Lo que estamos viendo ahora en materia de violencia en México no nació ayer ni terminará mañana. Tiene antecedentes tan graves y profundos que prácticamente ningún gobierno se salva de los errores, omisiones y pecados cometidos en los últimos 56 años, es decir, desde los años 70, cuando el modelo del desarrollo estabilizador no dio para más.

Entonces, se podría establecer cierta relación entre las crisis económicas que siguieron a partir de ahí, que caracterizaron a los gobiernos del PRI, tanto con la violencia, como con la pobreza y el deterioro de todos los indicadores de una sociedad indefensa que no sabía, ni entendía lo que estaba pasando. El PRI fue el padre que bautizó y confirmó a los primeros grupos del crimen organizado, incluso, poniéndoles el nombre de pila o de batalla y, en algunos casos, hasta alcanzó a celebrar sus primeras comuniones y XV años.

Y no es broma, aún recuerdo tristes pasajes donde literalmente obispos y otros clérigos de algunos estados celebraban semejantes actos litúrgicos y aún cumpleaños de dudosos personajes a cambio de importantes limosnas. En algún sentido, la iglesia católica también guarda responsabilidad del estallido de la violencia en México al no ser capaz de enderezar a las ovejas descarriadas y salvar sus almas.

Y ahí está la muerte del cardenal de Guadalajara, Posadas Ocampo, que fue acribillado en mayo de 1993, junto a otras 5 personas, ya fuera porque fue confundido con un personaje del narcotráfico de ese estado o bien, porque se encontró en el lugar equivocado, en el momento equivocado, entre dos grupos rivales, cuando se dirigía a recibir al recién nombrado nuncio apostólico de México, Girolamo Prigione, justo en el momento que México y El Vaticano reanudaban relaciones diplomáticas, hecho que manchó el logro al presidente priista en turno.

Y si existió relación entre el fin del desarrollo estabilizador, la violencia y la pobreza, entonces significa que los gobiernos priistas tampoco fueron capaces de enderezar el rumbo de la economía, pues, que yo recuerde, cada fin de sexenio todo mundo sabía que se avecinaba otra crisis, con llanto y ladridos incluidos, incluso entre los nuevos neoliberales, expertos en números, ecuaciones y deudas. Todavía me acuerdo de la última crisis de 1994, cuando ambos mandatarios priistas -el saliente y el entrante- se culpaban mutuamente. Técnicamente, diría un neoliberal a otro, “la culpa es de la formula, que no tiene palabra”.

Al unir su destino al priismo, por unas cuantas gubernaturas, los panistas heredaron a esos hijos de su madre en el año 2000, quienes, ya mayores de edad y más que violentos, obligaron al hombre de botas, sombrero y bigote a pactar con ellos, a fin de llevar la fiesta en paz, sin importar que la línea ascendente de la violencia siguiera su curso y que la corrupción y degradación de la sociedad se extendiera por todo el territorio. El gobierno de la casi alternancia fue víctima de sus propios principios, cuando el PAN era la principal oposición del PRI.

Y si el primer gobierno del PAN fue una decepción, el segundo fue un desastre desde sus orígenes, resultado de un fraude electoral, donde la diferencia fue sospechosamente mínima y la justificación muy cínica: “haiga sido como haiga sido”, diría la clásica. En su intento de legitimación, el mandatario panista se inventó una guerra contra el crimen organizado y las drogas, que trajo consecuencias insospechadas, pues no solamente las estadísticas se dispararon y duplicaron, sino que aparecieron nuevos grupos criminales, se dio entrada a las agencias estadounidenses de seguridad de manera clandestina, en cuya alianza se dio el operativo “rápido y furioso”, que inundó el mercado de la violencia con armas y más armas estadounidenses a manos criminales.

El panismo entreguista desató una guerra absurda, donde empistoló a ambos bandos, tanto al ejército, como a los grupos de crimen organizado, sin ninguna estrategia de por medio que no fuera la búsqueda de legitimidad, que nunca logró y donde murieron miles de personas. Su jefe de seguridad que encabezaba esa guerra ahora está prisionero en EU por proteger a uno de esos grupos.

Desde luego, la inercia de todos esos años no podía cortarse de un solo tajo y encontró todavía asidero en algunos estados, especialmente en las rutas tradicionales del narco, pero también de la migración y del comercio de productos de exportación y, últimamente, del huachicol de petróleo como una forma de sofisticación de estas organizaciones. Algunos gobiernos de Morena cayeron en la tentación, especialmente en Tabasco y Sinaloa, donde quisieron hacerse compadres de criminales o hijos de criminales -interpretando a su conveniencia los “abrazos, no balazos”- o bien, crearon redes de contrabando en el huachicol fiscal que, tristemente involucran a funcionarios de la secretaría de marina, institución fundamental de México, que habrá que deslindar y castigar con todo el rigor de la ley.

Por eso es tan importante lo que la presidenta Sheinbaum hace hoy: no solo corregir la estrategia de seguridad, donde ya no se hacen compadres, sino se enfrenta con eficacia e inteligencia a los grupos criminales, además de mantener la estabilidad económica, como marco para recuperar el salario y el poder adquisitivo de las clases menos favorecidas, mediante programas y apoyos directos que benefician a millones de familias. Es decir, se aborda el problema de la seguridad desde sus causas y con un enfoque multidimensional, que poco a poco va dando resultados.

En menos de 8 años de gobiernos morenistas, se rompió la curva ascendente de la violencia y se dio una leve reducción con AMLO, y ya con Claudia, la tendencia no sólo siguió a la baja, sino se aceleró, cayendo en casi 50% el número de asesinatos diarios en estos 19 meses de gobierno.

Si el PRI los bautizó y confirmó; el PAN los adoptó, fortaleció y fue padrino de bodas; y Morena quiso hacerlos compadres; ahora Claudia los enfrenta a todos por el bien de todos.

Politólogo (UAM) y exdiplomático

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