Teherán. Con todo, no debemos perder de vista que quienes tienen el control material del país son las Guardias Revolucionarias, no la línea pragmática del presidente, su canciller y el liderazgo parlamentario, que son quienes, hasta ahora, han dado la cara visible de Teherán en esta fase.
10. El resultado se refleja en las propias declaraciones de Trump. Un día afirma que ya hubo un “cambio de régimen”, pues el actual muestra mucha mayor flexibilidad para negociar. Al siguiente, sostiene que Washington sigue a la espera de una propuesta unificada, porque los iraníes no logran ponerse de acuerdo entre ellos.
11. La realidad es que la postura más dura —expresada no solo por las Guardias Revolucionarias, sino también por diversos actores de la línea “principista”— sostiene que el régimen en Teherán tiene hoy una oportunidad de oro para negociar su supervivencia, y se percibe con la fuerza suficiente para arrancarle a Trump concesiones que hace apenas unos meses parecían inalcanzables.
12. Desde esa óptica, el costo económico —no solo para la economía global, sino en especial para los bolsillos de un electorado estadounidense que se opone a esta guerra en pleno año electoral— seguirá creciendo mientras el Estrecho de Ormuz permanezca cerrado. Con ello, también aumentan las presiones políticas sobre Trump, lo que, eventualmente, podría agotar su paciencia y permitir a Teherán negociar condiciones que aseguren plenamente la supervivencia del régimen. En términos concretos, esto implica acceder a un flujo significativo de recursos, preservar su capacidad disuasiva mediante armamento como misiles y drones, además de garantizar la continuidad de su proyecto nuclear, incluso si se necesita suspender temporalmente.
13. El problema para Trump es que, si Irán lograra negociar todos esos puntos, ello no le garantizaría un acuerdo superior al que él mismo abandonó en 2018 y esto es lo que le dificulta sellar el pacto.
14. Del otro lado, los sectores más pragmáticos en Teherán parecen dispuestos a conceder a Trump suficientes elementos como para que pueda declarar victoria y, a cambio, acceder a liberar recursos y otorgar ciertas concesiones que aseguren la supervivencia del régimen. Entre lo que han mostrado disposición a ceder los más pragmáticos está la reapertura inmediata del Estrecho de Ormuz.
15. La línea más dura, en cambio, desconfía profundamente de Trump y de Netanyahu. No solo no está dispuesta a ceder su principal carta de negociación —el Estrecho de Ormuz—sino que considera que, de ser necesario, es preferible para Teherán retomar las hostilidades y elevar así el nivel de presión sobre Washington.
16. El resultado de esta dinámica es una competencia de voluntades en evolución. Antes, esa competencia se expresaba en la capacidad de resistir las hostilidades; hoy se traduce en la capacidad de resistir, por un lado, el cierre total del Estrecho de Ormuz impuesto por Teherán y, por el otro, el bloqueo estadounidense de los puertos iraníes. Para Irán, esto implica sostener una presión económica que solo se incrementará con el paso de los días. Para Trump, supone resistir una presión política creciente, en la medida en que los precios del petróleo y el gas se mantengan elevados y, sobre todo, en la medida en que la escasez de esos insumos y/o de sus derivados impacte al electorado estadounidense. La apuesta de la línea más dura en Teherán es, en buena medida, psicológica: desgastar la paciencia de Trump.
17. De todo lo anterior se desprenden múltiples escenarios. No hay espacio para detallarlos todos, pero podemos delinear algunos. Uno es la prolongación del impasse actual durante varias semanas: no se reanudan las hostilidades, pero tampoco avanzan las negociaciones, mientras se mantienen el cierre y el bloqueo del estrecho, con costos económicos crecientes. Otro escenario es que la presión sobre una o ambas partes derive en un acuerdo que Trump pueda presentar, al menos narrativamente, como altamente favorable y producto directo de su estrategia de bloqueo. Una opción intermedia sería un acuerdo limitado que atienda lo esencial para sostener el cese al fuego —la apertura del Estrecho de Ormuz y el levantamiento del bloqueo estadounidense—dejando temas más complejos, como el programa nuclear, para una fase posterior. Y, por supuesto, sigue presente el escenario de que las hostilidades se reanuden y escalen.
Por ahora, considerando la psicología de Trump y el momento político que atraviesa, lo más probable es que el cierre del estrecho y el bloqueo estadounidense se prolonguen por algún tiempo más, lo que podría durar incluso semanas, pero que eventualmente emerja algún tipo de acuerdo, al menos provisional (una especie de fase 1 para negociar lo sustantivo más adelante, como suele ser su preferencia). Sin embargo, dada la volatilidad del entorno, no puede descartarse ninguno de los otros escenarios, desde un impasse mucho más prolongado hasta una reanudación de las hostilidades en distintos niveles.
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