¿Pueden las plataformas técnica, legal y éticamente programar infiltración automatizada en los foros cerrados mediante agentes de IA que simulen ser usuarios para mapear redes criminales?

¿Son válidos los argumentos que se esgrimen, entre ellos el de la libertad, para no bloquear contenidos perniciosos, aun cuando pongan en riesgo a niñas, niños y adolescentes de ser atraídos por el crimen o de ser sus víctimas por influencia de material nocivo?

Las preguntas son pertinentes frente a la existencia de la llamada True Crime Comunity (Comunidad del Crimen Real, TCC por sus siglas en inglés), una amplia subcultura global de individuos que se obsesionan con el crimen y sus perpetradores.

Uno de sus referentes es la masacre en el Instituto Columbine en 1999, cuando dos estudiantes asesinaron a 13 personas e hirieron a 20. En el impacto de la noticia nos encontramos todos, los deudos, los indignados y los que se solidarizaron con las víctimas. También los que se identificaron con los victimarios.

Desde entonces ha habido cerca de 500 tiroteos masivos en escuelas de Estados Unidos. De 2010 a 2019 el promedio anual fue de 33; de 2021 a 2024 ascendió a 79.

Eso pasa allá, decíamos. Pero ya tenemos réplicas en México, entre otras, la del adolescente que en Lázaro Cárdenas, Michoacán, hace dos meses se grabó en redes sociales portando un rifle y luego fue a su escuela y mató a dos maestras, así como el del ataque en Teotihuacán, presuntamente inspirado en Columbine.

En Santa Fe, Argentina, un estudiante de 15 años asesinó a uno de 13 e hirió a otros dos en su escuela. Miembros de la TCC, con los que había interactuado antes del ataque, le manifestaron su decepción: “Solo mataste a uno.” Insuficiente en su tabla de calificaciones.

Y es que en esas comunidades cohabitan curiosos y estudiosos del crimen, pero también quienes quieren gloria y memoria: ungirse de sangre fría y temple asesino para disparar a personas inermes, las cuales, sin importar si corren o se paralizan, si suplican o se esconden, deberán verse como objetos utilitarios del ascenso hacia la fama criminal. El o la atacante asume que será su única hazaña y por lo tanto deberá ser memorable. Allí acaba la vida y comienza la celebridad.

El Centro de Combate al Terrorismo (CTC) de West Point señala que la TCC funciona como una cultura fandom en capas, en la que los autores de crímenes masivos son admirados, imitados y mitificados.

En la capa 1, de riesgo mínimo, se consumen podcasts, series y documentales en plataformas populares; en la 2, los asiduos consumen arte hecho por fans, se identifican con los perpetradores y suelen defenderlos en TikTok, Tumblr y X.

La capa 3, de alto riesgo, incluye foros cerrados y material gráfico extremo en plataformas como Discord y Telegram; en la 4 el peligro de violencia escala a través de canales encriptados para planear ataques y hacer listas de objetivos, lo que se consigna como riesgo inminente.

Puesto que la edad típica de los participantes de la TCC suele estar entre los 13 y los 18 años, ¿qué responsabilidad tienen las plataformas, los algoritmos y la cultura digital en la apología del crimen y su incitación a imitar y a superar a asesinos elevados a la condición de mitos? ¿Cuál es la respuesta a las preguntas que abren este artículo?

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