Efectivamente, el turismo en Cuba tuvo un auge tremendo en esos años, donde logró un crecimiento sostenido desde la mitad de la década de los 90 y hasta el 2018, donde pasó de 800 mil visitantes anuales a más de 4.5 millones de visitantes, con una derrama de cerca de mil millones de dólares en ese último año. Desafortunadamente, el Covid hizo su parte y afectó peligrosamente la actividad, donde las cifras descendieron a los niveles de los 90, es decir, a menos de un millón de visitantes en 2025.
Ya de regreso a La Habana, a media semana, el grupo se había dividido entre los que buscaban únicamente la diversión -los más- y los que queríamos saber cómo era la vida de los cubanos en el socialismo real -los menos-. Lo paradójico era que ambos grupos se habían excedido en sus gastos en Varadero y, por tanto, se encontraban en la quiebra total, que ayudó a entender en carne propia lo que sentían los cubanos al no tener dinero, entonces había que sobrevivir -como ellos-, con la despensa del mes o con el sencillo desayuno que ofrecía el hotel, como único alimento del día.
Algunos fuimos informados que la única manera de obtener cash de la tarjeta de crédito era en el Hotel Nacional, pues no había bancos que tuvieran corresponsalía con México. Más bien, no había bancos en Cuba. En dicho hotel, una gran fila nos sorprendió al llegar, todos necesitados de crédito o efectivo, sin importar el cómodo interés del 30% o algo así, según la cantidad a sacar, todavía a través de un baucher que había que firmar en piedra.
Y es que la noche anterior -miércoles- había yo cenado con mi amigo, en un mítico restaurante a orillas de un muelle, donde presuntamente se reunían artistas y escritores cubanos o extranjeros, en busca de inspiración. Yo no vi a ninguno. Mi amigo me sorprendió con la noticia de que ya tenía un guía de turistas para acompañarnos por toda la Habana al día siguiente -que era libre-, y a quien debíamos encontrar en la Plaza de la Revolución, por la mañana.
Justo a la hora, se acercó una mujer mulata de cabello rizado y ojos claros -una rara combinación-, entrada en los treinta, y segura de sí misma, quien dijo llamarse Caridad, y que estaba a la orden para que conociéramos La Habana, especialmente, los lugares míticos, pues ya sabía de nuestro especial interés por descubrir la verdadera Cuba, así que empezamos por la propia Plaza, el Capitolio Nacional, la Habana Vieja y su Catedral.
Cerca del Malecón, se empezaron a escuchar gritos y consignas y, pronto, se vio a una muchedumbre que corría desesperada, en una especie de marcha descompuesta hacia el embarcadero, donde se veían decenas de balsas, listas para hacerse a la mar.
Ahí empecé a hilar las cosas. Se trataba -según yo- de las últimas oportunidades que tenían los cubanos de salir de la isla, luego de que la administración Clinton en EU había decidido cambiar la política de migración hacia la isla en mayo de 1994 -pies mojados, pies secos-, donde ya no recibiría más cubanos por mar, sino solamente a través de visas o permisos. En esos días, se hablaba de hasta 20 mil permisos, por eso la prisa en salir.
La confusión era inmensa, los gritos no paraban entre los manifestantes y la policía, que se insultaban mutuamente, sin dejar de correr, mientras nosotros observábamos de cerca todo ese caos, donde no sabíamos si el objetivo era detenerlos o empujarlos al mar. En respuesta, otro grupo de personas salió en defensa del régimen, armados de palos y piedras, ante las miradas de cientos de turistas que, atónicos, eran testigos de las protestas más grandes y numerosas en la Cuba revolucionaria.
A lo lejos, vimos cómo las primeras balsas se alejaban, repletas de cubanos y cubanas, despidiéndose de sus familias que lloraban en el muelle, pero que también corrían por miedo a la policía. Al cabo de unas horas, la calma volvió y nuestra guía de turistas regresó, quién sabe de dónde, diciendo que todo estaba bajo control y que siguiéramos con el recorrido: “estos marielitos serán los últimos en abandonar la isla” -dijo enojada-.
Entonces, fuimos a La Bodeguita de en Medio -donde comimos de todo- y Caridad confirmó las sospechas: la nueva política migratoria de EU hacia Cuba había provocado protestas en la isla por esos días, por los que no habían podido salir de la isla, lo que orilló a usar toda clase de balsas y el robo de algunos botes, en su intento por llegar a EU, a 90 millas de distancia. Ya por la noche, agradecimos a nuestra guía por su tiempo, quien nos hizo entender mejor la revolución cubana a través de su historia y entender esa gran experiencia: “el maleconazo chico”.
En corto, le agradecí de nuevo a Caridad y le pedí si podíamos hablar en otro momento, según su agenda, pues entendía que vivían una emergencia. Me miró seriamente y me dijo que sabía quién era yo -diplomático-, y “seguramente sabes tú que yo no soy una guía de turistas”, -me dijo igual de seria-. Me atreví entonces a decirle si podíamos conversar sin máscaras, pues aún tenía muchas dudas. Me pidió que la acompañara a su casa.
En el camino me explicó más sobre la protesta de ese día y la difícil situación de las familias que se separaban, pero -dijo- “es mejor así que pelear y matarnos entre nosotros”. Me di cuenta de que todo el mundo la conocía y saludaba con respeto, por lo que fui entendiendo poco a poco de quien se trataba. Al llegar a un viejo edificio, le dije que ya sabía quién era: “eres la jefa de esta zona de los Comités de Defensa de la Revolución”, se río a gran carcajada sin asentir, y me invitó a pasar y recorrer todo el edificio, explicándome cómo funcionaba la convivencia interna y las tareas colectivas, donde todos tenían que trabajar.
Ya adentro de su modesto departamento, me dijo “mira chico, todas estas cajas llenas de despensas y ayuda humanitaria, las consigo de embajadas y países amigos, para repartirlas entre las personas más necesitadas del barrio. Esa es mi tarea en la revolución: que nadie muera de hambre, ni de tristeza,” señalándome un viejo tocadiscos.
Le pregunté si eso era suficiente para que la revolución sobreviviera en los próximos años, considerando el escenario internacional, donde la URSS se había disuelto, el Muro de Berlín había caído y el mercado anunciaba su triunfo, mientras el bloqueo comercial continuaba. Me dijo algo que sonó muy romántico en ese momento, pero que hoy suena casi imposible ante la Cuba realidad:
-Mira chico, la revolución la hicieron los comandantes; a los hijos nos ha tocado defenderla; y a los nietos les tocará hacerla de nuevo si es preciso.
Fe de erratas: en el anterior artículo equivoqué la fecha de la visita a Cuba, poniendo 1995, cuando en realidad fue en agosto de 1994.
Politólogo y exdiplomático
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