No se trata de géneros musicales a través del tiempo, sino de los sentimientos de un país en ciernes, que le permitieron construir una nación, pero que hoy parecen haberse agotado, bajo el gobierno del tirano Trump, que los ha roto, distorsionado y olvidado, para remplazarlos por meras notas comerciales y proteccionistas a favor de sus amigos empresarios, que contradicen la propia lógica del capitalismo y del liberalismo que ellos mismos impulsaron.

El blues representa no sólo el alma de una población negra, que fue traída de África, al final del siglo XVIII, con objeto de explotación, particularmente en las plantaciones de algodón y azúcar del sur del país (Misisipi), sino el alma de una nación que empezaba a construirse desde sus entrañas, donde “todos los hombres son creados iguales”, según la Declaración de Independencia de 1776. Lo quieran o no, los afroamericanos son parte de la historia de ese país.

El hecho de ser esclavos se tradujo en un canto colectivo de dolor, tristeza, y melancolía, que dieron paso a una nueva clase social, que buscó luego el disfrute de todos los derechos humanos, para hacer cierta la igualdad social. Su música, nacida de los acordes de una guitarra, y la voz solitaria de un esclavo, dieron origen a su clásico sonsonete ta ta ra ta ta, que fue inmortalizado luego por el grandioso B.B. King y su guitarra Lucille, para convertirse en el rey del blues en el siglo XX.

Como si fuera cualquier cosa, Trump ha roto esa alma viva, base del equilibrio social, vía el racismo y el clasismo de su gobierno, al excluir a la población negra de su proyecto y sus beneficios, especialmente logrados en tiempos del presidente Obama, a quien odia con todas las fuerzas de su alma perversa y sumirla de nuevo en la tristeza y melancolía de un nuevo canto ta ta ra ta ta….

De igual manera, el magnate Trump ha distorsionado el jazz o la alegría de vivir del propio ciudadano de hoy, al alterar su paz interna y externa, al provocar la división, el odio y el rencor entre clases, y la polarización política, donde el equilibrio social también se ha perdido. El fantasma de la guerra ha vuelto, a pesar de que la gran mayoría de la sociedad (70%) la rechaza, al tiempo que la gran otrora potencia ha perdido aliados, socios y liderazgo internacional, que también afecta la paz ciudadana.

El jazz, cuyos orígenes también se sitúan a finales del siglo XVIII y en el sur del nuevo país (New Orleans, Luisiana), expresa también la alegría de esa población negra, que se reunía los días domingo para celebrar actos religiosos, cuyos canticos eran de alegría y movimiento, que incorporó poco a poco otros instrumentos musicales provenientes de Europa, lo que obligó a compartir con los blancos los nuevos acordes y ritmos. La improvisación es el nuevo elemento del jazz, que expresa la decisión de una clase por salir o romper con lo establecido.

El gran trompetista Louis Armstrong, oriundo de New Orleans, cambió por siempre la música del jazz, al introducir un solo de trompeta como parte de las presentaciones, muchas veces a base de la improvisación, que hizo únicas las interpretaciones. Trump ha hecho de esa improvisación una irrupción violenta que ha roto con la alegría de la sociedad.

El country es, en todo caso, la raíz de la población blanca y rural del sur del país, ya plenamente consolidado a principios del siglo XX, donde se funden la tradicional guitarra, con el banjo y el violín, que cuenta historias cotidianas, de amor y desamor, con sus botas y sombreros que dieron origen a los famosos cowboys de mediados del siglo XX, cuya industria se estableció en Nashville, Tennessee, aunque su popularidad se dispersó por todo el país.

Y aquí cabe perfectamente una conversación que sostuve, quizá la primera en inglés texano, con un cowboy -en el gran Post Oak Ranch de Houston-, que me identificó como mexicano al tomar un shoot de tequila, que ofrecía una linda texanita. Se acercó y me dijo que él también era mexicano -a pesar de ser rubio y ojo azul- y se tomó otro shoot de tequila para comprobarlo. Me explicó que sus padres habían viajado a Cancún, estando su madre embarazada, por lo que la cigüeña se adelantó y aterrizó allá, justamente en México.

De la nada, se acercó otra linda texanita, que resultó ser la novia del vaquero, sorprendida de verle platicar con un “paisano” y apurándole a regresar con ella. Él trato de explicar su gran encuentro y hasta la presentó conmigo, repitiendo que él también era mexicano. Ella me miró casi molesta y me aclaró que no era cierto; que, si bien él había nacido allá, él era estadounidense y que lo disculpara, pues había bebido demasiado.

Ya para irse, mi “paisano” se acercó y me dijo: “te voy a compartir un secreto: la música country no sólo es la raíz de esta nación; es un tesoro, que el que lo encuentra se queda con él y no lo comparte, por eso disfrútalo ahora que lo has descubierto”. Y, efectivamente, lo disfruté y valoré bastante, al igual que blues y el jazz, sabiendo que eran las raíces de esa gran nación.

Por ello, en mis viajes de fin de semana por el país incluía siempre una referencia musical, pues aparte de la música misma, me impresionaban los lugares, casi templos, donde bandas y artistas producían las notas más tristes de blues en Beale Street, en Menphis, Tennessee o en Chicago o New York; o la alegría de las noches de jazz en New Orleans, en la Bourbon Street, la calle del pecado. Ni que decir de Houston y su famoso Rodeo, todavía en el famoso Astrodome y sus cientos de bares por todo el estado.

Y viene la trompeta Trump, irrumpiendo violentamente la armonía, compases y ritmos de una sociedad de 250 años, que lo único que quiere es seguir con su vida, mediante un nuevo pacto social que incorpore a las minorías (negros, latinos, asiáticos) y no dejar que la exclusión y el racismo sean los nuevos sentimientos de una nación en decadencia.

Si EU quiere sobrevivir otros 250 años, debe terminar con este periodo disruptivo ya, y retomar sus raíces, su alma, su alegría y bailar country.

Mario Alberto Puga

Politólogo (UAM) y exdiplomático

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