Trump afirma que está muy contento por la nueva asociación de defensa pactada por Arabia Saudita, Pakistán y Turquía pues ese acuerdo muestra que el “Medio Oriente se está uniendo” y que “los países finalmente podrán defenderse de una manera más efectiva”. Sin embargo, las implicaciones de un pacto como ese son enormes y van bastante más allá de Medio Oriente. Un ángulo de este acuerdo de defensa mutua, sin duda, tiene que ver con la forma como Arabia Saudita está percibiendo su propio rol en la región. En otro plano está la desconfianza que los actores están teniendo de EU, su aliado tradicional, tanto por razones de capacidad como por la volatilidad que Washington ha exhibido durante años, y la necesidad que, por tanto, están mostrando de buscar alternativas estratégicas para su seguridad. Pero hay otro plano que tiene que ver con el triángulo China-India-Pakistán que también vale la pena analizar. Unas notas al respecto.

1. Lo primero que debemos resaltar es que no hay, hasta ahora, señales de que Turquía, Pakistán y Arabia Saudita estén estableciendo una especie de “mini OTAN” con la capacidad material, y probablemente tampoco la voluntad política, de hacer que verdaderamente un ataque a uno de los tres equivalga a un ataque contra todos ellos. Para muestra, basta señalar que Pakistán y Arabia Saudita ya contaban con un pacto de defensa mutua y, sin embargo, cuando el reino saudí recibió los ataques de Irán hace algunas semanas, como parte de la respuesta de Teherán ante la guerra en su contra iniciada por Washington e Israel, la reacción de Pakistán en su defensa fue francamente limitada. En todo caso, lo que hace Islamabad, tanto por sus propios intereses como empujado por el príncipe saudí Bin Salman, es participar activamente en la mediación del conflicto.

2. No obstante, lo que sí estamos viendo es una Arabia Saudita mostrando una mayor disposición a tener un rol militar más activo en la región. Sus bombardeos contra las milicias proiraníes ubicadas en Irak y sus ataques contra los houthies de Yemen así lo muestran.

3. Pero quizás el momento clave es cuando los houthies amenazan la exportación petrolera saudí atacando embarcaciones de ese país en el Mar Rojo. El reino está enfrentando simultáneamente riesgos en sus dos grandes corredores marítimos: el estrecho de Ormuz, al este, y Bab el-Mandeb, al oeste. El temor de Riad es quedar estratégicamente atrapada si Irán y sus aliados pueden afectar ambos accesos, poniendo en riesgo sus exportaciones de petróleo y otras infraestructuras críticas.

4. Por tanto, Arabia Saudita busca convertirse en un actor de seguridad regional más autónomo, y lo hace expandiendo una alianza militar que ya existía. Al final, para Riad, el tema mayor no es solo una alianza con Turquía y Pakistán, sino una iniciativa que incluye a más países—por ahora justamente esos dos, pero también Egipto, Bahréin, Qatar y Kuwait, entre otros—a fin de crear una fuerza multinacional que proteja el Mar Rojo, Bab el-Mandeb y el golfo de Adén. Lo que vemos es un intento de liderar una arquitectura de seguridad regional sin depender exclusivamente de Estados Unidos. Aunque todavía es una iniciativa incipiente y enfrenta rivalidades entre los países participantes, refleja la aspiración saudí de asumir un papel más central en la seguridad de Medio Oriente.

5. No obstante, como dije, este tema va mucho más allá de Medio Oriente. Trasladémonos por un instante a la región de Asia del Sur. Podemos observar que el ya delicado triángulo nuclear entre China, India y Pakistán adquiere una nueva dimensión a raíz del pacto de defensa firmado entre Pakistán, Turquía y Arabia Saudita. Como señalamos arriba, el acuerdo establece que un ataque armado contra cualquiera de los tres será considerado un ataque contra los otros dos. Para India, por consiguiente, el pacto introduce una nueva variable en un entorno estratégico que ya estaba marcado por disputas territoriales, rivalidades militares y armas nucleares.

6. En el fondo, al margen de la capacidad material operativa de la cláusula de defensa mutua—por ejemplo, en un caso potencial en el que las hostilidades entre India y Pakistán se reanudasen, como ocurrió el año pasado—el nuevo pacto con Turquía y Arabia Saudita otorga a Islamabad una dimensión que antes era más limitada: a los recursos financieros saudíes debemos sumar la tecnología militar turca, que ahora se añaden a la capacidad nuclear pakistaní. Aunque el tratado se define como defensivo, su mera existencia modifica los cálculos de India.

7. A esa ecuación necesitamos añadir el factor Beijing. India tiene que pensar simultáneamente en China y Pakistán, dos países con los que mantiene disputas territoriales y conflictos militares. Esto convierte al sur de Asia en un caso particularmente complejo de disuasión nuclear: una crisis entre dos actores puede modificar inmediatamente los cálculos del tercero.

8. No obstante, para China, el nuevo escenario puede resultar menos problemático que para India, ya que Beijing mantiene una relación estratégica particularmente estrecha con Pakistán y desde hace décadas utiliza esa relación como uno de los mecanismos para equilibrar el poder indio. Si Pakistán obtiene mayor respaldo financiero saudí y tecnología militar turca, argumenta Razdan en el South China Morning Post, su posición frente a India puede fortalecerse sin que China tenga necesariamente que asumir todos los costos de ese apoyo.

9. Dicho eso, la principal consecuencia está en el incremento de variables en torno a los temas, ya de por sí muy delicados, de seguridad existentes: se vuelve más difícil predecir cómo terminaría una posible crisis. Si India y Pakistán vuelven a enfrentarse militarmente, Nueva Delhi tendrá que considerar no solo la respuesta de Islamabad, sino también la posición de Turquía y Arabia Saudita—y potencialmente de otros miembros que se sumen al pacto de defensa, como Egipto—mientras Beijing seguirá observando y calculando sus propios intereses. Cuantos más actores y compromisos de seguridad entren en el escenario, mayor es el riesgo de errores de cálculo y de escalada.

10. Acá, entonces, la reflexión de fondo es múltiple. De un lado, podemos ver las muy distintas repercusiones de un sistema internacional cada vez más anárquico, en el que el orden y las instituciones multilaterales se encuentran realmente erosionados y, por tanto, las decisiones de seguridad de los distintos Estados tienen que calcular ese entorno anárquico en el que todos se están moviendo. Por otro lado, está la volatilidad con la que EU está siendo percibido y la desconfianza que se produce tras su conducta de los últimos años. Por último, y una vez más, la interconectividad de muy distintas arenas de conflictos activos o potenciales es cada vez mayor. Y así como lo vemos en cuanto a cómo la guerra Rusia-Ucrania se conecta con los conflictos de Medio Oriente, ahora vemos materializarse una conexión entre lo que ocurre en esa región y los conflictos del sur de Asia.

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