Si quisiéramos definir lo que pasó en Cuba en 1959 a la luz de los resultados de hoy y las amenazas recientes de EU, abriríamos la puerta a una y mil interpretaciones, al más puro estilo latinoamericano, es decir, sin alcanzar consenso, estancados en la terquedad y divididos en la inacción, sin lograr nuestro propósito, que es -según yo- evitar el conflicto entre ambos países y rescatar a Cuba del hoyo en que se encuentra.

Entre el fracaso y el triunfo que señalarían unos y otros sobre la revolución cubana, yo me quedaría con el concepto de “inconclusa”, en el sentido de que nunca pudo explotar sus capacidades, debido al cruel embargo comercial a que fue sometida por los EU desde1962, la lucha ideológica en que quedó atrapada por la guerra fría de entonces, que la obligó a radicalizarse, y su condición de isla, donde la geopolítica la limitó, tanto en su aspecto físico, como político y social.

Por tanto, la revolución quedó amarrada a los muchos intereses involucrados y acotada por los pocos recursos económicos y de infraestructura del territorio, teniendo hasta hace poco, únicamente la ayuda de Rusia, Venezuela y México, sin contar el efecto negativo de ciclones, huracanes y lluvias de la región caribeña, siempre un factor que por sí mismo pone en jaque el desarrollo de cualquier país.

Ante tantos inconvenientes, la revolución cubana sobrevivió. Ese es su triunfo, pero también su derrota, pues enfrenta hoy su cruda realidad, agravada por la reciente amenaza de Trump.

Como buenos y duros negociadores que son los cubanos, que ha distinguido a sus diplomáticos en todo este periodo -especialmente en el ámbito multilateral-, supongo que aparte de desempolvar y limpiar viejas armas y prepararse para una eventual batalla contra el ejército más poderoso del mundo, elaboran también una estrategia política de negociación con EU que, al tiempo que defienda la integridad territorial con las armas de la razón, les permita avanzar hacia la consecución de su propio desarrollo, cualquiera que éste sea, pero fuera de toda ideología.

Y aquí creo que Cuba debe tener como prioridad en la negociación el fin o desaparición del bloqueo comercial, que por más de 60 años ha condicionado su desarrollo. En 2008 Cuba denunció que el daño económico causado a la isla -hasta ese momento- era de 90 mil millones de dólares. Incluso, yo diría, Cuba debería buscar una compensación por todos los daños sufridos ante esta flagrante violación a su derecho de autodeterminación.

Para ello, Cuba tiene ciertas ventajas a considerar: la primera, EU y su presidente están desgastados, política, electoral y socialmente, si consideramos los bajos porcentajes de aceptación de Trump (35%) y su gobierno, además de la amplia oposición de la sociedad estadounidense al recurso de la guerra (62% o más). Ni EU ni Trump quieren abrir otro frente de guerra, por lo que buscarán un arreglo político. A todos les conviene.

La segunda, la pérdida de liderazgo internacional y moral ante el mundo occidental, donde EU enfrenta no sólo críticas, sino fracturas con países aliados y organismos internacionales, tales como la OTAN, la ONU, y hasta con la iglesia católica y del propio Papa León XIV. En ese sentido, EU no va a seguir el camino de Venezuela, de secuestrar a su presidente, mucho menos el camino de Irán, de una guerra desigual y asimétrica. Otra vez, el camino es la negociación.

Cuba también tiene el tiempo a su favor, por lo que debe considerarlo su aliado y resistir cualquier acuerdo hasta el mes de noviembre, cuando se desarrollen las elecciones intermedias en EU, donde Trump y los republicanos -probablemente- perderán la mayoría en el congreso, con todo lo que ello implica. Desde luego, Cuba debe seguir de cerca este hecho y, especialmente, la batalla civil que se libra en el seno de la sociedad estadounidense, que se está traduciendo en pequeñas, pero significativas victorias de las organizaciones civiles de ese país que, tarde que temprano, están obligando a Trump a recular.

En cierto sentido, EU y Cuba luchan por diferentes caminos una misma batalla en busca de un nuevo destino: uno, por evitar el ocaso del imperio; otra, por la resiliencia y reinvención de su sociedad.

Para enfrentar esa Cuba realidad, el gobierno debe dejar a un lado -como estrategia- cualquier ideología que pudiera dañar las negociaciones con EU y cederle ese “triunfo”, que lo hará saciar su hambre de potencia en crisis. Igualmente, Cuba debe iniciar un proceso de fortalecimiento de su democracia, más no la democracia liberal, esa que ha llegado al límite en el mundo occidental, sino una nueva democracia cubana que priorice el bienestar de su gente. Ahí México tiene mucho que decir.

En mi opinión, Cuba tiene claras oportunidades de retomar su desarrollo, ya sin embargo económico, comercial y financiero de por medio, si consideramos que en sus limitaciones estructurales puede decidir qué camino seguir sin necesidad de pasar por el tortuoso capitalismo o neoliberalismo que destruye, que contamina, que corrompe a las sociedades y al medio ambiente. Cuba puede quemar etapas en todos los campos del desarrollo y explotar sus ventajas: el turismo, la medicina, la agricultura, la minería, el petróleo propio que hoy ha probado que puede refinar para consumo del país y dejar de depender -paulatinamente- de las importaciones.

Estoy seguro de que ya sin embargo comercial e ideologías de por medio, Cuba puede ofrecer al mundo un turismo integral, que va desde lo clásico -playas, cultura y música-, hasta experiencias nuevas en los campos de la medicina, el desarrollo sustentable -dónde es líder mundial- y, sobre todo, la experiencia de vivir en una sociedad sin chimeneas, sin contaminación, sin ruido, sin tráfico y caos. Experiencia que tanto viejos como jóvenes de todo el mundo buscan hoy en día como alternativa de vida. Cuba puede ser ese refugio.

En mi viaje a Cuba en 1994 descubrí también que, al vivir como los cubanos de aquellos tiempos, regresé a México con 8 kilos menos de peso, lo cual es otra ventaja saludable. Un turismo que sana el alma, que cura las enfermedades del capitalismo y adelgaza el cuerpo, sería el nuevo lema.

Mario Alberto Puga

Politólogo (UAM) y exdiplomático

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