Una de las cosas que no entiendo todavía de la vida es cómo uno o una no soñó nunca con una sociedad ideal, aunque fuera por un rato, como una aspiración máxima de bondad humana, donde no hubiera clases sociales, (ni contaminación, ni tráfico, ni ruido de fábricas), ni leyes ni nada, nomás nuestro amor, como diría José Alfredo. Y la respuesta es que seguramente ese uno o una estudió en escuelas privadas, es de derecha, no sabe bailar o no viajó nunca a Cuba.

Para los de mi generación la revolución cubana se convirtió en ese ideal de sociedad, no tanto porque la conociéramos o comprendiéramos, sino por su cercanía y la forma en que la concibió un grupo de barbudos con uniforme verde olivo y puro, que desde México navegaron en aquel milagroso barco Granma, para luchar contra el dictador Fulgencio Batista, quien tenía convertida a la isla en un verdadero prostíbulo de los estadounidenses. Entonces, la revolución también fue contra EU. Quizá ese fue su primer pecado.

En el marco de la guerra fría, donde tanto la entonces URSS, como EU se disputaban el poder mundial, Cuba quedó atrapada en esa disputa ideológica, que la orilló a radicalizarse ante los ataques de EU y la protección que brindaban los rusos al considerar a la isla un punto estratégico en América. Ese fue el segundo pecado de la revolución cubana, que tuvo una consecuencia nefasta: el bloqueo comercial desde entonces por parte de EU, que a más de 60 años de distancia ha limitado dramáticamente el desarrollo de la sociedad cubana, aunque nunca pudo derrotarla. Ese fue su tercer pecado.

Mi intención al viajar a la isla -1995- era conocer in situ la situación económica, política y social de los cubanos, viviendo en una sociedad socialista, de la manera más directa posible, es decir, platicando con ellos y ellas. Tuve suerte de que, en el aeropuerto de la ciudad de México, me encontré a un estimado amigo del servicio exterior que regresaba a Cuba luego de unas vacaciones. Él me dio el mejor de los consejos para cumplir mi objetivo: “pregunta todo lo que quieras, ellos sabrán si te responden; pero, más bien, responde todo lo que te pregunten, especialmente de cómo es el mundo allá afuera; si les das confianza, te responderán todo lo que buscas. Y eso hice y le agradecí a mi amigo invitándole a cenar una vez regresara de Varadero.

Ya en Cuba, y en una parada obligada, pues ya era hora de comer, me tomé un par de mojitos para reponerme del viaje y ambientarme al lugar, al tiempo que el dueño del comedor o paladar se volvía loco por tanto comensal (20), que en unos minutos arrasaron con platos, vasos, cucharas y comidas, por lo que algunos ya no almorzamos. Le pregunté al dueño del lugar qué necesitaba para mejorar el servicio y alcanzar más clientes a la espera de que me dijera más inversión y capital, pero el muy cándido me respondió “más platos, vasos y cucharas, además de que mi mujer le ponga más candela a los frijoles”. Apunté entonces, inversión, capital e infraestructura.

Ya en varadero, plenamente instalados en cuartos dobles y hasta triples, nos dispusimos a ir a la playa. La gente nos veía sonriente y amigables, que comprobé cuando una mujer me tocó una de mis lonjas y preguntó: ¿“mexicano, verdad”? Ahí empecé a entender la sociedad sin clases: todos y todas eran iguales, flacos y flacas, con pantalones cortos y huaraches que rechinaban al caminar, al tiempo que gritaban alegremente para comunicarse, con ese tonito caribeño que embelesa: “Oye chico, de donde tú eres”, siempre el verbo al final de la frase, con signos de interrogación en ambos lados de su sonrisa y unos ojos con acento coqueto que no puedes resistir.

Entonces son felices los cubanos, -pensé de primero-, además de confirmar que eran buenos para conversar y polemizar, aunque fuera solo del marxismo o del socialismo real en el que vivían y donde, frecuentemente, preguntaban cómo era el mundo afuera de la isla. Cómo era México, su querido México, que nunca los dejó solos, y que en las noches pedían que cantáramos como Pedro Infante o Jorge Negrete, únicas películas que se les permitía ver en los dos únicos canales de televisión del Estado. Así fue esa primera noche en el mar del hermoso Varadero.

Al día siguiente, cogimos hacía otra playa cercana y disfrutamos toda la jornada, casi solos, observando la naturaleza y las aguas azules y limpias en el amplio escenario de la isla, toda rodeada de agua, según su definición. Cerca de nosotros estaba una familia cubana, la que

solo nos veía con sorpresa, sin atreverse a hablarnos. Mi amigo me había comentado que a los cubanos no se les permitía hablar con los turistas, fuera de las zonas de tolerancia, por miedo a que los contamináramos. Aun así, saludé al que parecía jefe de familia y le invité una cerveza, pero la rechazó, diciendo que no era permitido por la policía. Le dije en broma que quién lo iba a ver y me respondió con una frase que no olvido: “la playa también tiene mirones y escuchas”, volteando la cabeza a todos lados.

Efectivamente, mi amigo tenía razón, el contacto con los extranjeros los contaminaba. Al poco rato, el vecino de playa me pidió la cerveza, pues el peligro se había ido -según él-, y solicitó otra más para su mujer. Ya en confianza, le mencioné que los cubanos eran afortunados en contar con tantas playas lindas, calles sin tráfico, sin ruido y sin contaminación, pero me respondió triste que de qué servía si no tenían libertad para hablar con los turistas y saber cómo era el mundo fuera de la isla, ni dinero para comprar cervezas.

Ahí comprendí lo que era vivir en una isla, no sólo en su sentido físico, sino en un sentido social, donde su única opción de contacto con el mundo eran los turistas. Dijo enojado que su salario era de 3 dólares al mes, “lo que vale tu cerveza, chico, esa es la Cuba realidad”. Entonces, anote salarios reales y empleos.

Para el martes, el programa era ir a otra playa y, por la tarde – noche, visitar una de las discotecas más famosas de Varadero, de nombre Tuxpan, parte de un hotel de lujo, donde llegaba el alto turismo, especialmente de Europa. Ahí bailamos como locos con las poseídas cubanas, ante el furor del verano caribeño, donde aprendimos que a los estudiantes más destacados se les permitía estudiar música y jugar deportes en vacaciones, mientras que a los menos estudiosos los enviaban al campo, a cortar caña y recoger cosecha.

Luego de 3 días en Varadero, comprobé satisfecho, que la sociedad socialista cubana era un verdadero paraíso…. para los turistas.

Mario Alberto Puga

Politólogo y exdiplomático

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