No sé qué les pasó, pero a mi hija e hijo les llegó la fiebre del mundial en México y, de paso, a mí, que fui invitado por ellos a asistir el jueves pasado al “Campo Marte”, para ver el partido de México contra Corea. Entre las razones para ir, valoré no sólo el gesto de ellos, sino la oportunidad de convivir con el otro México: el de la lana, la buena ropa y los otros modales, que no ven con buenos ojos a la 4T. Sin embargo, solamente vi la lana, o más bien, los tarjetazos, pues la gente bien iba en las puras fachas y sin modales distintos, pues cada tres palabras decían “güey”, “cabrón”, “no me ames” y “chinsuma”.

Lo primero que me impresionó fue la adaptación del “Campo Marte” como escenario para las multitudes futboleras, con una pantalla gigante al centro, rodeada por diferentes facilidades de comida, bebida y patrocinadores de empresas varias que invitaban al consumo por todos lados. Todavía vi una pequeña tribuna en la que una vez presencie un desfile militar, en lo que supongo sigue siendo una especie de estadio, donde se juegan algunos deportes y, sobre todo, se aprovecha para desfiles y ceremonias militares importantes.

Lo segundo que me sorprendió fue la juventud de los asistentes, preferentemente, en grupos, que se reconocían unos a otros, como si fueran una gran familia. Debo decir que no vi por ningún lado a gente del pueblo, pues según, se burlaban unos, ellos estaban en los famosos “fan fest”, que la Claudia y la Clara habían puesto por toda la ciudad, además de no tener dinero siquiera para entrar al “Marte”, decían otros, como si fuera de ellos.

Al inicio del juego todo el campo estaba lleno, a pesar de la lluvia, incluyendo el espacio VIP, que contaba con una especie de techo de lona y mesas y sillas, para mayor comodidad. Me di cuenta de que el futbol no sabe de clases y lo mismo emociona abajo que arriba, pues la gente ahí se emocionaba con cualquier jugada del tricolor. Hasta yo gritaba y chocaba manos con mis hijos. Cuando llegó el gol, la euforia colectiva se desbordó y todos gritábamos como locos, aunque al final, tuvimos que sufrir y rezar ante los ataques de los coreanos, que casi nos empatan de último minuto.

La música comenzó y el código postal musical afloró al oír y sentir a los Ángeles Azules, de los que todos bailaban y cantaban sus canciones, que igual me sorprendió de nuevo, pues no imaginé que les gustará allá por Polanco y Las Lomas. Me acordé de mi amiga la “güera” que decía en plena parranda, siendo ella casi de sangre azul: “entre más corriente, más ambiente”.

Al final, la gente empezó a gritar dos cosas: una, vámonos al ángel, vámonos al ángel; otra, Corea ya probó el chile nacional, Corea ya probó el chile nacional. Ni modo, tuvimos que ir al Ángel caminando, pues no había transporte, a dónde llegamos cerca de las 11 de la noche, donde esperaba la otra parte de la sociedad: el pueblo, que ya festejaba en grande.

No había duda, el futbol unía a los dos México. Ahí todo era risas, abrazos y no balazos y todos se esforzaban en disfrutar. Un grupo de chicos brincaban de la banqueta a la avenida, ya en plena glorieta, debido a los charcos de agua que había dejado la lluvia y, de pronto, se ofrecieron de “mulas” para pasar a la gente que quería estar más cerca del Ángel, que miraba desde lo alto, y que coreaba toda la gente. En algún momento, vi a mi hija brincar a la espalda de un joven y cruzar el charco, emocionada. Ahí la perdimos por un rato, hasta que la encontramos más adelante.

Debo decir que, durante el festejo, me di cuenta de los riesgos, al percatarme de que la multitud era mucho mayor a la esperada, especialmente cuando la lateral de reforma se llenó de motos y autos, donde ya no pasaba nadie. A la altura de la embajada de los EU, pensé en lanzar algunas consignas, pero me conformé con ver a algunos tirando el miedo en las paredes externas del edificio. Ahí también nos dieron ganas de ir al baño, así que caminamos más, ya para salir del festejo que, en cualquier momento, parecía salirse de control.

De todo ello saqué varias conclusiones:

La primera, la sociedad mexicana, al igual que en el futbol, quiere trascender y lo está haciendo; quiere ser ganadora, y los está haciendo; quiere romper con los complejos, los estereotipos y las cadenas malditas que la atan a la violencia, la corrupción y el subdesarrollo que siempre le han caracterizado y lo está haciendo. Y el futbol está siendo el instrumento. Ya superaron la fase de grupos en el futbol y también la consigna de los violentos de que le vaya mal a México, pues han fracasado totalmente, por lo que -cínicamente- se han sumado al festejo.

La segunda, el futbol y la música popular unen a los dos México, tan simple como eso. No hay odios, no hay rencores entre ellos, más allá de las diferencias naturales. Visten igual, hablan igual y la bandera los funde en un solo México. Entonces, el odio y rencor vienen de los otros generadores de la violencia, como son algunos medios de comunicación y sus representantes, que tratan de dividir, polarizar y construir una retórica falsa, donde la oposición se ha quedado sola, más sola que nunca, sin bases, sin público, sin liderazgos, sin ideas y sin proyecto. Todo lo han reducido a la esperanza de que Estados Unidos intervenga en México y les devuelva el poder por la mala. No sucederá. Imagínense a toda esa gente envuelta en una bandera nacional, a todo un país defendiendo la soberanía.

La tercera, ¿qué hacer con toda esa energía acumulada, una vez que el mundial concluya? Yo diría que hay que dirigirla a resolver los problemas sociales de México, comenzado por desterrar la violencia de las marchas y protestas; de encontrar una nueva forma de atender y resolver las demandas sociales, sin necesidad de paralizar a toda la ciudad; de concientizar a la sociedad de que esta ciudad está al tope y que requiere de la cooperación de todos, por ejemplo, no tirando basura en las calles, que luego provocará inundaciones.

Finalmente, creo que hay que darle una causa o causas a esa sociedad, que hoy es el futbol, pero también pueden ser otros deportes, la música, la educación, la cultura, la ciencia, es decir, trascender en nuestro comportamiento diario, en busca del equilibrio social, base del desarrollo de un país, de un país ganador.

Mario Alberto Puga

Politólogo (UAM) y exdiplomático

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