Para quienes estaban allí, al arbitrio de aquel hombre armado que los amenazaba con un lenguaje de odio y disparaba de manera azarosa e intermitente, aquellos minutos fueron una eternidad.
Parecía un arrebato repentino, un súbito acto demencial. Pero no lo era. El hombre, de 27 años, visitó la zona antes, se hospedó en hoteles cercanos y estudió los puntos estratégicos del sitio antes de ejecutar el ataque, según informó la Fiscalía del Estado de México.
No podía ser un estallido de locura: el homicida llevaba un revólver calibre .38, un arma blanca y docenas de cartuchos. Era violencia con guion: escenario majestuoso, discurso apocalíptico, rehenes extranjeros, amenazas, sometimiento, disparos, y él en el centro. Un acto público y con público: la entrada a la celebridad de los que matan en espacio abierto y se les recuerda siempre.
Dadas estas circunstancias, tal vez lo sucedido en Teotihuacan no se explica solamente por los antecedentes individuales de su perpetrador, sino por un entorno de violencia que con diversos acentos flota en el ambiente nacional e internacional.
Entre otras retóricas, cabe llamar la atención sobre la existencia aquí de espacios como la llamada True Crime Comunity (Comunidad del Crimen Real, TCC por sus siglas en inglés), que circula y crece en el universo digital.
En su expresión más inocua, la TCC es una subcultura centrada en el consumo de crímenes reales. En algunos de sus miembros este interés se transforma en fascinación e idolatría y, al extremo, en imitación. Circulan allí contenidos que no solo documentan la violencia, sino que la glorifican y hasta la enseñan, desde cómo tomar rehenes hasta cómo maximizar el impacto mediático de un ataque.
De acuerdo con la criminalista Aída Hernández González (El fenómeno True Crime: estudio del género y su influencia en la cultural popular y mediática), se trata de una evolución del interés tradicional por los crímenes hacia la conformación de comunidades digitales en las que los perpetradores son objeto de análisis e incluso de admiración. Si bien algunos de sus participantes sostienen que su interés es académico o psicológico, en esas comunidades los asesinos en serie o multihomicidas ocupan un lugar central y se convierten en figuras de culto en el contexto de una lógica cuya cumbre es la celebridad criminal con incentivos adicionales: a mayor violencia, mayor visibilidad.
La pertenencia e interacción con la Comunidad del Crimen Real pueden propiciar procesos de identificación e imitación. La exposición constante a contenidos violentos, sumada a la construcción mediática del crimen como narrativa seductora, puede llevar a algunos individuos a percibir estos actos como modelos replicables. En sus expresiones más acentuadas, se traduce en copycat, esto es, sujetos que buscan reproducir o incluso superar ataques previos para obtener notoriedad.
La circulación de “manuales”, las discusiones tácticas y la validación simbólica dentro de estas comunidades pueden contribuir a ver en la violencia una forma de alcanzar reconocimiento.
Señalar la existencia de estas comunidades no despoja a los individuos de su responsabilidad por sus acciones, pero sí ayuda a entender a las TCC como un factor potencial de riesgo en la génesis de actos cada vez más violentos.

