Hace unos días señalé que, en la guerra de Medio Oriente, China no está “en medio” de las partes beligerantes. Su postura es clara, y desde hace años, a favor de Irán. Los reportes sobre el respaldo que Beijing habría proporcionado a Teherán en estas últimas semanas apuntan precisamente en esa dirección, y no es demasiado difícil entender por qué. Si bien China ha considerado a Irán, desde hace décadas, como un socio estratégico, la realidad es que en el pasado esa relación exhibió límites claros. Pero ahora mismo eso podría estar cambiando, no porque Beijing esté particularmente preocupada por Teherán, sino porque está pensando en sus propios intereses y en cómo la coyuntura actual puede resultarle favorable hacia adelante. Esto es crucial al revisar los detalles de la cumbre Trump-Xi. Más allá del espectáculo, de lo comercial o incluso de lo tecnológico, China está aprovechando el momento para dejar claros ciertos mensajes. En ese sistema de comunicación, todo se conecta y, al final, la conexión última tiene que ver con Taiwán. Unas notas al respecto:
1. Primero, el respaldo chino a Irán.
a. Hace unos días, el Financial Times reportó que las Guardias Revolucionarias iraníes habrían adquirido un satélite de reconocimiento de alta resolución operado por una empresa vinculada a China. Ese sistema habría sido utilizado para monitorear posiciones y movimientos de fuerzas estadounidenses en la región y ayudar a seleccionar blancos para ataques iraníes. China negó oficialmente esas acusaciones. Pero lo cierto es que los reportes se han seguido acumulando. Según el Washington Post, empresas chinas ligadas al Ejército Popular de Liberación han estado proporcionando inteligencia geoespacial sobre posiciones de fuerzas estadounidenses en Medio Oriente. Otros reportes de inteligencia estadounidense, citados por fuentes como CNN o CBS, señalan que China estaba evaluando enviar radares avanzados a Irán durante el conflicto. Por último, un reporte del NYT de esta semana indica que distintas compañías chinas están planeando ventas de armamento a Irán y el envío de ese armamento a través de terceros países.
b. Más allá de que es imposible verificar la evidencia en la que se basan todas esas fuentes, los reportes no son inconsistentes con dos factores centrales. Primero, la cooperación sino-iraní tiene una larga historia, y eso incluye cooperación en el terreno militar. Segundo, es muy probable que, después de todas estas semanas de combate, China esté revalorando favorablemente el estatus de Irán como socio estratégico.
c. Me detengo en esto último. El régimen en Teherán no solo ha sido capaz de resistir y sobrevivir, sino que además: (1) ha exhibido vulnerabilidades importantes de EU; (2) ha logrado agotar de manera considerable parte del arsenal estadounidense, mismo que tomará tiempo reponer; (3) ha conseguido mantener la atención de Washington concentrada en una región distante de Beijing, en un momento histórico en el que a EU le resulta imposible atender múltiples frentes paralelos con el mismo nivel de intensidad; y, sobre todo, (4) ha mostrado los límites de la tolerancia de Washington —y de su opinión pública— para sostener un conflicto activo demasiado prolongado.
d. Con ello, podemos afirmar que Irán está mostrando para Beijing un atractivo muy distinto al que tenía en el pasado. Es probable, por tanto, que China tenga un interés considerable no solo en explotar ese atractivo, sino en asegurarse de que el régimen iraní conserve la viabilidad necesaria para sobrevivir y mantener su capacidad disuasiva frente a otros actores. En términos prácticos, eso podría traducirse en mayores flujos de inversión china, contribuciones al rearme iraní e incluso un fortalecimiento de la alianza política entre ambos países.
e. Pero hay que tener claro que China no está actuando para favorecer los intereses de Irán, sino los suyos propios, para los cuales un Irán resiliente y recuperado puede resultar altamente funcional.
2. La importancia de Taiwán.
a. Hace unos días hablamos sobre cómo Xi Jinping ha buscado sacar provecho de toda esta serie de ventajas para intentar mantener una posición de fuerza frente a un Trump al que percibe como altamente debilitado.
b. Pero aquí lo más importante, más allá de lo comercial e incluso de lo tecnológico, está en lo que Taiwán representa para China y en la ventana que se abrió para enviar el mensaje que Xi quería comunicar.
c. Sin entrar en toda la historia, hay que recordar que Taiwán es, para China, una provincia en rebelión, no un país independiente. Beijing reclama soberanía plena sobre la isla y sus aspiraciones al respecto han sido transparentes desde siempre. De hecho, Taiwán es reconocida oficialmente como estado independiente apenas por un puñado de países. Pero el tema posee una sensibilidad política enorme para China. Basta considerar que Taiwán sigue conservando su nombre oficial: la República de China. Originalmente, el gobierno que hoy tiene su sede en Taipéi fue fundado en 1912 en China continental, tras la caída de la dinastía Qing. Después de la guerra civil china, el gobierno nacionalista del Kuomintang se retiró a Taiwán en 1949, mientras que en el continente se estableció la República Popular China bajo el Partido Comunista. Así que, en el fondo de la disputa, lo que está en juego no es simplemente la propiedad de una porción de territorio, sino el reconocimiento de la existencia de una sola China con capital en Beijing. En ese sentido, la política oficial de Washington es precisamente esa —la llamada Política de Una Sola China— aunque la postura estadounidense, así como la de sus aliados, ha sido que el estatus final de Taiwán debe resolverse por medios no militares.
d. A lo largo de los años ha habido momentos de mayores y de menores tensiones. Mientras sus relaciones con Washington fueron relativamente buenas, China ha estado dispuesta a seguir adelante con las fórmulas que permitan la coexistencia pacífica, con la expectativa de que eventualmente podría ocurrir para Taiwán algo similar a lo que ocurrió con Hong Kong, la implementación del modelo de “Un País, Dos Sistemas”, es decir, el reconocimiento de la soberanía plena de Beijing sobre el territorio, mientras que a la vez, China permite el ejercicio de otro sistema económico con un relativo grado de autonomía política para éste.
e. Durante la década pasada, como sabemos, las tensiones entre China y Estados Unidos fueron aumentando. Estas tensiones han tenido muy diversas manifestaciones como, por ejemplo: la ciberguerra, la guerra informativa, la guerra comercial, la guerra tecnológica, los choques en los mares colindantes con China, la competencia por espacios de influencia, y la carrera armamentista, entre otros. Pero de todos esos aspectos, quizás nada es para China tan sensible como Taiwán, algo bien conocido por Washington y por sus aliados, y que, por tanto, frecuentemente se convierte en un arma empleada para golpear a su rival. Considere lo que escribimos en 2019, antes de la pandemia, Irene Levy, Michel Hernández, y su servidor:
“(Hubo) una aparente decisión por parte de la administración Trump de emplear la cuestión Taiwán como instrumento de presión en el medio de toda la conflictiva que sostiene con Beijing. Desde el inicio de su (primera) gestión, Trump ha intentado mostrar signos de cercanía política y militar con la isla…Además de señales como el incremento de personal de servicio en el Instituto Americano de Taipéi, o el reciente encuentro del entonces Consejero de Seguridad Nacional de Trump, John Bolton con David Lee, el secretario general del Consejo de Seguridad Nacional de Taiwán, hay otras cuestiones incluso más delicadas. La Casa Blanca aprobó ventas por 2,200 millones de dólares a Taiwán en tanques, misiles y equipo militar…El gobierno estadounidense anunció que procedería con ventas de aviones de combate F16 a Taipéi en lo que representa una de las mayores transacciones de esta índole entre EU y Taiwán”. El enojo de Beijing por estos movimientos no ha hecho sino crecer con los años.
f. La pandemia generó un entorno aún más complejo para las relaciones Beijing-Washington. Hacia mediados de 2020, de esos dos países, el que parecía más golpeado por el virus era Estados Unidos. Esa superpotencia se mostraba orientada hacia sí misma, sumida en sus propias tensiones raciales, políticas, en sus problemas económicos, en su polarización. Washington parecía por un lado estar internacionalmente distraída, pero a la vez, Trump se mostraba dispuesto a seguir escalando su confrontación con China. En ese contexto, Beijing decidió dar múltiples pasos, algunos de ellos irreversibles, como lo fue por ejemplo la enorme reducción de la autonomía relativa de que gozaba Hong Kong. Al mismo tiempo, China desplegaba fuerzas y enfrentaba a la India, establecía nuevos distritos en sus mares colindantes—mares disputados por sus vecinos—enviaba submarinos hacia islas que tanto Japón como China reclaman suyas, y efectuaba despliegues navales y aéreos sobre Taiwán.
g. Llegando Biden al poder, estas tensiones no solo no disminuyeron, sino que aumentaron. Washington estaba plenamente convencida de que China representa la mayor amenaza para su seguridad nacional y estuvo haciéndolo saber de muchas formas. El fortalecimiento de sus distintas alianzas políticas, económicas y militares en la región formaron parte del esquema. Taiwán también. Esto incluyó desde medidas blandas como el envío de vacunas a esa isla—tras el rechazo de vacunas chinas por parte de Taipéi—o el relanzamiento de negociaciones comerciales entre Washington y Taiwán, hasta otros asuntos considerados mucho más sensibles como la firma de nuevos acuerdos de armamento entre la Casa Blanca y Taipéi, o bien, como lo reportaba el WAPO: una unidad de operaciones especiales de EU, así como un contingente de marinos se encontraban secretamente en Taiwán en misiones de entrenamiento a fuerzas locales (estas unidades fueron desplegadas desde la primera gestión de Trump, pero Biden permitió que siguieran trabajando).
h. China respondió con una serie de medidas que incluyeron sanciones económicas y comerciales, pero también incursiones en el espacio aéreo taiwanés y ejercicios navales en zonas muy cercanas a la isla, desplegados con la intención de mostrar su enojo y su determinación frente a las muestras de apoyo que Estados Unidos y sus aliados brindan a Taipéi. Todo esto alcanzó un punto máximo con la visita a Taiwán de Nancy Pelosi, entonces líder del Congreso de EU. Desde entonces y hasta hoy, estos temas no han hecho más que crecer y complicarse. Cada vez que EU muestra algún grado de respaldo a Taiwán, Beijing responde no solo con declaraciones, sino también con amplios despliegues de fuerza.
3. La conexión con Medio Oriente
a. Atando los cabos de todo lo discutido arriba, no debería sorprendernos que, para Xi Jinping, lo más trascendente de la visita de Trump a China —al menos desde la perspectiva política— tenga que ver con el mensaje de fuerza alrededor de Taiwán. Xi advirtió directamente a Trump que un mal manejo estadounidense del tema podría provocar “choques e incluso conflictos” entre ambas potencias. También dejó claro que espera que Washington reduzca su apoyo militar y político a la isla.
b. Independientemente de que Trump evitó responder públicamente de manera directa a esas advertencias, y aunque funcionarios estadounidenses insistieron en que no habrá cambios oficiales en la política hacia Taiwán, el mensaje fue transmitido en el contexto de una cumbre en la que Beijing percibe que: (a) Washington atraviesa un momento de debilidad geopolítica y en el que Trump también exhibe vulnerabilidades internas ante su opinión pública, así como frente a sus retos económicos y electorales; (b) se abren rutas para que China proyecte su propia fuerza fortaleciendo alianzas frontalmente rivales de EU; y (c) EU parece mostrar una menor tolerancia a conflictos prolongados, lo que abre espacios no solo para confrontarle, sino incluso para amenazarle.
Por lo tanto, todo lo ocurrido en Beijing importa. Los acuerdos, aunque incipientes, y el intento por estabilizar la relación Washington-Beijing, también importan. Pero cuando Xi habla de “choques e incluso conflictos” a causa de un posible “mal manejo” del tema Taiwán, está presionando cada uno de los botones arriba señalados en un momento enormemente delicado para Trump y para Washington. Si Xi consigue que Trump extraiga sus propias conclusiones, eso resulta para él mucho más productivo que cualquier otra cosa.
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