Si algo caracteriza y hermana a todos los mexicanos y mexicanas del país y en el mundo entero es la solidaridad con las causas más nobles, los países en desgracia y la gente más necesitada. Así lo ha demostrado México a lo largo de su historia, independientemente del gobierno que lo encabece y el partido en el poder, debido a que, desde su construcción, la política exterior ha sido considerada una cuestión de Estado y no/no de gobierno.
Y no había otra forma de concebirla, pues el país, luego de su independencia en 1810 y su revolución en 1910, fue objeto de varias agresiones territoriales, invasiones, guerras, ataques y amenazas a la soberanía, que requirieron de la unidad nacional, y que todavía hoy, en pleno siglo XXI, quieren resurgir, como intentos neoimperialistas fuera de todo tiempo y lugar. Por eso, es necesario reforzar la política exterior de Estado, agregando este nuevo principio de solidaridad internacional, como una forma, primero, de reconocer a México como el país más solidario del mundo y, segundo, protegerlo de cualquier agresión, discurso o amenaza, que provocaría el apoyo absoluto a México.
Y es que el concepto de solidaridad, a diferencia de los otros tradicionales principios -autodeterminación, no intervención, solución pacífica de controversias, proscripción de las amenazas o uso de la fuerza, igualdad jurídica de los Estados, cooperación internacional, respeto y promoción de los derechos humanos y la paz y seguridad internacional-, tiene un componente interno, con el cual todos nos identificamos y practicamos. Baste mencionar como ejemplo clásico de solidaridad los sismos de 1985, que no sólo sacaron lo bueno de las personas, sino dieron paso a todo un flujo espontaneo de la sociedad, que derivó en la formación del movimiento urbano y, luego, de la sociedad civil.
Y México tiene las cartas suficientes para ello:
- Su visión de Estado, como ente de mayor desarrollo interno, le ha permitido adelantarse a los hechos y actuar siempre en beneficio de los desvalidos o víctimas de gobiernos autoritarios, tales como los casos de España, al recibir a miles de refugiados -incluso niños huérfanos, víctimas de la guerra civil española- o bien, de los judíos que salvaron sus vidas mediante la obtención de visas mexicanas, que les permitieron huir de la amenaza nazi. No se diga a los miles de sudamericanos, huyendo de gobiernos militares, que encontraron asilo y refugio seguro en México o bien, centroamericanos, huyendo de la guerra fratricida de los años 80 y 90 del siglo XX. Antes que el asilo o el refugio, el sentimiento original de México fue de solidaridad con todos ellos.
- Su mayor desarrollo y capacidad tecnológica le han permitido a México implementar planes y programas de apoyo a la población en caso de desastres, que luego han sido exportados hacia otros países, especialmente en Centro y Sudamérica, a fin de apoyar a gobiernos y población a superar emergencias. El último ejemplo está a la vista en al caso de Venezuela, cuyos sismos del pasado 24 de junio, destruyeron cientos de edificios y provocaron la muerte y desaparición de miles de personas, donde México ha volcado toda su solidaridad, experiencia y ayuda humanitaria.
- La solidaridad de México también se muestra, sin ambages y sin ideologías, en casos tan sensibles como el de Cuba que, desde su revolución en 1959, fue aislada y expulsada de la comunidad internacional, particularmente de la Organización de Estados Americanos (OEA). México fue el único país en apoyarlo, aun en contra de los Estados Unidos, promotor de dicha exclusión y, luego, de un terrible y criminal embargo económico desde 1962, que continua hoy vigente, limitando el desarrollo de la sociedad cubana. Incluso ahora, México sigue solidario con dicha nación caribeña.
- La política exterior de México es reconocida por propios y extraños como una política de Estado, la cual debe consolidarse en cada gobierno, incluso en la alternancia política. Por ello, sería importante retomar la discusión de un nuevo principio al interior del congreso, a fin de que su aprobación pudiera darse por consenso, lo que ayudaría a distender posiciones políticas e ideológicas y reforzar la unidad nacional.
En ese sentido, es importante promover a México como el país más solidario del mundo, no sólo por lo que ha hecho dentro y fuera del país, sino por lo que está haciendo hoy en día, como anfitrión de la fiesta mundialista, solidario con Irán, a quien no le fue permitido pernoctar en EU y que México lo acogió como suyo, en la amigable frontera de Tijuana, Baja California. O las muestras de cariño de todos los visitantes para un México hospitalario y lleno de experiencias mágicas que todo el mundo quiere vivir.
Me imagino que, con toda esa simpatía a favor, ni el tirano Trump – o cualquier otro loco- se atrevería siquiera a pensar en violentar nuestra soberanía, a sabiendas que tal hecho le sería recriminado por buena parte del mundo. Además, la sociedad mexicana se sentiría orgullosa de tal reconocimiento mundial, que serviría igual como factor cohesionador de una sociedad que, a veces, transita de la división y el rencor a la solidaridad y la unidad, como fue el caso del futbol.
Junto a su gran cultura milenaria, el nuevo principio de la solidaridad internacional se convertiría en parte del soft power mexicano.
Politólogo (UAM) y exdiplomático
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